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opinion

Un aporte desde la prensa
Por un fondo nacional de cemento solidario

Óscar Vargas Romero
Past decano del Colegio de Periodistas de Lima


Cansados de ser siempre testigos de la noticia, éste es un aporte desde la prensa. Planteamos, con base en la experiencia que se consigna, para contribuir en la titánica tarea de reconstruir el sur devastado por el terremoto del 15 de agosto del año pasado, la creación del Fondo Nacional de Cemento Solidario (FNSC), que recusa fundamentalmente el modelo oficinesco, burocrático y, por lo tanto, estéril.
 Se trata de una herramienta que abre las puertas a la empresa privada, a la sociedad civil, sin exclusión alguna, y al Estado. Un trípode todoterreno, altamente productivo en la reconstrucción de viviendas para los pobres, dotado de un mecanismo que combate la corrupción y, a la vez, permite acceder a los beneficiarios de materiales solventes, durables y baratos. Es decir, un andamiaje que se sustenta no en la filantropía ni en la caridad, sino en la responsabilidad social y, principalmente, en la solidaridad que muchos empecinados, en esta era del egoísmo, seguimos enarbolando porque es un principio de defensa de la vida.



 Nuestra propuesta no se ha inspirado en un arresto utópico ni menos en una actitud proveniente de un grupo de mecenas. En la reciente historia de América Latina, desde un nuevo concepto de responsabilidad social empresarial (RSE), se han registrado hechos trascendentes en el desarrollo de soluciones habitacionales masivas a bajo costo. Inclusive, se han diseñado y ejecutado programas de vivienda de interés social con un doble objetivo: dar techo decente y, en esta dinámica, generar puestos de trabajo dignos.
Una tarea en la que activamente se comprometen la empresa privada productora, el gobierno regional, la municipalidad, la cooperativa, la escuela, el club de madres y hasta la parroquia. Todos los protagonistas, como si fuera una orquesta sinfónica, bajo la batuta magistral del Estado, llámese, en nuestro caso, Ministerio de Vivienda. La ejecución de una partitura con clave de transparencia y rendición de cuentas, a cargo de un exhaustivo control basado en redes ciudadanas de vigilancia.


Estas experiencias se encuentran en programas sociales fácilmente identificables de México, Venezuela, Colombia y Brasil. Una de las iniciativas de mayor impacto social ha sido y sigue siendo la que Cemex de México implementa en varios países vecinos. Se distingue por el éxito logrado por sus productos Cemento Solidario (CS) y Bloquetas Solidarias (BS), verdaderas maquinarias que con base en la capacitación comunal, utilizando la organización cooperativa, enseñan a la gente a manufacturar sus propios bloques para la construcción de sus casas, con maquinarias proporcionadas por el Estado y los insumos que la empresa privada ha colocado en el mercado local a precios solidarios. De esta manera, se elimina el concepto de la dádiva y se afianzan los valores de la propiedad y la libertad por el camino del ahorro y el esfuerzo comunitario.
 Aquí, en el Perú, hay ya un campo allanado para que hagamos realidad este proyecto. Se han puesto las primeras piedras. Son testigos presenciales de estos esfuerzos silenciosos, pero efectivos, el ministro de Vivienda y presidente del Forsur, Enrique Cornejo Ramírez, y el presidente del Congreso de la República, Luis Gonzales Posada.
Ambos conocen, en el terreno, cómo la organización sin fines de lucro ABC (Alianza para el Bien Común) junto a la Orden Menor de los Padres Capuchinos de San Francisco han construido cincuenta casas para pobladores de extrema pobreza en el distrito de Sunampe (Chincha), afectados por el terremoto, con la decisiva participación de Cementos Lima, a través de la Asociación Atocongo, su brazo armado de responsabilidad social corporativa.


