Discrepancias y consensos
Cuando el representante estadounidense Charles Rangel afirmó que el Tratado de Libre Comercio (TLC) entre su país y el Perú serviría como “barco insignia” para otros acuerdos similares, estaba marcando la trascendencia continental que tiene el debate iniciado por los congresistas demócratas del Poder Legislativo de Estados Unidos. Al dar relevancia a temas como la situación de los trabajadores y el respeto al medio ambiente, se está trazando una nueva ruta por la que tendrán que transitar las naciones que en los próximos años deseen suscribir este tipo de tratados.
Por otro lado, es fundamental señalar que en nuestro país existe un consenso tácito a favor de la ampliación de nuestros vínculos comerciales con Estados Unidos. Los cuestionamientos, a veces airados y subidos de tono, no se refieren a una discrepancia de fondo; es decir, no existe una oposición a la idea misma de un TLC, sino que se critican aspectos de detalle, por ejemplo, el señalamiento de que en el Perú no se cumplen las leyes laborales.
En verdad, si un grupo de dirigentes sindicales se presenta ante los legisladores estadounidenses para ventilar ante ellos problemas internos del Perú, ello –al margen de lo negativo que nos pueda parecer– supone que para esos sindicalistas el TLC como principio no es algo condenable, sino, más bien, aceptable.
Las discrepancias, por más que se expresen duramente, se generan entre los que tienen como base un consenso básico: el Perú necesita acuerdos de libre comercio con países avanzados que poseen un mercado grande para nuestras exportaciones. De este modo, la mayoría de los peruanos ha superado el espíritu arcaico que nos llevaba a encerrarnos en nuestras fronteras y desconfiar de lo externo.
Así, hemos dado los primeros pasos para la construcción de un consenso en torno a la necesidad de una apertura económica y comercial con el mundo.
Los debates en torno al TLC se dan a partir de un consenso básico.
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