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opinion

LUIS JAIME CISNEROS VIZQUERRA
Honor al maestro
Domingo Tamariz Lúcar
Periodista


El último sábado 27, en una emotiva ceremonia, el Club de Periodistas del Perú le confirió la Pluma de Plata al doctor Luis Jaime Cisneros, una de las voces más lúcidas y autorizadas del país. El acto se realizó en el Club Tacna ante numerosos periodistas y distinguidos discípulos del maestro.
Esta es la tercera Pluma de Plata que entrega la mencionada institución. Anteriormente la recibieron Alfonso Grados Bertorini, periodista emblemático de los años cincuenta, y Estuardo Núñez, padre de las letras peruanas, con ocasión de celebrar su efemérides centenaria.
Luis Jaime Cisneros es fundamentalmente un maestro; además de filólogo, lingüista y periodista, profesión que asumió al dirigir La Prensa y El Observador. Es asimismo, escritor –ha publicado más de una docena de libros–, articulista de bella prosa y autor de frases de antología, entre otros méritos que son ejemplos de una vida excepcional.
Correspondió al periodista Ismael Pinto dar lectura del texto preparado especialmente para la ocasión por el doctor Cisneros. Texto que en su introito decía así:
“Amigos míos: Sí he aceptado esta invitación no es porque me crea merecedor de homenaje ni de pluma de plata, sino porque aprendí desde mi antigua infancia que el periódico es el instrumento eficaz con que cuentan los pueblos para defender la verdad y la justicia, valores centrales en que se funda toda democracia”.
Fue un discurso breve pero enjundioso, en el que recordó a su padre, su vinculación con el periodismo, e hizo algunas precisiones de su paso por La Prensa.
Luego, al recibir la distinción, el maestro diría, con voz susurrante: esta Pluma de Plata significa la libertad para escribir con justicia y libertad.
Como periodista, seguí de cerca su trayectoria. Fue así como supe de su fugaz paso por la Democracia Cristiana, donde el día de la fundación del partido pronunció un discurso arrebatador. En esa coyuntura fue electo para ser candidato a una diputación, cosa que no aceptó, por razones que sería largo consignar.
Pero desde las aulas continuaría con su preocupación política. A propósito, me diría años más tarde, en una entrevista periodística: “Yo creo que Basadre le dio a mi generación una lección y una tarea de hacer del Perú una preocupación. La preocupación mejor del hombre –me decía– es el Perú, el Perú profundo, el Perú que fue. El Perú que viene, y sobre todo la conciencia de que sin esa preocupación el Perú no será nada”.
Es el hombre, el maestro, el intelectual, de gustos y costumbres, que poco o nada han cambiado desde entonces, salvo el vicio del cigarrillo –que lo llevó a consumir hasta dos cajetillas diarias–: toca piano, lee mucho, recita a Darío y no cambia por nada su vieja Remington, en la que traquetea horas de horas en medio de una biblioteca rebosante de libros. Quince mil libros se alinean en sus estantes. No sé si es la biblioteca particular más numerosa. Si no es así, por lo menos debe estar entre las cinco bibliotecas particulares más grandes del país.




