POESÍA. DOLORES MORALES DE SANTIVÁÑEZ RECOGE
TRES DÉCADAS DE ESCRITURA
En búsqueda del lenguaje
Poeta Róger Santiváñez compila selección de su
extensa obra poética
“No veo al Perú como una imagen compacta, sino que
aparece en el lenguaje”
Róger Santiváñez, el factótum del grupo poético Kloaka, tiene numerosos motivos para sentirse satisfecho. El jueves 3 fue objeto de un merecido homenaje en el bar Yacana, en el que se hicieron presentes otros miembros de su promoción la década de 1980 y el grupo Del Pueblo del Barrio, que avivó los recuerdos de una época difícil, pero llena de vitalidad. Sin embargo, la principal razón de dicha satisfacción es Dolores Morales de Santiváñez (Hipocampo editores, 2006), la primera recopilación de la obra de uno de los poetas peruanos contemporáneos más prolíficos y activos. Renovador por excelencia –ahora en cercanía del neobarroco latinoamericano–, Roger Santiváñez está a punto de concluir un doctorado en Estados Unidos, pero antes presenta hoy su libro en Lima. Dialogamos con él en el bar Queirolo, en el corazón del jirón Quilca.
¿Cómo ha sido el reencuentro con tus primeros libros?
-Ellos cumplieron su ciclo y razón de ser. Ahora lo que hice es recogerlos y recopilarlos. Me encontré con un montón de cosas. El poeta Armando Arteaga había tenido en su archivo unos poemas míos de cuando tenía 17 años y me sorprendieron porque estaban bien construidos, porque en esa época leía mucho a Borges. El único que corregí fue Symbol (1991). En esa ocasión, el editor José Antonio Mazzotti me entregó las pruebas de galera para que haga las correcciones, pero se las devolví tal cual, en un arranque absurdo de ultravanguardismo.
¿El gesto vanguardista siempre estuvo presente?
-Toda la vida he mantenido una posición de avanzada y radical en el terreno de la creación y por eso sigo mucho la vanguardia. De hecho, la descubrí en el colegio, gracias a Trilce, Apollinaire (el padre de la onda) Picasso y Duchamp, en ese paralelo de poesía y artes plásticas. Los Cantos de Pound es mi libro de cabecera. Y, luego, los beatniks estadounidenses han sido determinantes en todos los poetas nacidos después de 1950.
¿Hay en tu obra un corpus muy definido de los ochenta y otro de los noventa? ¿Existe una continuidad o se produjeron saltos?
-Cuando comienzo a escribir, imperaba el conversacionalismo (narrativismo y coloquialismo), como estándar hispanoamericano. Es extraño, porque lo que uno tiene al comienzo es una gran voluntad para crear poesía. Poco a poco, diferentes circunstancias colocan a uno en una posición en que ya no se trata de la voluntad, sino que la escritura se ha encarnado en uno. Te sientes poseedor de tu propia voz e intentas cosas distintas.
En ese momento te aproximas al lenguaje lumpen.
-Pound tiene una máxima: poetry is speech (poesía es habla). A partir de esa máxima, que es el origen de todo el conversacionalismo, me dije: ¿dónde está el habla más habla, el habla más creadora y más viva? En las calles. Y dentro de ellas, ¿dónde? En el lumpen. Entonces, por eso me volví casi un lumpen para que ese lenguaje encarne en mí, para que no sea algo impostado.
Te sometiste a una exploración, un descenso dantesco...
-Como dice Rodolfo Hinostroza: sumersión prolongada en las formas para emerger purificado. El camino para superar el conversacionalismo fue este lenguaje callejero radical que me llevó al neobarroco o neobarroso. Este lenguaje tan altamente creativo me coloco en una situación visionaria, porque podía alucinar con el lenguaje. Era como si viera el mundo por primera vez, pero al mismo tiempo estaba sometido a una serie de imágenes religiosas y de ahí a la experiencia mística hay un solo paso.
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