RECUERDO DE UNA VIDA HONESTA
Don Ramón Castilla
Óscar Rodríguez Vargas. Periodista
Al honrar la memoria de don Ramón Castilla, evocamos toda una vida consagrada al servicio de la patria. El Gran Mariscal llevó al Perú por el camino del progreso, le dio como nadie grandeza y fuerza. Fue un lúcido estadista, un aguerrido militar.
Castilla se propuso unificar y fortalecer la peruanidad frente a los avatares propios de una República en ciernes. Según él, el Perú debía ser un país respetado y digno de respeto, y en perenne actitud de mejora.
Como mandatario, su desempeño no sólo estuvo marcado por un cabal respeto a la ley, sino también por un resguardo de los intereses de la Nación. El Estado peruano durante los gobiernos de Castilla, aunque a veces realizara actos autoritarios en situaciones de peligro o emergencia, no fue monolítico. Conservó la separación de los poderes Legislativo y Judicial.
Es elegido y asume la presidencia el 20 de abril de 1945. El país estaba agobiado por cuarenta años de guerras y revoluciones. Castilla, protagonista de esa realidad, se dedicó a organizar el Estado. Su gobierno significó el establecimiento de la paz, de la concordia y la prosperidad, por el buen manejo de los recursos financieros estatales.
La pulcritud en la administración de las riquezas que no eran suyas, en doce años de ejercicio gubernamental, despertó la admiración y consideración de sus más enconados detractores y ganó por tales virtudes autoridad entre los hombres y pueblos de su época.
Restableció y organizó las relaciones internacionales. Tuvo un papel descollante en las relaciones exteriores con América Latina y el resto del mundo. Por eso, después de su muerte, en varios países se erigieron bustos y estatuas a su memoria.
Cuando Castilla dejó por última vez el mando supremo, el Perú que recibe su sucesor es enteramente diferente del que encontrara en 1845. La nación anarquizada de antes se había transformado totalmente, hasta convertirse en la más adelantada y próspera de Sudamérica.
Vivió pobre y murió pobre. Servir al pueblo fue siempre su preocupación más entrañable, “la gloria y felicidad de la Nación”.
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