EL CAPITALISMO ES EL CONTROL DEL TIEMPO

Tiempo (perdido) en el Leviatán

Javier Barreda
Viceministro de Promoción del Empleo y Capacitación Laboral


El tiempo es más que oro en la sociedad moderna. Como decía el historiador Thompson: “El capitalismo es el control del tiempo”. El tiempo vale más que cualquier recurso material, e incluso más que el dinero. Pero el tiempo, en la administración pública, vale mucho más. Es de hecho uno de los factores de mayor valía, porque es el tiempo dado en uso por los ciudadanos. ¿Cuánto tiempo se pierde en el Estado y cuáles son las consecuencias de esta pérdida para los objetivos de un Estado que tiene como responsabilidad satisfacer necesidades y demandas de los sectores más excluidos y vulnerables?
El mal uso del tiempo es uno de los más graves problemas que sufre la administración pública y esta pérdida se expresa en las diversas instancias de las más heterogéneas instituciones que existen en el Estado. Pero pocos han sumado y contabilizado el uso del tiempo perdido en la administración pública. En el Estado, existen más de 1 millón de empleados, funcionarios y servidores. Es cierto que los ingresos son distintos y las responsabilidades disímiles. Si un empleado que trabaja gana 1,300 nuevos soles al mes, le cuesta al Estado aproximadamente 15,600 nuevos soles al año. Pero no sólo ello, ese empleado genera un consumo de electricidad, agua, material de oficina, etc. Si aquel empleado no administra bien su propio tiempo, entonces las pérdidas para todos es mayor. El Estado es una estructura tan costosa como necesaria; pero siempre los recursos serán insuficientes y, por ello, el tiempo en el Estado es tan valioso y es clave darle un buen uso al mismo, ya que cada minuto perdido incide directamente sobre las expectativas y necesidades de miles de peruanos.
Pero, ¿cómo se pierde el tiempo en el Estado? :
1. Cuando la atención del público se hace tediosa y cuando lo administramos sin una organización eficiente y adecuada. Así, los sistemas de administración pierden impacto cuando no valoramos desde el Estado, desde los funcionarios, desde los responsables de las ventanillas de atención, a miles de ciudadanos y ciudadanas cuyo tiempo es muy reducido. No es extraño que el pedido o la solicitud pase por varias direcciones e instancias y que se acumulen tras otras solicitudes. Y aunque la recepción se hace efectiva, la respuesta se hace mucho más tardía.
2. Cuando tenemos direcciones u oficinas donde la rutina se ha apoderado de todo y el tiempo pasa y todos nos vamos sumergiendo en una lógica de no hacer nada o solamente lo mismo de ayer, esperando que todo se acabe, para hacer lo mismo al día siguiente. Lo hemos llamado el activismo por el activismo. En este punto, un responsable de área debería pensar qué hace individualmente cada uno de sus funcionarios, asesores, directores, analistas, monitores, evaluadores y consultores. Hacer lo mismo, por cumplir un plan operativo o un manual de funciones es lo que más afecta a la gestión pública. ¿Acaso no existen direcciones u oficinas que si se cierran no tienen mayor incidencia en la vida de los peruanos o de la marcha de su propio sector?
3. Cuando la pasividad le gana a la proactividad, los funcionarios de mayor responsabilidad no organizan su tiempo diario o semanal, de tal forma que su productividad es superada por una actitud pasiva, de letanía, de rutinización. Se hace lo que se sabe o se puede por inercia. Se pierde capacidad de responder a la demanda de los ciudadanos; no se innova. Se traslada a consultores todopoderosos que resolverán los problemas que los funcionarios no pueden abordar.
4. Cuando dejamos para después lo que puede hacerse en el momento más rápido. Es así que trabajamos como si fuera la gestión eterna y hubiese tiempo de sobra. Entonces, nos gana la idea de que "lo haremos después". O el "si eso siempre demora, entonces, para qué apurarse"; no reaccionamos ante lo urgente. Esto nos puede ocurrir a todos nosotros y "dejamos las cosas para mañana". "Esperamos que se amplíen los plazos", "si nadie ha reclamado, esperemos unos días", "encarguémosle a alguna dirección que nos haga un informe".
