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CIENTOS DEGUSTARON
EL PUCHERO BENDITO
Breve historia
El nombre proviene de una pequeña capilla llamada Porciúncula, donde vivía San Francisco de Asís, en Santa María de Los Angeles. Cuentan que el Santo había rogado tanto por los pobres, que un día Jesús le dijo que les perdonaría los pecados a los menesterosos.
Ellos debían estar confesados y arrepentidos de sus pecados y luego visitar una iglesia franciscana donde se les concedería el perdón total de sus culpas.
Cuando la gran indulgencia fue establecida, San Francisco la comunicó a la gente el 2 de agosto de 1216. Desde entonces, se le denomina la Fiesta Franciscana del Perdón. En el Perú, esta tradición se extendió a comienzos del siglo XX.
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Porciúncula o Fiesta del Perdón
Doña Ebelina Salinas Pareja, de 83 años, no sabía si podía llevarse consigo la cuchara de plástico que le dieron en el convento de los Descalzos. Ella fue una de las primeras en acabar su ración de porciúncula.
Y, ¿qué tal está?, le preguntaron a doña Ebelina, y antes de que pudiera responder se escuchó la voz de su compañera de mesa: Riquísima, esta comida es bendecida por Dios, está hecha sin amargura, comentó doña Joaquina Tataje, de 70 años, quien masticaba los últimos granos del también llamado puchero.
No se lo vaya a decir a nadie, pero quiero comer otra, agregó la septuagenaria, mirando a la izquierda y derecha como una niña que trata de pasar inadvertida. Hecho. A los diez minutos, otra ración aterrizó en la mesa donde estaba sentada la anciana.
Detrás de ella, en la pared, colgaba un cuadro del siglo XVII. La señora quizá no sabía que existen personas capaces de pagar grandes sumas de dinero por poseer un lienzo tan antiguo. Pero aquí, donde el tiempo pareció detenerse, las obras de la Escuela Cusqueña están a cada paso y pocos prestaron atención.
Debió ser porque ayer fue un día especial, dedicado a los pobres, y para cumplir con ellos había que mantener un ritmo muy agitado. El miércoles, decenas de voluntarios estuvieron desde las 07.00 hasta las 22.00 horas prácticamente sin salir de la cocina.
Ese día se requirió de la multiplicación de manos para pelar 250 kilogramos de papas, picar 300 kilos de verduras y trocear 200 kilos de carne. A estos ingredientes se sumaron 100 kilos de arroz y dos chanchos, lo que permitió obtener cuatro mil raciones.
La porciúncula se formó en fila dentro de 16 ollas colocadas en una pequeña loma del convento, la leña ardió y el agradable olor que emanaba su combustión se mezcló con los aromas de la sopa.
El frío se disipó al igual que la neblina y aparecieron los rayos solares, que cayeron sobre la gente que esperaba formada en largas colas en las afueras o en el interior del convento. Algunas personas llevaron platos y cucharas, otras llegaron sin nada.
El hermano franciscano Roque Chávez Castro luchaba contra el paso de los minutos, pues estaban retrasados una hora. En este lapso, le preguntaban algo mientras él movía el puchero con el tronco de un arbusto. Entonces, se detenía y empezaba a narrar, por enésima vez, la historia de la tradicional sopa.
Unos minutos después, el padre español Félix Sáiz se acercó a la fila de pucheros recién cocinados y los bendijo antes de su distribución entre la gente.
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