Democracia y libre expresión
Cuando el presidente Alan García ratificó ante los directivos de la Asociación Internacional de Radiodifusión el compromiso gubernamental de mantener el pleno respeto de la libertad de expresión, estaba enfatizando sobre uno de los pilares básicos de la democracia.
En efecto, la democracia moderna surge a partir de las ideas de los seguidores del pensamiento de la Ilustración: racionalismo, progreso, derechos de la persona, cuestionamiento a los privilegios aristocráticos y rechazo al abuso de poder.
En este contexto es que se afirma la libertad como derecho a pensar de modo diferente a los que ejercen el poder y, también, libertad para manifestar esas ideas distintas.
Una feliz coincidencia histórica fue que en el siglo XVIII aparecieron los primeros diarios, que estaban sometidos en los tiempos del absolutismo a una rígida censura. Las revoluciones americana y francesa establecieron la libre expresión, y los medios de comunicación fueron libres en todos los países donde triunfó el sistema democrático.
La historia de los siglos XIX y XX nos muestra que esa libertad –no obstante los excesos en que incurra la prensa libre– resulta mil veces preferible al control gubernamental de los medios de comunicación, porque el destino de una sociedad sin libre expresión es vivir en medio de “verdades oficiales” que enmascaran y distorsionan lo que realmente ocurre.
Los peruanos observamos durante los últimos años los excesos de algunos medios de comunicación debido al amarillismo, la interferencia en la vida privada, la calumnia o la difamación, muchas veces impunes. Pero estos excesos se prefieren a un periodismo digitado desde el poder o vendido a él, tal como ocurrió con importantes medios peruanos a lo largo de la década pasada.
En una sociedad donde los medios de comunicación tienen garantías para trabajar con libertad, el poder será fiscalizado, y ello significará un freno a los abusos que siempre tientan a quienes poseen poder. Si, como se desprende de la conocida sentencia de lord Acton: “El poder corrompe; el poder absoluto corrompe totalmente”, la forma de evitar la corrupción total es limitando el poder; uno de los mejores vehículos para lograrlo resulta una prensa libre y siempre vigilante.
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