Las casas de Sunampe, llamadas ahora “las casitas de la fe”, se construyeron a bajo precio, con mano de obra de los propios pobladores beneficiarios, el enlace responsable de la municipalidad local, la estrecha colaboración de los sacerdotes franciscanos, los insumos proporcionados a bajo precio por Cementos Lima y el aporte de la comunidad internacional que se tradujo en la dación de la tecnología a cargo de Servivienda, una institución social colombiana que en los últimos 30 años ha construido, con esta modalidad, cerca de 100 mil viviendas de interés social.
Esta experiencia sirvió para que, luego de un exhaustivo estudio, el Congreso de la República firme un convenio con ABC y Cementos Lima para la construcción de un lote de casas de interés social en la devastada Pisco.
Ojalá nuestro aporte tenga acogida. Mientras tanto, queremos asegurar, a plenitud, que los actores que aparecen en este artículo están dispuestos a enarbolar la bandera de la solidaridad.




aprovechando el vocabulario
Las metáforas de la comunicación en salud

Moraima Montibeller Ardiles.
Antropóloga



El lenguaje metafórico militar utilizado por el personal de salud es uno de los aspectos cruciales que traban la comunicación intercultural, dificulta la relación y la comunicación con el paciente porque no tenemos experiencia –gracias a Dios– en ataques aéreos, guerras e invasiones.
Esta forma metafórica del lenguaje no sería un problema en la descripción y curación de la enfermedad si no tuviera repercusión en la vida de niños y mujeres gestantes de las zonas rurales, que alcanzan los más altos índices de mortalidad en el Perú.
Sin duda, el aprovechamiento de dicho vocabulario ha sido de mucha utilidad en Europa para movilizar a las masas en las campañas curativas, cuyos fines se plasman en una derrota del “enemigo”.
La metáfora militar cobra auge a principios del siglo XX y permanece hasta la actualidad en todos los aspectos de la descripción de una situación médica. Se describe la enfermedad como una invasión y los esfuerzos por reducir la mortalidad se denominan guerra, lucha, destrucción, y a los medicamentos se les denomina armas.
En una época, era el médico quien libraba la guerra contra la enfermedad. Ahora, vemos que se compromete a la sociedad entera para luchar, no solamente contra las enfermedades, sino también contra la pobreza, la desnutrición, la corrupción y otras situaciones.


Como señalan los especialistas en el tema de comunicación en salud, este vocabulario sirve para describir una enfermedad, particularmente temida, como se teme al extranjero, al otro, al invasor. En muchas oportunidades, hemos sido testigos, en los centros de salud de nuestro país, de que se recrimina al paciente, señalando que el desconocimiento de algunas prácticas preventivas de salud son el producto de la “ignorancia e idiosincrasia de su cultura” y que, por tanto, ellos son culpables de sus males.
Específicamente, la percepción de la enfermedad en los pobladores quechuas y aimaras es considerada como una sanción puesta por las entidades debido a algún error o falta ocasionada de forma deliberada o no. La enfermedad se pone y se quita, y para el diagnóstico, el cuerpo tiene una apariencia visible y otra no visible. La curación es un proceso y se inicia “preguntando y consultando”, con un especialista “curandero” o sanador (hampi camayoc), quien mediante las hojas de coca, granos de maíz u otros instrumentos debe identificar el momento de inicio de la enfermedad, así como la falta cometida y la sanción impuesta; también, es necesario identificar a la entidad que la impone, para luego establecer una relación de reciprocidad e intercambio de servicios y bienes (pagapu o pago) para levantar la sanción o quitar la enfermedad.
El estado de equilibrio físico y de relación armónica con las divinidades, naturaleza y la sociedad es el estado de salud perfecta.


Como vemos, a la enfermedad no se le considera como un enemigo, y la curación involucra una serie de circunstancias psíquicas y físicas. No existe el concepto de hacer la guerra para destruir al enemigo o la enfermedad, paradójicamente se negocia con ella. Por tanto, utilizar metáforas militares, de guerras, ataques, destrucciones hace que surjan una serie de preguntas, entre las que se encuentran: ¿cómo se ejecutarán estos ataques destructivos? Más aún, los ataques se realizarán en el cuerpo del paciente y, por tanto, se atentará contra su vida. ¿Los medicamentos que utilizan los especialistas de la salud son las armas mortales que implican un peligro para quien los ingiere?
Información interesante sobre el tema encontramos en novelas como La enfermedad y sus metáforas, de Sontag S. Y deben existir muchísimos testimonios inéditos en los que la metáfora militar contribuye a estigmatizar ciertas enfermedades y, por ende, a quienes la padecen como sida, TBC y hasta qué punto la propia reputación de la enfermedad aumenta el sufrimiento de quienes la padecen.
No podríamos ser más creativos para establecer una comunicación intercultural en salud que permita una relación dialéctica y no una mera transferencia de información, como señala P. Freire: “Unos cerebros llenan a otros de contenidos que contradicen su propia forma de estar en el mundo”.



