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informe

experiencia. periodistas participaron de taller vivencial con especialistas de la pnp en guerra antisubversiva
En la piel del policía
PNP dictó taller vivencial Yo periodista, tú policía

Periodistas recibieron curso en base antisubversiva de Mazamari

José Vadillo Vila
jvadillo@editoraperu.com.pe

El bautizo
–¡Cuerpo a tierra! –gritó “Pacolo”, nuestro instructor. Y los estrenados uniformes de campaña se fueron al demonio; a besarse con el barro, las piedras y el polvo.
Nos esperaban 200 metros entre la pista de aterrizaje y la base antisubversiva de la PNP en Mazamari, Junín. La voz del instructor preguntó: “¡¿cómo está esa moral?!” La sección de 23 periodistas debía responder, con voz fuerte y clara: “¡Alta, altísima, como el sol y las estrellas. El combatiente no nace, se hace. Lo posible está hecho; lo imposible, lo haremos!” Cuando uno rampea y el sol cae sobre tu nuca con 30 grados centígrados, el tiempo y tus extremidades se estiran como chicles. Los primeros ay, uf y gotas de sudor-dolor nos hicieron recordar al jefe que nos envió al taller Yo periodista, tu policía, organizado por la Dirección de Operaciones Especiales de la Policía Nacional (Dinoes).
Los miembros de la (adolorida) sección –que a esa hora entendimos que en el taller no servirían los galones periodísticos– llegamos a la entrada de la base policial con la lengua afuera. Tomamos unos segundos de respiro mientras lugareños y policías gozaban del espectáculo. Claro, era mejor que cualquier reality televisivo: gorditos cegatones, flaquitos amantes del cigarrillo, mujeres antiejercicios yacíamos amontonados como sapos. Entonces, “Pacolo” ordenó entrar corriendo en la base. Con la primera bocanada de aire nos enteramos de que esa cortina gris no era producto de alguna alucinación colectiva sino gas lacrimógeno. Un bautizo “suave”, para los términos policiales, pero que en el “cuerpo” periodístico causó sus estragos. Es parte de la tradición policial, se excusaron los organizadores. Y uno debía seguir nomás. Gajes del apostolado periodístico. Un, dos, un, dos, izquierda, derecha. La sección maltrecha formada de nuevo debía gritar, con las energías que quedaban, el lema escrito en la entrada de la antigua base de Los Sinchis: “Solo merece vivir quien por un noble ideal está dispuesto a morir”. Bienvenidos.


Días de entrenamiento
Los periodistas permanecimos tres días en la Escuela Técnica Superior PNP, que funciona desde hace tres años en dicha base PNP. Llegamos a este paraje de la selva central el jueves 22 de noviembre, en un avión Antonov que cruzó pesadamente el cielo con voz de león asmático.
Nuestras ropas y costumbres de “civiles” quedaron encerradas en las mochilas, junto a los teléfonos celulares.
Aprenderíamos el abecé de la vida del policía en zona de emergencia. Esa sería la chamba del “Tunche”, “Canela”, “Thatcher” y “Pacolo”, nuestros instructores de la Dinoes, a quienes se unirían en Mazamari “Sombra” y “Kikín”, que cada día nos hacían despertar antes que los gallos. (En operaciones especiales, por razones de seguridad, los policías solo se conocen por sobrenombres).
Mazamari es zona cocalera. Y en su base PNP se forman los policías que realizan operaciones especiales y se enfrentan en el monte con narcotraficantes y remanentes senderistas que operan en la zona del VRAE.
Para sobrevivir en las operaciones policiales se necesita disciplina. Adivinando los insultos mentales que proferíamos exhaustos por las jornadas, “Sombra” filosofaba, “el combatiente está hecho para el desprecio y no para el cariño”, mientras recordaba que a veces los policías se internan por seis días solo con una botella de agua, porque el enemigo contamina las aguas a propósito. Es la guerra.
Lo que daba más aliento era ver a los 300 alumnos de la Escuela Técnica. Más del 10 por ciento provienen de las comunidades nativas. Ellos cumplen sin dudar sus rutinas.
Aprendimos los ejercicios de formación; que los cantos sirven a la sección para olvidarse del cansancio físico y asustar al enemigo. Aprendimos las reglas para disparar un fusil.
Pasar rancho no es ir a un restaurante. Se come rápido y en horarios fijos. No hay mozos. Uno lava su gamela. Luego, dormíamos por cuatro horas, cuidando los fusiles bajo la almohada. Aprendimos que el “camacho” –quien comparte el camarote– se convierte en una suerte de hermano.


En el monte
Sobrevivir en la jungla no es como ir de picnic. Se debe andar con cuidado, comunicándose solo con señas. El monte es un terreno regado por trampas que hacen los grupos subversivos. Se debe ubicar un lugar seguro, aprender a hacer una cama valiéndose solo del cuchillo, ramas y un plástico. Hacer trampas para cazar animales y sobrevivir. Los mismos instructores dan a los pilotos de aviones cursos de supervivencia de una semana. De noche aprendimos a usar el GPS y ubicar coordenadas en los mapas. En una piscina simulamos cruzar un río con ropa puesta, y jalando con una soga el equipaje. Habíamos llegado escépticos a Mazamari, desconfiando de la PNP, por los policías corruptos con que alguna vez nos topamos en las ciudades. Pero, uno aprende a valorar a estos otros policías, hombres con salarios bajos, que tienen por trabajo dar su vida por algo tan abstracto y lejano como la patria, que se corporiza en una bandera bicolor que flamea. Y a pesar de que hay ciudadanos que nunca les darán las gracias por su labor. El último día del taller llegó mezclado de alivio, satisfacción y nostalgia. A nuestra promoción, la primera de periodistas que llevan taller en la base PNP de Mazamari, la bautizamos como Virgilio Grajeda, el veterano reportero gráfico que nos acompañó y demostró su fiero espíritu de comando. Rompimos filas en Lima, y volvimos a la rutina. P.D.: Algunos colegas aún se despiertan de madrugada y cogen un fusil imaginario disparando a la pereza.

 

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