¿Cómo y en qué contexto surge la idea de hacer identidades?
–Al igual que ha ocurrido con todas las empresas culturales en el Perú, el origen de identidades respondió a iniciativas personales. El entonces director de El Peruano, Hugo Garavito, quería darle un toque diferente al diario, proponerlo como un modelo (la historia juzgará) contra el amarillismo en que había caído la prensa durante la década de Alberto Fujimori. Yo pensaba en un suplemento peruanista, una propuesta de periodismo cultural inexistente entonces, pero necesaria después de un decenio en que más que valores perdidos (que mucha gente hoy lamenta con cinismo) se presentaba un escenario donde el elemento histórico, la memoria había sido sistemáticamente distorsionada por ese abrazo suicida al neoliberalismo económico y la estupidez que fue el fujimorismo. En otras palabras, el suplemento intentó responder a los retos que proponía una sociedad dopada, como audazmente ha denominado a esta época el escritor Santiago Roncagliolo (identidades 67).
¿Cuáles fueron los retos principales de este suplemento, si consideramos que sería hecho por un diario del Estado?
–El primer problema de un suplemento cultural es la idea que se tiene del lector, es decir, la manera en que se entiende la lectura. En un contexto periodístico tipo esta idea se desprende de un conjunto de estrategias de marketing que, con el pretexto de informar acerca del nivel de lectoría, opera como una camisa de fuerza sobre los contenidos. En el fondo, se trata de un mecanismo de control social que de una manera higiénica evita la existencia de espacios de reflexión, de cuestionamiento del poder, que no sólo es el gobierno de turno, sino todo el sistema (el grupo dirigente).
En nuestro país, desde la fundación de la República, que en lo estructural es la continuidad de la Colonia, la falta de dichos espacios multiplica las brechas de desigualdad y discriminación entre peruanos no sólo en términos económicos, sino también desde una perspectiva racista y de género. En este contexto, elaborar un suplemento desde el Estado supone tender un puente sobre esas brechas históricas entre los peruanos y, en nuestra perspectiva, pensamos que la mejor manera para hacerlo era tematizando o, en todo caso, interrogando las causas de estos problemas.
No obstante, el trabajo por dotar de conciencia es sutil y está representado de manera inmejorable en la producción cultural, que no se reduce a las llamadas artes cultas, sino que integra de manera indisoluble a todo eso que se ha denominado lo popular. Lo fundamental es opinar sobre nuestros procesos y eso fue lo que diferenció a identidades desde su primer número. En consecuencia, la idea que definió nuestra línea editorial fue que el lector no sólo lee lo que puede (lo cual problematiza bastante las metodologías de análisis de lectoría). Lo esencial fue reconocer (también de manera autobiográfica) que el acto de la lectura transforma al que lee.
Labor editorial
¿Cómo se seleccionaban los temas y de qué forma se definió la línea de identidades?
–No hay camino, se hace camino al andar: identidades estuvo marcada por las ondulaciones de lo actual, ondulaciones que también fueron fisuras. Existieron sí algunas líneas generales: la idea de representación, bajo la tematización de algunos de nuestros problemas históricos; una noción dinámica de la lectura que no asumía como débiles mentales a los lectores; y un tratamiento bastante minucioso del significante. Es decir, el suplemento como objeto fue una prioridad: buena diagramación, coherencia entre lo visual y lo verbal, tipografía que no obstaculice la lectura, el uso de los espacios en blanco como lugares de descanso, que son también apropiados para la meditación. En cuanto a los contenidos, muchas ediciones fueron temáticas, pero esto no ocurrió premeditadamente: fue en general después de recibir algún artículo interesante que comencé la búsqueda de otros textos que exploraran el mismo tema desde ángulos distintos.
Se le dio énfasis al lado académico y ello marcó en cierto modo el “rostro” del suplemento en los primeros números. ¿Esto fue fácil o difícil de articular?