5. Cuando no nos ponemos en el lugar del otro (del ciudadano) y consideramos que las demandas de los actores sociales son postergables y optamos por el silencio, sin importarnos que existe una norma sobre el Silencio Administrativo y que parte del principio que el tiempo del ciudadano que interactúa con el Estado es prioritario. Debemos hacer el esfuerzo por respetar al ciudadano, por ponernos en su lugar, en el trajín, el tiempo, la expectativa del ciudadano de a pie, el pasaje gastado. No tomamos en cuenta el tiempo de aquel trabajador que pidió permiso o que será sujeto de un descuento al ir a nuestras oficinas por una orientación que no debe demorar más de lo debido.
6. Cuando los decisores en el Estado demoran por falta de confianza en los funcionarios, en las líneas o en las asesorías, y cuidamos en exceso nuestra responsabilidad para la toma de decisiones y dar resultados. Es así que nos excusamos en informes jurídicos, en la opinión técnica que no llega para no emitir resoluciones o transferir recursos o ejecutar obras. Se pierde, en los decisores, conciencia del tiempo social y tenemos la lógica del cuidarnos, del por si acaso espero "para ver qué pasa", el evitarnos procesos administrativos.
7. Cuando los tecnócratas consideran que los tiempos de la gente valen menos que el de los funcionarios. Eso ocurre con la demora de los informes que son claves para la transferencia de recursos, la disponibilidad de partidas, la calendarización de los recursos o la habilitación del marco presupuestal. Entonces, lo urgente es sumergido en una cadena interminable de informes bien escritos, de cifras y cuadros, pero que sólo argumentan cómo no hacer; explican lo obvio para no avanzar, para decirnos que no se puede. Se hace costumbre el demorar y, además, a algunos de ellos les da poder.
8. Cuando nos invaden los tiempos de algunas fuentes cooperantes o de instancias colocadoras de recursos reembolsables o no reembolsables. Entonces, los expertos visitantes nos contagian sus tiempos y presentan proyectos que podrían evaluarse y desembolsarse en el corto plazo y, no obstante ello, son parte de mesas interminables de negociación, de encuentros personales o teleconferencias, y puede ello tomarnos una rutina de meses y meses indeterminados. Algunos tiempos de la cooperación son excesivos; nunca llega la famosa "no objeción". Al fin y al cabo, estas instancias no están libres del virus de la rutina y de los largos tiempos.
9. Cuando nos gana el tiempo del consultor y no resolvemos temas claves en la gestión, a pesar de que tenemos equipos propios y personal especializado en los sectores. Es así que supeditamos acciones, reorganizaciones, reestructuraciones, modalidades de intervención, a los plazos del consultor. Entonces, si el consultor pide ampliación de plazos, esperaremos el nuevo plazo y atrasamos las decisiones. Y si la consultoría no sirve, se manda a que otro consultor la actualice y así sucesivamente...más tiempo hasta que alguien lo "valide".
No se ha evaluado sobre la productividad de cada uno de los empleados y funcionarios: y cuál es la mejor forma de calcular la inversión que hacemos todos los peruanos en cada de uno de estos trabajadores como elemento esencial para un Estado que esté en la capacidad de satisfacer las necesidades y expectativas de los peruanos.
Es necesario establecer indicadores de productividad precisos y en el tiempo, que vayan más allá de cumplir con los planes operativos de cada Sector, que tengan al buen uso del tiempo como elemento sustancial: gestiones realizadas, iniciativas expuestas, canalización de expectativas y cobertura a beneficiarios, acciones para el fortalecimiento institucional, iniciativas para la mejor organización del personal, documentos de gestión vinculados con las políticas del sector, diagnósticos novedosos, articulación de actores, problemas y demandas atendidas y resueltas, etc. Pero también es necesario funcionarios dispuestos a tomar decisiones sin temores.
Tras cada decisión no tomada, tras cada día de demora, en la espera de cada informe, se frustran expectativas, sueños, derechos, pensionistas sin derechos, niños bajo el friaje, recursos no ejecutados, medicina sin distribuir. El liderazgo que la gestión pública demanda es aquel que inculca en su personal creatividad, pero sobre todo el usar el tiempo adecuadamente, sin darle ventaja al "así nomás" o al "patéalo para adelante". La revolución del tiempo es el principal e impostergable cambio para lograr un Estado más cerca de la gente, y ello parte por revolucionar la conciencia de cada uno de los que deciden en la administración pública. Ahora es el momento, luego ya es tarde...

 

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