Sin careta
César Arias Q. Editor de Opinión
carias@editoraperu.com.pe
El extraditable se quitó la careta de peruano, dejó totalmente la ambigüedad y, muerto de miedo ante la posibilidad de tener que comparecer ante la justicia del país al cual engañó, robó y gobernó despóticamente, buscó la salvación en presentarse como candidato para el Senado japonés, por un pequeño partido ultraderechista y mafioso, nostálgico del Japón de la preguerra: militarista, totalitario y cómplice de las fuerzas fascistas. No es cierto que los japoneses lo hayan invitado por su nivel de estadista; por el contrario, fue el extraditable quien buscó desesperadamente un partido para que lo coloque en su lista. El ex gobernante se quitó la máscara de peruano y se mostró como lo que realmente es.
Aquellos que –igual que “Chichi” Valenzuela– aseveraron que el ex gobernante era, en verdad, japonés, parece que tenían razón. Este pícaro personaje ocupó, sin ser peruano, la primera magistratura del Estado y después –como decían mis tías arequipeñas– “se levantó el santo y la limosna”. Recuerdo que un embajador peruano, experto en derecho del mar, me dijo –hace como diez años– que el entonces mandatario no sólo no se sentía peruano, sino que estaba resentido con nuestro país y lo despreciaba.
No es factible, jurídicamente, ser peruano y japonés –no existe, como en España, la doble nacionalidad–; se es o lo uno o lo otro. Sin embargo, Fujimori jugó a tener ambas ciudadanías, debido a que fuimos tan ingenuos como para aceptar su trama: refugiado en Japón por ser japonés, se presentó al consulado peruano para renovar su DNI, y no pasó nada, ni siquiera le preguntaron: ¿acaso no es usted japonés? Nadie le exigió un documento en el que demostrara ser peruano y no nipón.
En 1992 –poco tiempo después del golpe de Estado de abril–, Mario Vargas Llosa escribió que quienes nos gobernaban eran “una pandilla de cínicos”; creo que el laureado escritor utilizó la calificación perfecta, porque hay una línea constante desde el bacalao de Viernes Santo hasta la fuga a Brunei, pasando por la escapada a la Embajada de Japón y la promesa enfática del “no shock”, línea basada en la maniobra dolosa, el engaño, el “caballazo”, la imposición prepotente –cuando se tiene las de ganar– y la huida timorata cuando se prevé una derrota.
Como suele ocurrir con este tipo de personajes, no parece haber pensado un minuto en quienes creyeron –y siguen creyendo– en él como peruano y “buen presidente”; tampoco en su bancada, ni siquiera en su hija y su hermano, metidos en el Congreso gracias a él.
Es posible que las cosas le salgan mal; al fin y al cabo no es un genio ni un estratega brillante, sino más bien alguien mediocre que repetía los disparates que formaban parte del “sentido común autoritario” que subyace en nuestra cultura política. Es decir, durante una década el hoy extraditable utilizó el espíritu de lo que T. W. Adorno llamó mentalidad de fascistas inconscientes, para manipular al pueblo.
Debemos ver en todas sus aristas este complejo asunto.
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