Edición 100
23 de enero, 2006


ISSN: 1817-2423
 Director: Gerardo Barraza Soto    Editor: Giancarlo Stagnaro
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Los traumas del novelista
El pez en el agua, las memorias de Mario Vargas Llosa, suscitó un intercambio polémico ocurrido hace más de diez años, cuando apareció por primera vez. En esta ocasión, con su republicación, planteamos una aproximación diferente a partir del proyecto narrativo y político del propio Vargas Llosa.

            Reconstruir la memoria a través de la ficción ha sido una constante en la obra narrativa de Mario Vargas Llosa (Arequipa, 1936). Esta concepción autobiográfica, presente en los mejores textos ficcionales del autor de La ciudad y los perros (1963), primera novela del escritor, se mantiene en las mejores producciones literarias del reconocido autor arequipeño, con excepción de La guerra del fin del mundo (1981). Muchos de los pasajes expuestos, en el corpus discursivo de La casa verde (1966), Los cachorros (1967), Conversación en La Catedral (1969), La tía Julia y el escribidor (1977) y la primera novela, ya mencionada, se explican en el convencimiento de Vargas Llosa “de irme alejando insensiblemente de los temas intemporales y cosmopolitas (...) hacia otros, más realistas, en los que de manera deliberada aprovechara mis recuerdos” (321).
Al igual que La tía Julia y el escribidor, La fiesta del Chivo (2000) y El paraíso en la otra esquina (2003), El pez en el agua (1993), libro de memorias del laureado escritor peruano, está construido a partir de dos marcos temporales disímiles, aunque ligados por un eje espacial común: la representación del propio autor, operación discursiva que depende ora de la nostalgia, ora de frustraciones políticas y psicológicas. Este recurso narrativo tendría su origen en la apasionada admiración del escritor hacia el estadounidense William Faulkner. Su lectura de Las palmeras salvajes (1940), novela en la que dos planos espacio-temporales confluyen en un punto común, cobra una amplísima dimensión estética y le aportará esta ágil estructura novelesca.
Los capítulos impares remiten a la apacible infancia y tormentosa adolescencia del escritor hasta su primer viaje a París, el cual –de acuerdo con sus propias palabras– recién podría inscribirlo como parte de una auténtica comunidad literaria. Por otro lado, en los capítulos pares se inspeccionan las hazañas políticas de Mario Vargas Llosa, en su intención de acceder a la primera administración nacional: la Presidencia de la República. Ambos ejes coinciden en una experiencia traumática por superar: el terror ante el poder absoluto y despótico del padre que sólo se superará, por un lado, con el refugio novelesco y el éxito literario; y, por otro, el rechazo a los regímenes dictatoriales a través de la conquista política por la vía democrática.

