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Domingo, 22/5/05
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cultural
Buenos Aires
cinéfilos El Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente (BAFICI) es un evento lujoso, posiblemente el mejor en su género. Se sostiene en el tiempo por su programación ambiciosa, cinéfila y visionaria, diseñada a partir de la importante regla –vulnerable por cierto– de mostrar aquel cine mundial hecho por necesidad y no tanto por obligación; al margen de las subvenciones estatales, las prácticas comerciales e incluso la experimentación, la pobreza o la austeridad.
Del 12 al 24 de abril de 2005 quien esto escribe fue invitado a participar en el sétimo BAFICI, en su condición de crítico de cine, junto a un grupo espléndido de peruanos. Hallar cintas nuevas como L’Esquive (Abdellatif Kachiche, Francia 2004), 4 (Ilya Khrzhanovsky, Rusia 2005) o El cielo gira (Mercedes Álvarez, España 2005); confirmar la vigencia de las cinematografías asiáticas en las notables Samaritan Girl y Iron 3 del coreano Kim Ki Duk; reencontrar a un Jean-Luc Godard más lírico y menos hermético en Notre Musique; tener a la vista una retrospectiva de Monte Hellman o conversar con él; rememorar The Big Red One, el clásico bélico de Samuel Fuller, en una edición restaurada con 50 minutos adicionales, puede ser un auto de fe. Tomarle el pulso a la producción documental –en el cenit expresivo a 2005– y probar el cine argentino independiente son algunos de los placeres que nos dispensó el BAFICI.
Del candombe al festejo
Como sucediera el año pasado con la notable Días de Santiago (Josué Méndez, 2004), los peruanos llegamos informados sobre dos cintas que hablaban sobre nosotros y que pretendíamos descubrir. Dos documentales: uno en la sección Música y Músicos y el otro dentro de la Competencia Oficial de Largometrajes Argentinos, fuera de concurso.
Los Bravos, músicos peruanos en Buenos Aires (2005) es un registro vivo, desprolijo y muy comprometido con ciertos aspectos de la inmigración peruana en Argentina. La principal virtud de la realizadora peruana-argentina Rocío Muñoz es desmitificar los avatares musicales y vivenciales de quienes se mueven en la noche porteña, con el ritmo y el saoco propios de un cantante de La Máquina del Sabor o un estibador del Callao.
La toma de sonido directo o el fuera de foco, la edición sobre la marcha y la cámara en mano aportan un nivel de realismo poco obsecuente respecto a ciertos conceptos o preconceptos sobre el arte musical en Argentina. Víctor Antonio Cruz “Vitucho”, discjockey y cantante de La Progresiva del Callao y La New Banda Salsa, es el personaje pivot de este emotivo documental, a mitad de camino entre Nuestra cosa latina (1970) y cierta temática inmigracionista en el cine del realizador burkinabé Idrissa Ouedraogo. Las vidas de los “bravos peruanos”, inmigrantes en “la ciudad de barro y adoquín”, sobreviviendo a su extrañeza, a la xenofobia, se refleja en las actuaciones de grupos salseros, cumbiamberos y afroperuanos como La Original Orquesta, Son Candela, Los Negros de Miércoles, y Ébano y Marfil, testimonios palmarios de la nueva configuración humana y urbana de Buenos Aires: la de los cabecitas negras, la de los prietos del Perú.
La selva esmeralda
Camisea (2005), del realizador Enrique Bellande (Ciudad de María, 2002), es una gran película. Probablemente el filme argentino del año, el cual es más que un documental institucional, pues propone una visión antropológica y una sensibilidad cinematográfica personalísimas, puestas a prueba desde la enormidad de los entornos naturales y humanos.
Todo es posible desde el momento en el que una obra de la envergadura del proyecto de transporte de gas natural en el Perú, desde el lote 88, en la selva de Camisea, Cusco, a cargo del consorcio liderado por la empresa argentina Techint, condiciona la mirada de Bellande hacia los aspectos más nobles y riesgosos de la aventura civilizatoria (insumo para el gran cine, desde Flaherty, Hawks, Mallick y Spielberg). La horizontalidad de las relaciones humanas, en ambientes agrestes y ominosos es un componente importante de la dramaturgia.
La camaradería se muestra a partir de una edición rítmica, sincopada, como las faenas de trabajo en el tendido de ductos; los testimonios de vida sobresalen casi desde la frondosa ceja de montaña del Cusco; y la cámara se abre a la selva esmeralda desde los planos picados y panorámicos de un helicóptero o un deslizador. Al margen del debate contenidista (sobre los impactos ambientales o el valor de la vida de los obreros fallecidos), estamos frente a la expresión más legítima del cine de aventuras. Óscar Contreras