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opinion
Hubert: un predestinado Alfredo Vignolo Maldonado / Periodista
Durante más de treinta años trabajó para sacar del infierno de las cárceles peruanas a tantos inocentes que purgaban prisión sin haber sido juzgados y a los que, habiéndolo sido, seguían esperando libertad. Ahora, en el lugar que Dios le haya asignado por sus méritos, intercederá por los que padecen sufrimiento en este otro infierno que es la sociedad con los valores dislocados, que va a tropezones por caminos en sesgo, por rutas sin señales de seguridad, haciendo añicos la verdad, la justicia, los derechos humanos, en pos, sólo, de beneficios personales.
Este hombre, que vivió el dolor ajeno desde muy niño, se convenció a los 30 años de edad que más podía hacer como religioso que como seglar; y así fue, al ingresar a la congregación de los Sagrados Corazones. Conocimos al padre Hubert Lanssiers en la antigua Escuela de Periodismo fundada por Matilde Pérez Palacio Carranza en la universidad Católica; allí, valientemente, organizó y dirigió un seminario con la asociación de ex alumnos sobre un tema candente entonces: Libertad de prensa y Derechos Humanos. Estábamos en plena dictadura del general Juan Velasco Alvarado. Después, durante varias décadas, se dedicó a ayudar a quienes consumían a pocos su existencia tras las rejas, justa o injustamente. Nunca creyó en el criminal nato, a pesar de no haber estudiado a Lombroso, a Ferri ni a Jiménez de Asúa; contrariamente, siempre defendió la dignidad del hombre. Por eso no aceptaba la pena de muerte, pero a veces confesó alguna vez estuvo a favor de ella.
Como sacerdote, capellán y después miembro de la Comisión Ad Hoc de Indultos, hizo posible la excarcelación de 743 inocentes. Se enfrentó sin miedo al terrorismo. Sabemos que en este desafío llegó a advertir que si tomaran el poder –o lo intentaran– se opondría con todas sus fuerzas, y hasta tendrían que matarlo. Su honestidad y hombría laureada de humanismo fueron su valimiento para que aun los descarriados lo respetaran y, muchos, le guardaran admiración. En los penales no se limitó a su discreta misión pastoral; “nos hacía rezar poco, mayormente aconsejaba y promovía la creatividad como liberación del espíritu”, ha revelado un recluso. Fomentó la artesanía y la pintura. Este hombre de las mil guerras –la Segunda Guerra Mundial, la de Indochina, Vietnam y Corea– le ganó la gran batalla al pesimismo, a la injusticia, al atropello de los derechos del ser humano, y estamos seguros de que no ha sido inútil la “pica en Flandes” que puso en la política penitenciaria.
Fallecido a los 76 años, sorpresivamente, hubo en su sepelio gente a la que salvó este belga con corazón peruano, de la angustia del encierro, de la miseria de vivir marginado y con la esperanza en un hilo, felizmente enhebrado a una nueva pacífica realidad, sobre la base de la reivindicación por el perdón, el amor al prójimo y la equidad. Nuestro pésame a los que él llegó con su alma noble y su palabra franca y límpida; y a Anita María Rivera, su diestra secretaria, confidente de pesares y atributos.
Justicia para todos Pilar Marín Bravo / Periodista
En el Perú, más de la mitad de la población no tiene un acceso real a la justicia y, dentro de esa mitad como siempre, la mayoría son los más pobres. Una realidad que nos acompaña desde hace muchos años y que nos recuerda la urgente necesidad de una reforma integral del sistema de administración de justicia en el país. Barreras legales, económicas y hasta de orden lingüístico impiden a muchas personas acceder a la justicia. Si a ello sumamos el problema de un sistema penal lento e ineficiente que fomenta el abuso y hasta la impunidad, vemos que el problema resulta mucho más complejo y requiere de soluciones integrales que van más allá del aumento presupuestal.
Sin duda, uno de los retos que asumirán los que tomen las riendas del país en julio es el de sentar las bases de una efectiva reforma integral que, hasta hoy y pese a los esfuerzos de diversos sectores que concertaron propuestas al respecto, no se ha cristalizado. Uno de estos planteamientos de cambio está relacionado con el plan de la Comisión Especial para la Reforma Integral de la Administración de Justicia (Ceriajus), aprobado en 2004, que no sólo tiene el mérito de haber sido elaborado por sectores vinculados con la administración de justicia, sino que realizó un diagnóstico de la situación y estableció recomendaciones, algunas de ellas ya se han convertido en leyes.
Por ejemplo, una de las propuestas alternativas, para atender la necesidad de una mayor accesibilidad a la justicia, es la difusión de la conciliación, la mediación, el arbitraje y otros mecanismos alternativos para la solución de conflictos.
Asimismo, la promoción de los jueces de paz y su elección popular –incorporándolos en el presupuesto del Poder Judicial– constituyen mecanismos que deben fortalecerse para atender la demanda de los sectores menos favorecidos. Según fuentes oficiales, hay actualmente cerca de 4,900 jueces de paz que atienden a unos diez millones de personas.
La administración de justicia debe ser vigorizada con estrategias que permitan capacitar a los que la administran. El problema se debería atacar desde las bases de formación profesional de quienes asumen esta responsabilidad y de una permanente calificación para evaluar el rendimiento de jueces y fiscales.
Por todo lo que vivimos hace algunos años, la experiencia nos enseña que debemos contar con un Poder Judicial autónomo e independiente, que proteja a los peruanos de los abusos y las arbitrariedades que se cometan en su contra. En consecuencia, la reforma que necesita el sistema de administración de justicia constituye una tarea impostergable.