–No diría académico, me parece más preciso decir ensayístico; identidades devino desde su inicio en un espacio para el ensayo, género que más historia ha hecho en América Latina. En términos negativos, no podemos ignorar la exterminación de poblaciones indígenas en Argentina, inexplicable sin el clima ideológico que influenció el trabajo de Domingo Faustino Sarmiento; desde una perspectiva más positiva y cercana, la tradición crítica que inició Manuel González Prada explica muchos logros sociales ocurridos en el Perú del siglo XX. Pero como estos logros se revelan insuficientes, debemos insistir en el potencial de cambio que se manifiesta en el ensayo.
De hecho, la observación sobre el “rostro” académico de identidades encierra una confusión que conviene aclarar: muchos de los colaboradores del suplemento fueron y son profesores universitarios, y en una buena cantidad del sistema universitario norteamericano. Pero si uno lee algunos de sus artículos publicados notará la distancia entre esta escritura y la denominada académica. Lo que pasa es que mucha gente habla de textos académicos sin siquiera conocer sus características formales.
¿Por qué el sistema estadounidense?
–Esta pregunta tiene varios lados y dudo poder responder de manera justa. Iré por partes. Hay una razón pragmática que explica el hecho de que un segmento importante del estudio sobre América Latina se haga en Estados Unidos: es un sistema con recursos y supone una suerte de exilio económico para nuestros investigadores. Ahora bien, este exilio no es sólo económico; quiero decir que si el Estado peruano garantizara mejores condiciones para la investigación y la enseñanza, el sistema norteamericano no tendría la movilidad que hoy posee. En realidad, la falta de atención al sistema educativo de nuestros países puede verse como una estrategia que ha permitido consolidarse al poder excluyente y opresor que conocemos no sólo desde hace décadas, sino siglos. No ofrecer condiciones para la crítica histórica y cultural es una manera sutil, pero acaso por ello más efectiva, de callar voces disconformes y heterodoxas sobre las decisiones que se toman (entre gallos, como dice la metáfora política) y que afectan, con frecuencia negativamente, a las mayorías empobrecidas del país.
Junto a una amplia gama de colaboradores del extranjero, también escribió gente muy joven...
–Es cierto: es nuestro caso y el de varias decenas de jóvenes que incluso publicaron por primera vez en identidades. De hecho, alguien, en un exceso de malicia, asoció este hecho con Trampolín a la Fama. Pero el criterio de publicación fue sobre todo textual y ensayístico, que, aparte del trabajo de expresión en que se formula, se basa en la exploración de una idea. Así, los trabajos de los jóvenes acompañaron decorosamente el de ensayistas reconocidos internacionalmente como Julio Ortega, Walter Mignolo, Mabel Moraña y Eugenio Trías, entre otros. El suplemento se convirtió en un lugar de encuentro, de diálogo entre distintas generaciones. Esto habla de producción y reflexión sobre la cultura, sobre todo viva, que expresa la movilidad de un país joven como el Perú.
Globalización peruanista
¿No te parece paradójica una propuesta peruanista en un contexto de globalización?
–Puede parecer una tendencia contra la corriente. Pero el peruanismo que presentamos en identidades es internacional, porque sabemos que nuestra historia no es un capítulo intrascendente del horizonte mundial; al contrario, la manera en que se ha constituido nuestra historia y cultura es una versión de una historia mundial marcada por el intento europeo de invisibilizar su importancia. También podríamos decir eso de Estados Unidos, pero con más reservas, pues para nadie es un secreto que en la actualidad buena parte de nuestra economía se mueve gracias a las remesas que miles de peruanos envían a los suyos desde ese país. Así, la historia no pasa por la afirmación de una pertenencia a alguna nacionalidad o a algún intento continental, sino por la coexistencia de amplios sectores que se sienten históricamente marginados y que son conscientes, en cada remesa, del lugar excluido de origen. En el futuro, esta situación generará algunos cambios que no podemos identificar todavía, aunque sí concebir.
En ese camino aparecieron números sobre América Latina. ¿Hay implícita una propuesta latinoamericanista?
