Lanzamiento. Música costeña
La jarana va a empezar (en tu minicomponente)
Presentan segundo volumen de la serie De familia
Disco rescata tradición de las familias Castillo y Terry
José Vadillo Vila
jvadillo@editoraperu.com.pe
1 “¡Oiga, los niños cantores del Cercado de Lima!”, grita un palomilla de ventana en medio de la “Serenata de Pierrot”, preciosista vals anónimo que Mario y Manolo Castillo cantan con “bobo”, como se dice, mientras las guitarras picarescas de Willy y Roberto Terry hacen de las suyas. Familia y barrio son núcleos primigenios de la sociedad y también de la música. Para que no quede duda de esta teoría sociomusical, heme aquí De familia: pureza de una tradición. Castillo-Terry, un producto para exportar la música nacional; un álbum que tercamente quiere decir, con hechos y palabras y punteos (de guitarra), que la buena música criolla no ha muerto, solo falta escarbar y dar cabida a las tradiciones familiares y a los centros musicales que aún perviven pese a las modernidades.
El disco en ciernes sigue la senda trazada por Sayariy Producciones en 2005, cuando editó el primer álbum de su serie De familia: pureza de una tradición. Valdelomar-Dávila y también lanzó La gran reunión: los guardianes de la música criolla. Dos golazos de media cancha que merecen estar en las casas de todos aquellos que se consideran a sí mismos “criollos” y/o desean ampliar su repertorio más allá de las canciones de Eva (Ayllón), Bartola y Lucía (de la Cruz), que son solo una orilla de ese vasto universo que es la música costeña, criolla o limeña, según el cristal con que se le mire.
2 Las comparaciones en este caso no son odiosas. El productor Fernando Urquiaga mantiene la alta calidad de los anteriores álbumes que sacó Sayariy. Y el cedé bien sirve para investigadores y nosotros, empíricos jaraneros, a fin de que lo degustemos de la mano de un buen pisco o un par de “rubias”, de acuerdo con el bolsillo y el “gustavo”, claro.
Para De familia. Castillo-Terry, Urquiaga se sumergió con ambos clanes por meses, investigando, ensayando, depurando el repertorio de valses y marineras limeñas, y buscando a los músicos adecuados para que también aportaran sin desentonar con el espíritu de la producción. Y ahí está el contrabajo del maestro Mariano Liy (que ya se merece un artículo aparte) y las castañuelas de Eduardo “Papeo” Abán, que parecen hablar por sí solas. Y el cuadernillo que acompaña la producción es impecable en calidad de fotos y cuidado de las letras de las canciones.
3 Hablar del compromiso de los Castillo con la música costeña es casi un asunto genético. En la producción participan los hermanos Manolo y Mario Castillo, voces duchas en las aguas y repertorio de la Guardia Vieja. Y como hablamos de un compromiso casi de ADN, el hijo de Manolo, Carlos. Este último Castillo también fue alumno aplicado de la escuela de Mario Cavagnaro y junto a Renzo Gil ya ha tributado homenaje al repertorio antiguo del criollismo con el disco Cantando a la historia (2008). Por ello, con justa razón se une a la mancha para la producción. A los Terry también les pasa lo mismo. No son sus gargantas sino sus manos las que han dado que hablar en el criollismo. La primera guitarra de Willy Terry ha cosechado aplausos y respeto en las arenas de la música costeña nacional. Y vaya que ha vivido y bebido de los mejores, tocando para Las Limeñitas, Los Troveros Criollos, Lucy Avilés y Eva Ayllón, en un largo etcétera.
Roberto Terry tiene otra mirada, más académica y cosmopolita, ya que es un incansable estudioso de las seis cuerdas y ha recibido clases con los mejores del mundo, lo cual alimenta su toque a favor de la música peruana. A ellos se suma el cajón de José Roberto Terry, hijo de Willy. Colofón: Roberto y Willy no son puro punteo, también cantan, si no escúchelos en contrapunteo con los Castillo en el “Canto de jarana”, que une marineras, resbalosas y fugas. Si creían que la música criolla estaba muriendo, aquí los primeros auxilios con calidad, buen sonido y gusto de una colección que con solo dos volúmenes da cátedra de música criolla, costeña, limeña o peruana, según el (número de) vaso en que se le vea y aunque sea con guitarra prestada, como dicen. Música A-1, señores.
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