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EL 1 DE MAYO EN La década de 1940
Al compás del recuerdo
Domingo Tamariz Lúcar.
Periodista



Los 1 de mayo de nuestros abuelos, en los que nadie –ni por broma– trabajaba y el “barrilito de cerveza” solo se alzaba en alas de una canción entonces de moda, eran forzosamente de descanso a comienzos de la década de 1940. Regía la ley seca, no se escuchaba el roncar del motor de un auto, las encomendarías no abrían sus puertas y el cine enmudecía. La venta de licor estaba terminantemente prohibida. Desde una semana antes de la celebración del 1 de mayo, las bodegas y bares lucían un cartelito que decía más o menos lo siguiente: “Por orden prefectural queda terminantemente prohibida la venta de licor desde las 12 m. del día 30 de abril”. Es decir que desde un día antes nadie podía tomarse un copetín en uno de esos lugares. Y esto se cumplía al pie de la letra.


Ese día la gran mayoría de los limeños se quedaba en casa. Quien quería salir de paseo o visitar a un familiar tenía que hacerlo a pie. Claro, Lima era pequeña. San Isidro, Lince y Breña todavía no se habían urbanizado. Pero era mejor quedarse en casa, pues se temían disturbios. En Lima todavía estaban frescas en la memoria las huelgas y tumultuosas marchas de protesta que hicieron historia en las primeras décadas del siglo XX. No había colectivos, taxis ni ómnibus, pero no faltaba algún imprudente que quería aprovechar esa linda oportunidad. Valiente pretensión que por lo general le costaba “un ojo de la cara”, pues habían piquetes de trabajadores que cuidaban que ningún vehículo circulara en la ciudad. Cuando esto ocurría, le arrojaban tachuelas y adiós llantas. Esta costumbre se hizo tradicional, repito, hasta comienzos de la década de 1940.


Y qué hablar de las pulperías, de los “chinitos de la esquina”. Aquel día éstos no abrían sus puertas para nadie. Solo despachaban unas horas por una ventanita enrejada y luego de atender el pedido la cerraban rápidamente. En los mercados se atendía muy temprano. Las amas de casa tenían que madrugar para poder “parar la olla”. Las panaderías ni hablar; algunas paraban, a veces, dos días antes de la fecha del trabajador. En las tardes, y menos en la noche, no había donde comprar siquiera unos cigarrillos.


Con los cines ocurría lo mismo. Fue por esos años que se temía las concentraciones de gente. Y en esa suerte las horas transcurrían sin ningún atractivo, sin ningún espectáculo. En buena cuenta, era un día de tedio, de aburrimiento, que por momentos solo se rompía con la voz de la radio que por entonces propalaba incansablemente las alegres notas de “Que llueva, que llueva, la vieja está en la cueva...” o “Barrilito, barrilito cervecero...”
Eran tiempos difíciles, de lucha, en los cuales el trabajador buscaba afianzar sus conquistas sociales, laborales, que con el paso de los años se modernizaron al punto de convertirse en unas de las más avanzadas de América Latina. Conquistas, leyes que no siempre –lamentablemente– se cumplen.


En la década de 1950 esos temores del “chinito de la esquina”, de los dueños de las salas de cine y de los taxistas habían quedado atrás. Las encomendarías volvían atender como cualquier día del año y los cines programaban –como hasta hoy– funciones continuadas. Ese día, la ciudad cobraba aires de un día dominguero o, si se quiere, de fiesta.
En una fecha como hoy bien vale la pena recordar, aunque someramente, los 1 de mayo de esos años en que Lima era pequeña, acaso todavía conventual, pero más nuestra.

 

 

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