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Ideas de libertad. Proyectos novedosos se gestan en pleno corazÓn del centro penitenciario mÁs poblado del paÍs
El hombre de los caracoles
Penal alberga 9,177 internos, de ellos 1,696 están sentenciados.
En su interior existe pabellón dedicado al trabajo industrial

Karina Garay Rojas
kgaray@editoraperu.com.pe

Aunque sobre sus hombros carga 44 años de miedos, alegrías y tropiezos, la llegada de los caracoles a la vida de César Alfonso Meza Roberts pareciera haberlo trastocado todo, incluso su apariencia. Luce mucho más joven. Como si las penas no hubieran pasado por él. Nada más alejado de la realidad. El centro penitenciario que lo cobija desde hace más de tres años puede dar cuenta de ello.

Pero allí están otra vez los caracoles: lentos, calladitos, babosos. Esperan que César los alimente, los cuide y los someta a ese cosquilleo, casi mágico, que los ha unido en una travesía con futuro, y que le ha devuelto a su tutor las ganas de creer nuevamente en sí mismo.

Nos explica que los caracoles se los heredó un compañero que ahora ya goza de la ansiada libertad. Lurigancho, el penal donde estamos, además de ser el más poblado del país, es un centro particular. Si no logra purgar a la primera, puede convertirse en la última etapa de adiestramiento en el escalafón de hampones.

“Él me dijo que yo podría adquirir un conocimiento tan valedero, futurista, que iba a sacar provecho, pero como cualquier otra persona no le creía. Mas al verle tanto interés en cuidarlos y seleccionarlos, cambié de opinión. Por intermedio de unos disquetes y unos libros estoy en la helicicultura, crianza comercial de caracoles, desde hace dos años y medio”, dice.

Afirma que los caracoles son celosos, que saben quién los toca. Que requieren de paciencia y sumo cuidado a la hora de alimentarse, hidratarse y reproducirse. Que ponen cerca de 150 crías, de las que se logran solo una centena, y que esa operación se repite dos veces por año.

Sin perder de vista a sus “muchachos”, César ha elaborado teorías sobre su comportamiento a la hora de emparejarse: se buscan entre iguales, afirma, y para dar sustento a su hipótesis ha pintado la pequeña caparazón de los 300. Verde, amarillo y rojo. El fotógrafo apunta, y no sabemos si solo para la toma, pero se les puede observar en grupos. De colores. Iguales.

Tenemos suerte, hace algunos días han parido y un recipiente de plástico transparente nos permite sumergirnos en el mundo de los microcaracoles. En cuestión de segundos logran dejar la tierra húmeda en la que retozaban, para hacer malabares en el borde del depósito.

Recostado sobre la vitrina que le dejó el compañero helicultor, el protagonista de esta nota no quiere hablar sobre el motivo que lo trajo hasta el pabellón 19 C del penal, en donde reclusos por robo agravado y delitos contra el patrimonio intentan revertir su presente. “No importa ya, como tampoco lo que hice en secundaria”, dispara suavemente.

No faltan los curiosos, entre ellos los ayudantes de este impetuoso empresario, quien goza del aval del Instituto Nacional Penitenciario (Inpe) en su novedoso modo de recuperación social.

César sabe que los derivados de caracoles son ahora un boom comercial, que intenta ser explotado en cuanto medio de comunicación exista. La televisión es el mayor ejemplo.

No pocos ex “faites” pueden dar fe de su milagrosa baba, sobre cuyas pieles han obrado cirugías sin corte, alejando para siempre las cicatrices de su azarosa vida. El agente policial que nos acompaña mira con deseo la que reposa en un vaso pequeño. “Que pena, estoy de servicio”, dice resignado.

No hace mucho un técnico de la Policía se puso a prueba y la respuesta fue tan buena que volvió durante meses, hasta borrar por completo el zarpazo que marcó una parte de su rostro. La muerte se le cruzó durante un accidente automovilístico.

Con cepillo en mano, César nos muestra cómo obtiene el elixir de sus lentos rastreros. Saca uno y le da vuelta hasta tener frente a sí lo que serían sus pies, en el supuesto de que los tuviera. Frota esa zona con el cepillo y en cuestión de segundos, el ejemplar empieza a botar una baba de color verde, la cual aumenta con la fricción de las cerdas.

