Javier Zevallos. Abogado
Si nos remontamos alrededor de cincuenta años, resultaría difícil pensar cómo una república centralizada, ubicada en África Austral, basada en los más recalcitrantes criterios raciales (apartheid) desde 1948, daría en menos de medio siglo un giro de 180 grados a su política y, por ende, ser un ejemplo para el orbe.
En efecto, para la República de Sudáfrica, también denominada Suráfrica, el año 1994 representó el inicio definitivo del desmantelamiento legal del apartheid al celebrar sus primeras elecciones multirraciales; sin embargo, ya cuatro años antes, en febrero de 1990, el entonces presidente Frederick de Klerk había legalizado el Congreso Nacional Africano y excarcelado a su líder, el mundialmente famoso Nelson Mandela.
Dicho líder, Premio Nobel de la Paz en 1993, firmó el 10 de diciembre de 1996 la vigente Constitución, que entró en vigor el 4 de febrero de 1997; documento que, entre otras cosas, establece la prohibición definitiva de cualquier tipo de discriminación; también el derecho a no ser detenido arbitrariamente ni a ser torturado.
Mandela suscribió la nueva Constitución en la localidad de Sharpville, situada al suroeste de Johannesburgo, este lugar emblemático se eligió por ser donde, en 1960, la policía sudafricana asesinó a un grupo de disidentes lugareños; una de las características más destacadas de dicha Ley Fundamental es su Carta de Derechos, considerada una de las más extensas del mundo.
|