EFECTOS LETALES PARA LA HUMANIDAD
¿A quién le interesa el calentamiento global?
Néstor A. Scamarone M.
Abogado.
Catedrático de la Maestría de Ciencias Ambientales - Facultad de Geología de la UNMSM
Les decía a mis alumnos de la Maestría de Ciencias Ambientales de la Facultad de Geología de la Universidad de San Marcos que parece una broma de mal gusto el que hace tiempo se considere una prioridad internacional la reducción de emisiones de dióxido de carbono y otros gases de efecto invernadero, dado el poco éxito obtenido no obstante la insistencia de algunos gobiernos, científicos y grupos conservacionistas de todo el mundo.
Sin embargo, Estados Unidos parece más decidido que nunca a mantener un modelo industrial basado en el despilfarro energético y contaminante, el cual lo llevó en varias oportunidades a rechazar el Protocolo de Kioto en detrimento de un planeta limpio. Más aún, el país norteamericano amenaza a la comunidad internacional, firmantes de dicho acuerdo, con sanciones comerciales si aprueban bajar las emisiones de los siguientes seis gases contaminantes: dióxido de carbono (CO2); metano (CH4); óxido nitroso (N2O); hidrofluorocarbonos (HFC); perfluorocarbonos (PFC); hexafluoruro de azufre (SF6).
No hay que olvidar que el 40% de estos gases los produce Estados Unidos, y que quema combustibles fósiles a escala global en 30%; vale decir son los más grandes contaminadores del planeta, destructores del nivel invernadero y productores de gases atacantes de la capa de ozono.
De un extranjero de la naturaleza, bien puede esperarse un extranjero de la humanidad. Si hablar sobre el calentamiento del planeta disminuyera las emisiones de gases de efecto invernadero, ésta habría sido una posición decisiva para frenar el cambio climático y no la tragedia que vive el planeta: huracanes, inundaciones, sequías, grandes aluviones, destrucción creciente de capas polares y cuanta desgracia geológica y climática se produce.
Lo ha dicho el alto cargo de la ONU, Kevin Watkins, para subrayar la necesidad de que la organización actúe. La ONU puede hacer todo o nada: depende de los países. Si todos firman y cumplen los acuerdos, funcionará; de lo contrario, se convertirá en una tertulia melancólica y poética sobre el bello mundo que podríamos dejar a las generaciones venideras si nos diera la gana.
El Protocolo de Kioto fue un primer paso rácano: atajar el cambio climático requeriría reducir las emisiones en 80% para 2050 y ese acuerdo fija unos recortes del 5% de media para 2012. Pero iba en buena dirección. Sería magnífico que además se cumpliera, aunque no parece que vaya a ocurrir.
Estados Unidos organiza siempre sus cumbres paralelas con el fin de consensuar reducciones de emisiones voluntarias y a la carta, sin que se impongan mediante la fuerza vinculante de un tratado internacional. Es como si le preguntaran a un asesino en serie: ¿cuántas víctimas potenciales estaría usted dispuesto a dejar vivas este año? Y al responder que dos o tres, encima se largara una perorata sobre la alta consideración que le merece la vida humana.
No puede ser que quienes pueden legislar para revertir el cambio climático se dediquen a recitar discursos, pues las emisiones de palabras también resultan contaminantes.
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