Avanzar en la distribución
Es fundamental dar énfasis no solo a programas sociales sino reemplazar la cultura del desprecio por una de solidaridad.
Como es de dominio público, nuestro país vive un momento de expansión económica con elevadas tasas de crecimiento del PBI, notable incremento de las exportaciones, y, equilibrio fiscal, todo esto ha sido posible gracias a una sana y prudente política económica. Esta situación ha sido observada y reconocida por analistas del exterior y por las empresas calificadoras de riesgo.
El Estado cuenta con reservas internacionales como jamás tuvo antes y esta situación de bonanza para el fisco ha hecho posible mantener en lo esencial los precios de los combustibles derivados del petróleo, a pesar de la disparada en los precios del crudo en el contexto mundial. Una situación de esta naturaleza tiende a repercutir en los sectores sociales más pobres debido al aumento del empleo y al incremento del gasto público en programas sociales. Sin embargo, tal como lo muestra la experiencia mundial, cuando se inicia un período de acelerado crecimiento económico –base indispensable para la acumulación de capital que conduce al desarrollo– la historia nos dice que las grandes mayorías pobres tardan décadas en empezar a percibir la mejora real de la economía en su experiencia vital. Es decir, existe una etapa histórica muy peligrosa –aquella que se inicia con el despegue de la economía y dura hasta que las mayorías se benefician con los frutos del crecimiento–. Esta etapa suele durar entre cuatro y ocho décadas y es en este momento cuando suelen producirse las grandes catástrofes políticas y sociales.
Nuestro país tiene características especiales que incrementan la complejidad de este momento histórico. La sociedad peruana aún no ha resuelto del todo el trauma del siglo XVI cuando los conquistadores subordinaron la civilización andina a la europea. La fractura sociocultural y sus consecuencias: exclusión, marginación y racismo todavía sobreviven y pueden mostrar un rostro sangriento.
A partir de estos hechos es que resulta indispensable no solo dar un especial énfasis a los programas sociales que alivien la suerte de los pobres, sino enfrentar la cultura del desprecio y fomentar una actitud cultural centrada en la solidaridad.
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