–Al concebir el peruanismo en un contexto de diversas dinámicas internacionales, donde también los administradores de transnacionales aparecen como administradores nacionales, era imposible no situar nuestro trabajo en un escenario mundial. En ese sentido podemos decir que en los últimos años vimos la formación de bloques (Unión Europea, Sudeste Asiático) de interés económico-político y el éxito que han tenido; mientras América Latina se muestra siempre en convulsión política interna y con inexistentes vasos comunicantes entre sus sociedades, a no ser por las declaraciones diplomáticas, que son discursivas.
Más que afirmar lugares comunes acerca de nuestra herencia, en nuestros días una propuesta latinoamericanista se revela pragmática a partir de constatar que, en un escenario de bloques, la atomización de nuestros países es más que contraproducente. En términos de difusión cultural, esta situación obliga a llamar la atención, más que en las semejanzas culturales, en las potencialidades y la reflexión sobre la actualidad de estos países. Las ediciones sobre México, Brasil, Argentina, Chile y Venezuela mostraron la inquietud que sobre el futuro recorren sus producciones culturales.
Periodismo y contexto culturales
¿Qué ha cambiado de los contextos culturales entre 2002 y 2006?
–La reflexión sobre la política afecta directamente a la producción cultural. Entre marzo de 2002, en que apareció el primer número de identidades, y 2006, en que celebramos sus cien primeros números, la inquietud cultural sobre lo político ha cedido, diluyéndose el interés o dirigiéndose hacia la indiferencia. Al inicio de 2002, la producción cultural estuvo marcada por la idea de triunfo democrático, de posibilidad de renovación que implicó el entrante gobierno de Alejandro Toledo. El escenario artístico estuvo determinado por experiencias recientes de intervención en las calles, lavados de la Bandera, etcétera. Durante los siguientes años vimos cómo el sistema ha aplastado los intentos de cambio del actual Gobierno. En el caso de Montesinos –y ahora en el de Fujimori– está clara la displicencia con que el sistema juega, pacta, negocia impunidad a la vista de todos.
Más fatal que la exhibición de los “vladivideos” es la afirmación de la impunidad: la constatación de que en el Perú existen diferentes estándares entre la gente. En la cultura, esta atmósfera aún no ha sido expresada, pero el silencio es sintomático. Lo realmente subversivo que encierra la cultura es la posibilidad de cambio, de creación, que conlleva cada nueva producción. En ese sentido, estoy seguro de que habrá sorpresas.
Por último, ¿qué aporte ofrece identidades al periodismo cultural?
–Un modelo. Desde lo fundamental: hacernos la pregunta de por qué cultura difundir (en el Perú esto es muy significativo) hasta tener muy clara la diferencia entre producción e industria cultural. En lo primero, optamos por el comentario ensayístico, no sólo de las producciones de alta cultura, sino el análisis de las diversas lógicas que alimentan la llamada cultura popular. En el segundo punto, fue vital para identidades no caer en el juego de la industria cultural, diferenciar sus agendas, la construcción de acontecimientos que con la complicidad de muchos medios se construyen hoy para mañana reemplazarlos con propuestas igual de efímeras, pero siempre rentables. En función de lo que nos interesaba, se hizo ediciones memorables para el periodismo cultural peruano: desde la puesta en escena de temas tan caros a nuestra historia como el racismo y la marginalidad, hasta números de lo más novedosos sobre las representaciones andinas, el patrimonio industrial, el espacio urbano, la crítica literaria y cultural escrita con seriedad y sin oscuridad.
Este último punto me recuerda, para entrar en un tema coyuntural, la frecuencia con que muchos de nuestros más conocidos actores culturales han ninguneado nuestro espacio diciendo que en el Perú no existe crítica. identidades deja –y espero que continúe en esa dirección– uno de los espacios de crítica más interesantes del país. Además, tiene una ventaja: el nivel de lectoría en el interior del Perú, a partir de Internet, o de fotocopias que se reparten en los colegios y universidades, nos habla de un buen camino recorrido en este trabajo por la memoria, puesto que dotar de memoria es ofrecer la posibilidad de pensar.
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