Moquegua
No se trata de reprimir abiertamente a la población que sale a las calles, a sangre y fuego. Nadie busca ni estimula masacres. Ningún gobierno democrático y de derecho lo haría. Se trata de aplicar las leyes en su justa medida, con todas las garantías jurisdiccionales. Esto porque el Estado democrático constitucional no puede abdicar de su legitimidad, de su ius puniendi, habida cuenta de que de hacerlo está cavando su propia tumba, se está haciendo el haraquiri, ya que no podrá, en adelante, mantener la paz y el orden social. Un precedente de perdón, de página volteada sería, definitivamente, el camino al suicidio.
Corresponde a todos los ciudadanos participar en la generación de una sociedad justa y democrática, defendiendo sus derechos y los de sus semejantes, respetando la ley y estando conscientes de que donde termina el derecho de uno, comienza el derecho del otro, y que cada uno de los derechos del hombre y del ciudadano acarrea un deber, una responsabilidad de la cual uno no puede substraerse. Así, el derecho de opinión y la libertad de expresión tienen como límite la responsabilidad por lo que se afirma o se niega o deja de denunciar. No olvidemos que se comete delito tanto por acción como por omisión.
Los verdaderos dirigentes y buenos líderes están en la obligación de enseñar al pueblo qué es lo que se puede hacer y lo que no se puede hacer. Esto es, se puede reclamar, se puede hacer huelga, paro de brazos caídos, etcétera. Ello está permitido y amparado por la ley, empero, tiene que hacerse pacíficamente, sin bloquear carreteras, avenidas y calles, asaltar y destruir edificios públicos y privados, y menos aún, secuestrar personas y autoridades en el cumplimiento de su función legal y constitucional.
Nosotros no somos fiscales ni juzgadores, por eso no señalamos responsables de los ilícitos cometidos; empero, el Ministerio Público tiene que cumplir con su función constitucional y debe denunciar a los presuntos delincuentes que incurrieron en esos delitos debidamente tipificados en el Código Penal. Asimismo, no desconocemos el justo derecho que tuvo el pueblo moqueguano para reclamar una equitativa distribución de los ingresos por el canon minero, pero sus dirigentes y líderes no supieron orientarlo. El pueblo se excedió, cometió delitos, por los cuales, sin duda, deben responder los conductores que empujaron o permitieron que los pobladores perpetraran tales desmanes.
En este contexto, es saludable que el pueblo tome conciencia para no repetir actos de violencia que empujan a más violencia. También es saludable que los ciudadanos que se han visto afectados por tales delitos denuncien ante el Ministerio Público a los presuntos autores de éstos.
Éste es el marco de un Estado democrático y social de derecho que exige sanción ejemplar para los responsables y que no da, de ninguna manera, paso a la impunidad.
FIGURAS DE GLORIA SE LUCIERON EN SUS TABLAS
El gran teatro de Lima
Noche de otoño y frío. La calle está poblada por un submundo de personajes, mendigos, orates y uno que otro retrasado transeúnte. Arriba, la Luna se viste de tapada limeña y nos guiña un ojo. La fachada del teatro Municipal luce grave y mustia como la hora, es más de medianoche, y voces que vienen del pasado se unen a las sombras fantasmales que surgen desde el incendiado estrado, por el sepultado foro, caminando por las deshechas galerías para sentarse en alguna butaca o palco inexistentes. Desde otros mundos, alguien arrastra una tramoya y risas de calaveras celebran alguna morcilla, de esas de las que era tan hábil nuestra gloria nacional bautizada como doña Ernestina Zamorano, y una claque de esqueletos aplaude.
Es noche, y una pléyade de actores resucitados se posesiona del teatro Municipal como antaño, como cuando fue inaugurado ese 14 de febrero de 1909 con una temporada de presentaciones de la compañía de la actriz española María Guerrero y su esposo Fernando Díaz de Mendoza. Este monumento de la Lima republicana estuvo ubicado en la calle del Teatro (hoy jirón Ica, cuadra tres), muy cerca de los teatros Principal y el Politeama, donde González Prada enterró con su discurso a los culpables de la derrota de 1879.
Su constructor, el arquitecto italiano Lattíni, la dotó de gran belleza estructural y una decoración interior de primera, complementada con obras de arte, esculturas, faroles, pinturas y una bella farola. La fachada de tres cuerpos fue concluida por el arquitecto Ricardo de la Jara Malakowsky; la obra mereció ser considerada como uno de los mejores teatros de Sudamérica, en donde se presentaron figuras de gloria como Margarita Xirgu, las bailaoras Imperio Argentina, Lola Flores y grandes compañías de zarzuela, que nos trajeron La rosa del azafrán, La Gran Vía, Doña Francisquita y tantas más; balletistas como Alicia Alonso y Maia Plisetskaya. En 1938, se puso en escena la monumental obra de Juan de Ávila De los invencibles hechos de Don Quijote de la Mancha, que tuvo gran éxito.
Otras compañías fueron las de Emilio Thuilier y Rosario Pino, Saggi Barba y Luisa Vela, de Tomás Borrás, la compañía Braccali, la ópera italiana con Hipólito Lázaro, las compañías teatrales de Carmela Quiroga, Antonia Mercé, Mimi Auguglia y, más recientemente, los geniales Gades y Joaquín Cortés. Todo esto en el pasado, pues ahora el teatro Municipal ha bajado el telón desde hace diez años y está haciendo mutis, quizá para siempre.
|