Cultura y turismo
La conservación de los bienes culturales de un país es un acto positivo –al margen de los eventuales beneficios económicos que eso pudiera generar–, ya que en ellos se encuentran las expresiones que son la esencia del espíritu colectivo. En suma, en estas expresiones se halla el alma de un pueblo y no es posible permitir que se destruyan.
Estas reflexiones son válidas, de modo muy especial en una sociedad como la nuestra, debido a que el Perú posee una larga y compleja tradición cultural que, los peruanos de hoy, debemos esforzarnos por mantener. Por tanto, hemos de enfrentar aquella mentalidad utilitaria e inmediatista que, a partir de una lectura superficial del fenómeno histórico de la globalización, considera que el patrimonio cultural del país carece de valor en sí mismo y sólo debe merecer nuestra atención gracias a su potencial utilidad económica a partir de su explotación con fines de turismo.
Desde esta columna hemos defendido el enorme valor potencial que tiene para nuestro país el turismo, esa es una realidad, como también lo es que nuestra Patria debe impulsar la actividad turística y en ello desempeña un papel importante el patrimonio arqueológico. Por ello, creemos que los pueblos que poseen una mayor sensibilidad respecto a estos asuntos deben entender el gran impacto económico que puede significar la puesta en valor de dichos bienes para su explotación con objetivos turísticos.
En el contexto de una democracia son lícitas las discrepancias y las protestas en torno a esta temática; lo que no tiene sentido es que pueblos que viven del turismo dañen dicha actividad, perjudicándola en el mediano plazo. En ese sentido es muy importante que comprendamos que, en muchas ocasiones, las protestas –al espantar a los turistas– terminan dañando a los pueblos que ejercen su derecho a manifestarse.
Por último, consideramos importante referir que la puesta en valor de nuestro patrimonio nacional jamás debe darse sacrificando su esencia cultural. No tendría sentido malograr un monumento en nombre de la comodidad de los turistas o permitir que éste se eche a perder por exceso de visitantes.
Nuestro patrimonio cultural –válido en sí mismo– posee una utilidad económica que debemos explotar racionalmente.
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