Mundos de ficción

La presencia de un progenitor autoritario, Ernesto J. Vargas, determinó la necesidad de producir mundos alternativos, donde los personajes tratasen de enmendar, sin conseguirlo, espacios atiborrados de exclusión y tiranía. Desde las primeras líneas del texto en mención se advierte la bipolaridad paraíso/infierno, que rodea a la relación materna/paterna, como un complejo adánico en tanto aniquilación de la infancia. Si bien la relación del autor con su lado materno, los Llosa, sugiere una imagen grata y sensible, su condición aristocrática y allegada a la elite criolla se percibe como su único vínculo con el espacio cultural peruano. Esta adopción de los estamentos privilegiados repercutirá en su percepción respecto de los otros sujetos que transitan en el nuevo espacio sociocultural peruano: “sub-hombres” que deben supervivir en un estado agraviante y visceral. La posición colonialista que adopta el narrador en la ficción vargasllosiana determina un Yo dominante que “des-ciudadaniza” a sus personajes, como lo hiciera la voz del conquistador en las crónicas indianas. Esta indigencia social encarna la visión civilizadora del proyecto intelectual del autor: el bárbaro americano debe adoptar la instrucción occidental para conquistar su “ciudadanía”.
El rechazo a la reivindicación étnica y las sociedades multiculturales en un mismo Estado –por parte de Vargas Llosa– se explicaría por su descubrimiento en el colegio militar Leoncio Prado, donde había “muchachos de la selva y de la sierra, de todos los departamentos, razas y estratos económicos” (117), espacio virulento y terrorífico para un “autodefinido” chico bien. No se trata exclusivamente de un animosidad para con el régimen castrense, sino, por el contrario, se prefiere eludir una realidad diferente, llena de contrastes, con sujetos y sociedades heterogéneas. Para la representación del espacio ficcional, nuestro novelista se apropia de espacios y tiempos reconocibles, propios de los discursos criollo y andino. No obstante, el discurso indigenista aparecía, para el autor, como “una caricatura provinciana y demagógica de lo que debía ser una buena novela” (327).
Vargas Llosa antepone las técnicas narrativas occidentales como único modelo estético para caracterizar armónicamente a los sujetos propios de un espacio natural. La dicotomía civilización/barbarie se expresa ampliamente en la percepción que el autor de Los cachorros encontró en la representación escritural arguediana respecto al sujeto andino. Los códigos culturales que pretendían insertar al sujeto indígena en el sistema literario contemporáneo resultaron insólitos ante la mirada del más reconocido escritor peruano. Mario Vargas Llosa advertía la necesidad de examinar campos interdisciplinarios para incluir mundos ficcionales como el de Todas las sangres en la reciente producción narrativa peruana. En este sentido, La utopía arcaica (1996) revelaría la infalibilidad analítico-interpretativa del autor en estudio y su oposición a reconocer otras producciones culturales.
En El pez en el agua, el oficio intelectual y literario limeño constituye la adhesión a la mediocridad y el desencanto de quienes intentaban el prestigio y los réditos de una fastuosa obra literaria; en consecuencia, Vargas Llosa no duda en presentarse como predestinado a rectificar las funestas empresas discursivas, emprendidas por autores anteriores o contemporáneos a él. En efecto, Luis Loayza, Eleodoro Vargas Vicuña, José María Arguedas, Sebastián Salazar Bondy, Enrique Congrains y, aun, Pablo Macera y Raúl Porras Barrenechea ostentan una endeble y desigual producción intelectual, distinta a la periódica y “asombrosa” narrativa del escritor refugiado en Europa. Más aún, las diatribas lanzadas contra quienes operaban interpretaciones analíticas contrarias a las que esperaba de sus producciones narrativas constituyen modelos arbitrarios, y poco democráticos, de quien jamás reconoció a la comunidad letrada peruana. Julio Ortega y Antonio Cornejo Polar optaron por reconocer la hibridización discursiva y la interacción cultural, propia de las naciones colonizadas que aspiraban abandonar el eurocentrismo. La colonialidad del discurso literario -rehusado por los autores agraviados- representaba la tan ansiada utopía moderna, expuesta por Vargas Llosa, en su condición de productor del sistema-mundo letrado.

