Optimismo sin triunfalismo
Cuando el Presidente de la República formula declaraciones optimistas a partir de una situación macroeconómica positiva que nos coloca, objetivamente, en muy buen pie en relación con los países vecinos y hermanos de América del Sur, de inmediato aparece la tentación de la denuncia y la crítica: “se está cayendo en el triunfalismo”. Además, para muchos medios de comunicación y líderes de opinión resulta contradictorio expresar palabras optimistas cuando grandes grupos de compatriotas se debaten en medio de la más espantosa pobreza.
Sin embargo, ese tipo de críticas, comunes en nuestro medio, merecen ser cuestionadas; desde nuestra perspectiva, los peruanos no podemos vivir atados de modo permanente a una especie de “cultura del derrotismo” que lleva a muchos de nosotros a solazarse con los fracasos o –lo que es más grave– a tener latente la posibilidad de que las cosas siempre nos salgan mal. Una sociedad que progresa debe poseer de manera firme la conciencia colectiva de que el éxito se puede alcanzar.
Una mirada serena a nuestro pasado nos muestra que, si bien existen numerosos fracasos, también tenemos una historia de grandes logros colectivos que nos deben servir de fundamento para ser optimistas. En el Perú de hoy existen razones para poseer una actitud positiva, y una de ellas es lo que algunos han denominado “revolución capitalista”, que estamos viviendo durante los últimos años.
No se trata de aquel capitalismo liderado por los otrora privilegiados del sistema colonial y que, vinculados al Estado, obtuvieron prebendas y beneficios de éste; el nuevo capitalismo ha surgido desde abajo, de lo que Basadre llamó alguna vez “el Perú profundo” y ha venido operando sin apoyo y no pocas veces, al margen del poder público.
Esta modernización social, económica y cultural ha generado, en buena medida, el crecimiento económico que nos permite –sensatamente– ser optimistas. Sabemos que millones de peruanos aún viven en la pobreza, pero si observamos el pasado de los países que se desarrollaron, apreciaremos que este problema se dio en prácticamente todos los casos.
Para acelerar el paso debemos reformar el Estado para aproximarlo al pueblo y combatir las ideas retrógradas que sirven de fundamento a la exclusión y la discriminación en todas sus formas.
La realidad objetiva del presente justifica una importante dosis de optimismo.
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