El atentado contra Hitler
César Arias Q. Editor de Opinión
carias@editoraperu.com.pe
El 20 de julio de 1944, el conde Klaus von Stauffenberg, coronel del ejército alemán, ingresó en el cuartel general de Hitler, en Prusia oriental, llevando una bomba en su maletín. Entró a la sala de conferencias y colocó la bomba debajo de la mesa de mapas, lo más cerca posible de Hitler. El plan de los conjurados era matar al dictador e iniciar un golpe de Estado, deponer al régimen y reemplazarlo por un gobierno militar que pidiera la paz a los aliados. En el complot había generales; el almirante Canaris, jefe de la inteligencia militar; el mando alemán en la Francia ocupada; y los mariscales Rommel y Von Kluck, jefes con mando en el frente occidental; también conspiraron diplomáticos como el embajador en la Santa Sede Von Hassell; y Von Molke, nieto del fundador del ejército alemán y vencedor de los franceses en 1870.
Colocada la bomba, el coronel se retiró y abordó un avión hacia Berlín; al despegar, vio los efectos de la explosión e imaginó que Hitler estaba muerto, pero el dictador se salvó porque un distraído oficial cambió de lugar la maleta alejándola de su blanco. Confiados en un falso éxito, los conspiradores empezaron a actuar y en Berlín tomaron el Ministerio de Guerra y empezaron a dar órdenes para que el ejército tomase el control del país. En el París ocupado, la cosa fue más lejos y los militares detuvieron al personal de la SS y de la Gestapo.
El complot se derrumbó cuando se supo que Hitler estaba vivo; los oficiales, indecisos y timoratos, se pusieron del lado del dictador. Von Stauffenberg fue fusilado, luego de un breve juicio militar en el patio del ministerio. Hitler habló esa noche por la radio asegurando que la traición sería extirpada de modo drástico. Los implicados soportaron un proceso que fue una farsa ante el fanático juez Freisler (el predilecto de Hitler), durante el cual se les injurió y humilló. Por pedido del caudillo, los condenados fueron ahorcados, desnudos, en garfios de carnicería, y sus muertes fotografiadas y filmadas, para deleite del dictador.
Después de estos hechos, el ejército alemán fue sometido a las SS –un cuerpo paramilitar del partido–, profundamente nazi, que no era el tradicional y aristocrático en el ejército alemán. El saludo militar fue suprimido y reemplazado por el saludo nazi; todo esto aceleró el desastre militar de Alemania, pues, en adelante nadie más cuestionó los absurdos del caudillo y el Tercer Reich avanzó hacia su apocalíptico final, entre ríos de sangre.
Al acercarse el desenlace de su “crepúsculo de los dioses”, los obtusos dirigentes del nazismo movilizaron adolescentes y ancianos para retrasar algunos días su inevitable final, y en las últimas semanas el ministro de armamentos saboteó la demencial orden de Hitler: destruir lo poco que quedaba de Alemania. El fracaso del 20 de julio le costó a este país casi un millón de muertos y varios millones más al resto de Europa.
Este atentado nos hace pensar en el rol del azar en la historia.
|