Acudimos al espíritu de servicio del personal de salud para buscar información sobre los conceptos de salud y enfermedad de las poblaciones con las que trabaja, digo esto, si realmente no las conoce, porque un gran porcentaje de los prestadores de los servicios de salud son peruanos de origen aimara, quechua y de otros grupos minoritarios de la Selva. Por tanto, la instrucción no puede desaparecer el conjunto de formas, costumbres, códigos y normas aprendidas dentro del grupo social.
La siguiente cita nos ayuda a entender mejor el tema:
“No hay culturas mejores ni peores. Evidentemente, cada cultura puede tener formas de pensar, sentir y actuar en las que determinados grupos se encuentren en una situación de discriminación. Pero si aceptamos que no hay una jerarquía entre las culturas, estaremos postulando el principio ético que considera que todas las culturas son igualmente dignas y merecedoras de respeto. Esto significa, también, que la única forma de comprender correctamente a las culturas es interpretar sus manifestaciones de acuerdo con sus propios criterios culturales. Aunque esto no debe suponer eliminar nuestro juicio crítico, pero sí que supone inicialmente dejarlo en suspenso hasta que no hayamos entendido la complejidad simbólica de muchas de las prácticas culturales. Se trata de intentar moderar un inevitable etnocentrismo que lleva a interpretar las prácticas culturales ajenas a partir de los criterios de la cultura de –la persona– interpretante” (Rodrigo Alsina).




¿Solución al déficit de viviendas?

Las “petrocasas” de la solidaridad

Ricardo Sánchez-Serra
Periodista, dirigente de la Prensa Extranjera



El Gobierno de Venezuela donó 100 casas, denominadas “petrocasas”, a los damnificados del terremoto de agosto de 2007, en Chincha Alta. Éstas se han construido en la bautizada urbanización Simón Bolívar, con el beneplácito de las 400 personas beneficiadas.
Ante el siniestro causado por el sismo, los enormes esfuerzos del Gobierno por reconstruir las zonas devastadas, esta ayuda venezolana, así como el apoyo de muchos gobiernos (como el de Argelia, que donó un millón de dólares, entre otros), son encomiables y hay que enfatizar su notable solidaridad.
Las “petrocasas”, que han resultado ser un invento de gran utilidad y que si bien ha sido inspirado en Brasil, Canadá, Austria y Alemania, fueron desarrolladas con un moderno sistema constructivo por la Corporación Petroquímica de Venezuela (Pequiven), tomando como base el policloruro de vinilo o PCV, un derivado del petróleo que no contiene gases tóxicos. Además, no es nocivo para la salud y el medio ambiente.


Estas viviendas –que tienen un bello aspecto– constan de tres dormitorios, baños, sala comedor y terraza, y poseen un aditivo de protección contra los rayos ultravioletas, además de ser sismorresistentes. Su principal ventaja son la durabilidad y comodidad. Es una solución al déficit de vivienda que atraviesa el país, el que está siendo enfrentado eficazmente por el presidente Alan García.
Otra de las ventajas es el ahorro de hasta el 50 por ciento de una casa convencional y la rápida construcción en ocho días con una cuadrilla de ocho personas. Con esta nueva tecnología se pueden edificar escuelas, hospitales y edificios de hasta cinco pisos de altura.
Las casas de Chincha han sido construidas por los propios pobladores bajo la dirección de los ingenieros de Pequiven. El costo de los 100 hogares se estima en un millón 400 mil dólares e incluido el flete, llevar el agua, desagüe y electricidad; en tota,l unos cuatro millones de dólares, abaratándose si la empresa venezolana instala una planta en el Perú. Lo práctico es que las construyen las mismas comunidades y pueden hacerse en pendientes y cerros, en Costa, Sierra y Selva.
Las “petrocasas” han sido construidas con éxito, además del Perú, en Santiago de Cuba, Cienfuegos, Carabobo, Barinas y en República Dominicana, entre otros, y próximamente se instalarán en Argentina.

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