Tras extraerla es batida rápidamente. Cuando empieza a tomar consistencia pegajosa está lista para untar.

“La especie helix aspersa, la que tengo, es la que convierte el agua en helina, materia prima de todos los productos de maquillaje”, revela.

El caracolero manifiesta que su familia está contenta de que por fin esté obteniendo logros. Atrás quedaron sus días de cachinero, de compra y venta sin futuro.
“Cuando salga de aquí quiero aprovechar todo lo que sé. De acá a cuatro meses voy a hacer mis papeles, aunque estoy sentenciado a 10 años, confío en poder salir antes.

Cuando lo consiga me gustaría poner una tienda, para distribuir la baba de caracol a los salones de belleza. Si se aplica placenta al pelo o parafina a la cara, ¿por qué no se puede aplicar baba de caracol, que da mejores resultados?”

Cada vez más convencido de su negocio, refiere que no ha perdido el tiempo y que ha mandado una buena cantidad de caracoles a su casa. “Tal vez mi familia no sabe cuidarlos, pero bueno hay que confiar”, se aflige, mientras recrea las relaciones entre sus lentitos, su mujer y sus dos hijos.

César cree haber descubierto su camino y lo revelan sus ojos cada vez que habla. Cuatro caracoles recorren la palma de su mano. Pareciera que ellos también borran cicatrices del alma.

Ideas de concurso
Estar preso no es una limitación para continuar produciendo, y esa parece ser la premisa del grupo de expertos del Ministerio de Trabajo, que recientemente visitó el Lurigancho.
Walter Quinteros explicó que la actividad forma parte del programa Mi Empresa, dirigido a personas con ganas de poner un negocio

Ante un grupo de aplicados internos, el experto explica que buscan trabajar proyectos emprendedores, y que increíblemente han encontrado eco entre los presentes, que le han pedido apoyo en la demanda y articulación comercial.

Indica que llegaron hasta el penal con el afán de invitarlos a participar en un concurso de ideas de negocio, compitiendo con otras de Lima, Arequipa, Puno y La Libertad. El premio: capacitación y asesoría por dos meses para elaborar un plan de negocios. Nada desdeñable.

Miguel Ángel Cupe Espinoza (*)
Centros activos

Dentro de la política de recuperación de los internos de la institución, apoyamos todas las labores que podrían generarles ingresos.

Tenemos varias áreas de trabajo, como carpintería, lavandería, confecciones, zapatería, tejidos a máquinas. El taller que mayores beneficios nos ha traído es el de carpintería y zapatería porque estamos haciendo una producción constante. Este año construimos 400 carpetas para el Ministerio de Educación.

Los que participan ganan un sueldo de acuerdo con la jerarquía que ostentan dentro de la cadena productiva, dinero con el que ayudan a mejorar la calidad de sus familias.

En este momento habrán unas 5 mil personas participando en los talleres de trabajo en toda la región, que agrupa a 14 penales, para los cuales han sido previamente evaluadas.

(*) Jefe de trabajo del Inpe para la Región Lima que agrupa a 14 penales.

Pabellón 18, ruedas y tuercas
A nadie se le ocurriría que en este penal existe un taller de mecánica automotriz, soldadura, planchado y pintura, fibra de vidrio y refrigeración. Y lo más sorprendente, es de primera. Todo en el pabellón número 18.

El responsable del taller, Humberto Manyari del Carpio, señala que están a la búsqueda de clientes.

“Los que vienen son familiares de los internos y policías. El beneficio es que la mano de obra que trabaja aquí es calificada, además de barata. No hay nada que temer. Nosotros vemos los permisos para que entren las cosas a reparar. Todo se hace con contrato, como debe ser. Se negocia como en cualquier otro taller. De lo que gane el trabajador, el 10% queda para los talleres, para la maquinaria”, refiere.

Junto con este taller, el penal de Lurigancho tiene también un taller de carpintería y artesanía, que funciona con el mismo esquema de mano calificada, pero cómoda para el mercado.

Los interesados en conocer más detalles sobre estos servicios pueden comunicarse con el jefe del área de trabajo del penal de Lurigancho, Juan Torres Sánchez, al teléfono 9689-6727, o a la subdirección del recinto penitenciario al 388-0414.

 

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