“Arte degenerado”
César Arias Q. Editor de Opinión
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En julio de 1937, el Gobierno alemán de entonces –es decir, el régimen totalitario de Hitler– organizó en Munich una exposición de “arte degenerado”, y para juntar las 650 obras que se presentaron allí se dispuso que agentes de una comisión especial, nombrada por la Cámara de la Cultura del Reich, las confiscara de cualquier museo. El objetivo de esta exhibición era mostrarle al pueblo que el tipo de arte imperante durante la democrática República de Weimar era un conjunto de manifestaciones patológicas, carentes de sentido y casi todas incomprensibles; a todos estos defectos se añadió que los inspiradores de la mayor parte del “arte degenerado” eran –cómo no– los judíos.
Para hacer “más didáctica” la muestra, los expertos de la Cámara de la Cultura del reich colocaron las obras en forma deliberadamente desordenada, a fin de dar a entender a un público tan amante del orden y la organización que los artistas que se expresaban de modo tan exótico eran además símbolos del caos.
Esta actitud pintoresca de aquel régimen alemán era típica de la mentalidad totalitaria: para los gobernantes inspirados por Hitler –quien además había sido pintor en sus años juveniles en Viena y se consideraba un artista–, el Estado debía regir la vida intelectual y las expresiones artísticas. No se trataba sólo de proscribir las expresiones culturales contestatarias o políticamente subversivas, sino de transformar el sentido mismo de la creación artística.
En efecto, el artista ya no crearía a partir de su inspiración subjetiva e individual –algo que la civilización occidental daba por sentado desde el Renacimiento–, sino que el Estado asumía una función tutelar: eran el Estado y, dentro de él, el partido político que gobernaba, y que desde julio de 1933 era la única organización legal en Alemania, los que tenían como misión dirigir las expresiones culturales de la sociedad germana.
Es importante entender, para darnos cuenta del cambio profundo que supone el dominio de una sociedad por el totalitarismo –en este caso, la sociedad más culta de Occidente, que se vio arrastrada a una barbarie demencial al aceptar renunciar no sólo a los valores democráticos, sino a las bases de la civilización–, que éste anula no sólo la creatividad del artista, sino también la espontaneidad en la vida de la gran mayoría de los individuos que se veían obligados a comportarse en todas partes de un modo que el sistema totalitario consideraba correcto.
La clásica división entre la vida pública (esfera de lo político) y privada (que corresponde al individuo y su familia) también desaparece en un sistema totalitario: el poder se arroga el derecho de interferir en casi todos los actos de los individuos y hasta pretende regir sus pensamientos. Por eso, debemos ser conscientes de ello y rechazar cualquier tentación autoritaria o totalitaria.
El totalitarismo anula la individualidad y la libertad.
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