Combatir la infiltración
A mediados de esta semana, el ministro de Educación hizo referencia a un asunto en verdad preocupante: la presencia de docentes que difunden, con total impunidad, la ideología totalitaria del Partido Comunista del Perú-Sendero Luminoso (PCP-SL). Como es de dominio público, en un régimen democrático, las personas tienen libertad religiosa y poseen asimismo una autonomía –protegida por la ley– para asumir diversas concepciones ideológicas y políticas. Sin embargo, las libertades tienen como límite el respeto a los derechos de los demás.
Las ideologías totalitarias –fascistas y estalinistas– tienen en su esencia un desprecio por los valores morales absolutos y una base filosófica centrada en el relativismo moral que conduce –como lo mostró la historia del siglo XX– a extremos inenarrables de horror, cuya manifestación concreta fueron las decenas de millones de muertos sacrificados en los sanguinarios altares totalitarios.
Para los peruanos, lo que señalamos en estas líneas no es una simple especulación intelectual, dado que la terrible ola de sangre que desató, en su afán de tomar el poder por la violencia, el PCP-SL nos marcó de manera indeleble. Sabemos que la demencia generada por el pensamiento totalitario fue –según la Comisión de la Verdad y Reconcialiación– la primera causa de una mortandad que superó las sesenta mil víctimas fatales.
Después de una experiencia de esta naturaleza, permitir que se difunda entre niños y adolescentes una concepción totalitaria de la sociedad sería una muestra de espíritu suicida. Las democracias que no son capaces de emplear la firmeza contra sus enemigos totalitarios preparan sus funerales. Esto ocurrió con la República de Weimar y la República Española, que sucumbieron frente al fascismo, y a la naciente democracia rusa de 1917, que se suicidó y le dejó el paso libre al leninismo, que inició una década más tarde su proyecto totalitario.
En nuestra patria, la falta de decisión para enfrentar la subversión fue la causa profunda de la popularidad del régimen autoritario y mafioso que encontró su justificación y su clima de gloria en la lucha antisubversiva. En consecuencia, la democracia debe enfrentar con toda firmeza el peligro subversivo en todos los campos y las autoridades de los diversos niveles tienen la obligación de enfrentar, sin vacilaciones, la infiltración totalitaria en el magisterio.
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