Institución parlamentaria
Acomienzos de esta semana, el presidente Alan García se refirió a la importancia fundamental que tiene para la democracia la institución del Poder Legislativo; recordar que sin un Parlamento no existe democracia es una verdad sólida como una catedral. Más aún, resulta importante efectuar una reflexión acerca de este tema, ya que, dada la tradición cultural autoritaria en nuestro país, ha existido la tentación de generar un estado de ánimo contrario a la institución del Poder Legislativo.
Durante la década pasada, el gobernante autoritario elegido en 1990 inició, al poco tiempo de asumir el poder, una campaña que algunos analistas denominaron “antisistema”, criticando duramente al Congreso y al Poder Judicial, acusándolos de corruptos e incompetentes, y señalando a continuación que sus sueldos eran muy elevados. Esa fue la ofensiva psicológica que preparó el golpe de Estado de 1992.
De ese modo, debemos aprender a diferenciar nuestras discrepancias frente a la acción de tal o cual congresista o uno u otro grupo parlamentario, para comprender que hemos de respetar la institución del Poder Legislativo como parte esencial de la institucionalidad.
Es esencial recordar que los legisladores están en sus curules porque nosotros los colocamos allí, dado que, gracias al sufragio preferencial, nadie llega al Congreso sin ciudadanos que voten por él. De aquí se deduce que los defectos de una representación parlamentaria –al ocupar sus cargos por elección popular– son, de algún modo, atribuibles a la ciudadanía que votó por las personas cuestionadas.
Por tanto, la colectividad debe comprender que una de las consecuencias previsibles de la libertad es el equivocarse; pero que, al mismo tiempo, la solución no está en canjearla por el sometimiento.
Los ciudadanos debemos asumir las consecuencias de la libertad.
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