Vuelco en la escritura

Aunque en La tía Julia y el escribidor se había proyectado un relato autobiográfico que anticipaba un posible libro de memorias, la derrota política del novelista exitoso es aprovechada para descargar todas las experiencias traumáticas del autor. El convencimiento de un único modelo de nación para el Perú será el punto de partida para entender la fallida decodificación de los problemas internos del Perú; de esta manera, Vargas Llosa asume un único patrón político-económico para enmendar las dificultades legales y administrativas de las distintas naciones congregadas en un solo Estado. Esta evidencia, equivocada desde el comienzo de su campaña, tendría su origen en su resistencia a involucrarse en la evidente transculturalidad de las manifestaciones sociales peruanas. El modelo económico tenía como paradigmas a los países del Sudeste asiático, Japón y Chile. Singapur, por ejemplo, “una sociedad multirracial -blancos, chinos, malayos, hindúes-, de lenguas, tradicionales, costumbres y religiones distintas” (292), establecida en un minúsculo recodo geográfico, con un altísimo desarrollo económico, los obligaba a colonizarse e “ignorar las prácticas de los actores sociales” [1] de los otrora sujetos colonizados. La unidireccionalidad económica, sugerido por el líder del Fredemo, aspiraba a transnacionalizar las prácticas económico-tecnológicas de Occidente.
De hecho, la Comisión Investigadora de los Sucesos de Uchuraccay (1983), presidida por nuestro autor, prescindió de un detallado informe que esclareciera las responsabilidades de la hecatombe. Por el contrario, al “enorme riesgo del trabajo periodístico, que hacía difícil la documentación sobre lo que estaba ocurriendo, se añadió muy pronto la constatación de que los organismos del Estado que tenían la autoridad constitucional para investigar los crímenes no se encontraban a la altura de lo que exigía su misión” [2]. Birger Angvik [3] sugiere que a partir de El pez en el agua habría una ruptura con el Perú en tanto afirmación de un espacio por incorporar: la presencia de un país marginal, que se hará visible en Lituma en los Andes (1993), novela en que se pretende reproducir la horrenda incursión senderista en Ayacucho, donde la construcción de una nación artificial altera el discurso de la violencia política.
El diálogo vargasllosiano con dos sectores políticos antagónicos: su militancia en el socialismo, durante su juventud, y su defensa acérrima de la propuesta neoliberal, en la adultez, revelaría su oposición al repulsivo recuerdo del padre autoritario, reflejado en los regímenes de turno. La estrecha afinidad entre el sistema odriísta y la política norteamericana significó su adhesión al movimiento Cahuide, con el propósito de cesar la presencia introspectiva del padre, distante de la ideología marxista, para, después, convergir en las teorías ultraconservadoras, tras el ascenso del régimen socialista de Juan Velasco Alvarado y la posterior caída del pensamiento socialista en 1990.
El parricidio de Sebastián Salazar Bondy, ejercido por Vargas Llosa, quien “parecía representar a ratos toda la vida cultural del Perú” (381), no permitiría la continuidad de su propuesta narrativa, por cuanto ella misma contiene un período del ámbito intelectual peruano. La ruptura de los cánones literarios asienta una tradición que legitima los aportes renovadores de la narrativa peruana, que no emana ni concluye con el autor de Conversación en La Catedral, sino, contrariamente, autoriza su propia aniquilación frente a las generaciones iconoclastas. Con la publicación de La ciudad y los perros no sólo emergió un extraordinario narrador peruano, antes bien, se dio a conocer otros modelos discursivos, distintos a los propuestos por su autor, que reflejaban acertadamente la interrelación cultural desde la perspectiva urbana.
Con la presente reedición de El pez en el agua se intenta reunir la extensa obra narrativa y metatextual de Mario Vargas Llosa. Como se sugería en La utopía arcaica, la producción más desigual en un autor puede ofrecer mayores pautas para la inserción analítica de toda su obra; en las confesiones del galardonado escritor se ratifica esta premisa exegética para proporcionar las incompatibles categorías mentales con que construye su autorrepresentación escritural. Los resultados de los comicios del 10 de junio de 1990 significaron el fatídico regreso del progenitor autoritario. ¿Contuvo la escritura a los demonios del pasado? La respuesta es más que obvia.


> Johnny Zevallos

 

La posición colonialista que adopta el narrador en la ficción vargasllosiana determina un Yo dominante que
“des-ciudadaniza” a sus personajes, como lo hiciera la voz del conquistador en las crónicas indianas.


Notas

[1] Daniel Mato. “Des-fetichizar la ‘globalización’”. Ramón Pajuelo y Pablo Sandoval (compiladores). Globalización y diversidad cultural. Una mirada desde América Latina. Lima: Instituto de Estudios Peruanos, 2004: 154.

[2] Cfr. “Introducción”. Comisión de la Verdad y Reconciliación. Informe final. 9 tomos (www.cverdad.org.pe/ifinal)

[3] Birger Angvik. La narración como exorcismo. Mario Vargas Llosa, obras (1963-2003). Lima: Fondo de Cultura Económica, 2004.