FIEL Y CENTENARIA DEVOCIÓN POPULAR
La Beatita de Humay
Como hace ya incontables años, el 21 de noviembre, los polvorientos caminos que van desde Pisco y otros pueblos de Ica hasta San Pedro de Humay volverán a llenarse de peregrinos al conmemorarse un año más de la muerte de la Beatita de Humay.
Personas de toda edad, solas o acompañadas, provenientes de lugares diversos, se dirigirán a ese lugar para alcanzar los favores de la beatita o para agradecerle los ya recibidos.
Nacida el 21 de junio de 1819, como Luisa de la Torre, los milagros que se le atribuyen son muchísimos, aunque de ellos no se tenga un registro cabal.
Se dice que devolvió la vista a una niña que nació ciega, que curó a innumerables enfermos, que era capaz de transportarse en espíritu adonde la necesitaban quienes la llamaban en sus oraciones y que era capaz de dar de comer a incontables personas, repitiendo así el milagro bíblico de la multiplicación de los panes y los peces.
Desde muy jóvenes, ella y su hermana melliza, de nombre Carmen, abrieron la casa que les dejaron sus padres, fallecidos a edad temprana, para la enseñanza de niños y adultos, para dar a las mujeres del pueblo diversos oficios, como la costura, el tejido o el bordado, y para hospedar a los viajeros que pasaban por el lugar y que necesitaban posada.
Cuentan sus devotos que las dotes sobrenaturales de Luisa se hicieron evidentes desde que era casi una niña, cuando, para atender a los necesitados y a los viajeros que tocaban su puerta, comenzó a usar una pequeña ollita de barro de la que, en forma inexplicable, sacaba una y otra vez grandes cantidades de alimentos.
Y cuentan también que, sin que nadie le enseñara, a lo largo de toda su vida Luisa usaba como único remedio diversas hierbas que crecían en su jardín para curar a los enfermos que la visitaban.
A pesar de los 140 años transcurridos desde su muerte, que su casa fue destruida durante la Guerra del Pacífico y que su cuerpo ha desaparecido, sus devotos le siguen atribuyendo milagros.
Muchos recuerdan que en el terremoto que asoló Pisco y pueblos cercanos hace más de dos años –y que dejó miles de muertos–, en Humay, casas e iglesia se cayeron, pero nadie perdió la vida.
Quizá, como muchos otros seres tocados por ese don especial que los hace amar y ayudar al prójimo con dedicación sin límites, a pesar de que las autoridades de la Iglesia han reconocido sus virtudes y la han beatificado, la Beatita de Humay nunca sea elevada a los altares. Para alcanzar su canonización es necesario que se presenten a la Iglesia pruebas de los milagros que le atribuyen sus devotos.
Las madres angustiadas, los humildes habitantes de Humay y los pueblos vecinos, los peregrinos que desde lugares muy lejanos llegan al lugar donde ella nació para rendirle homenaje quizá no tengan los medios para hacer un seguimiento de las gracias que dicen haber recibido.
El altar, sin embargo, estará en los corazones de todos ellos, como estuvo en los que desde hace cerca de dos siglos cultivaron su devoción.
Celinda Barreto Flores
Periodista,
docente universitaria
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