Cristianismo liberador
César Arias Q. Editor de Opinión
carias@editoraperu.com.pe
La Teología de la Liberación (TL) generó duras controversias, porque llevó al centro del debate la esencia del cristianismo, es decir, ¿cuál es el eje del mensaje evangélico?; existen influyentes grupos en el seno de la Iglesia católica, coherentes con la tradición de los pontífices a quienes el historiador Paul Johnson llamó “grandes papas reaccionarios" (Pío IX, Pío X y Pío XII), opuestos a la modernidad y su esencia, al individualismo y sus derivados: la economía de mercado, la democracia y los derechos humanos; ellos eran nostálgicos del feudalismo y defendían la “alianza del trono y el altar”.
Recuerdo que en Los hermanos Karamazov apareció la “leyenda del gran inquisidor”, según la cual Cristo regresó a la tierra en la Sevilla del siglo XVI y, mientras caminaba por las calles, el inquisidor lo reconoció y lo hizo detener; luego vino el alucinante diálogo con palabras terribles: “Hemos modificado tu doctrina con la fuerza, el misterio y la autoridad”, para terminar preguntándole a Jesús: “¿Por qué has venido a perturbarnos?”
En la novela rusa se dice que la jerarquía romana cambió la corona de espinas por las diademas de los césares paganos. De este modo es necesario preguntarse si ese actuar conservador del clero católico a lo largo de tantos siglos, justificando la intolerancia, la censura al conocimiento científico, la oposición al progreso social, la colusión con fuerzas retrógradas, la proclamación de la rebelión franquista como “cruzada nacional”, los silencios ante Hitler y las dictaduras sudamericanas, respondía a la esencia del cristianismo.
Para mí la respuesta es “no”; creo, como Gustavo Gutiérrez y los teólogos de la liberación, que el mensaje evangélico es, en su esencia, liberador, que una lectura atenta y objetiva de la Biblia nos lleva a esa conclusión presente desde el libro del Éxodo, pasando por los Profetas, el Libro de Job y, finalmente, el Nuevo Testamento. Para el cristianismo hay una esencia –el amor por los débiles, pobres oprimidos, enfermos y víctimas de la injusticia– que está por encima de los formulismos religiosos.
La autoridades judías –fariseos y saduceos– lo entendieron muy bien y por ello condenaron a Cristo. También lo comprendieron los gobernantes paganos del imperio, que lo persiguieron como a una secta subversiva. Luego vino la conversión del imperio y el paso de la Iglesia al poder. Tras ello, empezó a perderse mucho de la esencia del mensaje evangélico.
En la actualidad, el debate en torno a la TL debe centrarse en la esencia del cristianismo: si debe entenderse como un credo centrado en lo individual y obsesionado con oponerse a la sexualidad, o un credo que busca la solidaridad con los necesitados de amor, defensor de los pobres y discriminados, del medio ambiente y la paz, y capaz de enfrentar a los poderosos de este mundo.
La esencia del cristianismo es el amor por los débiles.
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