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Miércoles, 16/11/05
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editorial
Política y principios
Si la política es, de un lado, la ciencia que nos permite analizar las distintas formas y estilos de gobernar, y, de otro, el arte de gobernar, existe un marcado prejuicio en torno a los políticos, es decir, a los hombres y mujeres que asumen la responsabilidad de gobernar o que aspiran obtenerla gracias al sufragio popular; la idea, prejuiciosa desde nuestra perspectiva, es que los políticos tienden a ser consumados discípulos de Maquiavello, y, por tanto, dejan de lado los escrúpulos en favor de la eficacia.
En la actual coyuntura política, la idea predominante entre analistas y comunicadores sociales es que la razón del ruidoso silencio de la mayor parte de los líderes democráticos de nuestro país en torno a la situación del prófugo ex dictador detenido en Chile, era su no confesado afán de ganar algunos votos fujimoristas. Durante el último fin de semana algunos importantes dirigentes políticos hicieron significativos deslindes al respecto.
Desde nuestra perspectiva podríamos decir, parodiando a Churchill, que lo dicho fue “muy poco y demasiado tarde”, porque, en verdad, si en la mayor parte de nuestro liderazgo político democrático se hubiera tenido clara la cuestión de principios que está envuelta en este caso, no solo se hubieran dado tajantes pronunciamientos desde el primer día, sino que las organizaciones que están iniciando su participación en la próxima campaña electoral, habrían llamado al pueblo para movilizarse en defensa de la democracia.
El asunto esencial –que algunos parecen no querer darse cuenta– es que el prófugo y sus partidarios no son simples adversarios en el normal juego democrático, porque si tal fuera la situación nosotros, como diario de todos los peruanos, no tendríamos que pronunciarnos al respecto. Lo que desde nuestro punto de vista debe quedar sentado es que aquellos que avalan un golpe de Estado, un régimen autocrático que violentó el estado de derecho, perpetró graves violaciones de derechos humanos, favoreció niveles de corrupción jamás vistos en nuestra historia y no manifiesta ningún arrepentimiento, son claros enemigos de nuestro sistema de gobierno.
Es por las razones mencionadas que insistimos, una vez más, en una idea central: los demócratas debemos trazar una línea fronteriza nítida entre quienes estamos comprometidos con el sistema democrático y republicano de gobierno y los enemigos de éste, sean de inspiración leninista o fascista. No hacerlo podría generar graves amenazas a nuestra democracia.