Edición 100
23 de enero, 2006


ISSN: 1817-2423
 Director: Gerardo Barraza Soto    Editor: Giancarlo Stagnaro
 > precisiones
UNA EXPANSIÓN URBANA DIFUSA
Lima y la globalización
Por las celebraciones de un nuevo aniversario de la fundación de Lima, es necesario un balance de la urbanización promovida por el modelo neoliberal en las décadas anteriores, a fin de enfrentar con mejores intenciones las precariedades de esta urbe global en el siglo XXI.

            El 28 de diciembre de 1835, a casi 15 años de lograda la independencia del Perú, el bandolero León Escobar invadió el centro de Lima y se hizo del sillón presidencial por unos días, sin problema alguno. Lima era tierra de nadie. Una ciudad deslegitimada como tal en medio de una catastrófica situación económica y material. El mundo urbano peruano era una referencia casi prescindible: vivir en el campo significaba acaso lo mismo que vivir en la ciudad. El campamento de la hacienda costera Casa Grande, un enclave alemán azucarero de fines del siglo XIX, con la cosmopolita arquitectura de Luis G. Albrecht o el falansterio andino de Clorinda Matto de Turner, seguramente tenía más de vida urbana que cualquier otra ciudad peruana. Pequeños enclaves globalizados.
            La ciudad y el mundo urbano como focos de atracción poblacional y espectáculo fascinante, para propios y extraños, resultan entre los peruanos unas invenciones del último cuarto del siglo XIX. La dupla formada por Luis Sada y Enrique Meiggs, con la ayuda de los presidentes José Balta y Nicolás de Piérola, dotados ambos de una excepcional sensibilidad urbanística, inventaron el mito de las luces y la ciudad: derribaron murallas, construyeron el Palacio de la Exposición, crearon el primer parque urbano y mistificaron la suburbia frente a un asfixiante centro urbano. Lima podía ser un pedazo del París de Haussmann. Pero se trataba más de una ciudad escenográfica que real. Había ciudad sin ciudad. Por ello, en medio de cierto desenfado cosmopolita, alimentado por las pestilencias del negocio guanero de mediados del siglo XIX, la capital seguía siendo, hasta mediados del siglo XX, una especie de hortus clausus, casi una ciudad-barrio de apellidos conocidos, cuyos límites terminaban donde lo hacían las crónicas de Ricardo Palma y José Gálvez.
            A casi 150 años de esta primera imagen republicana de Lima, la capital peruana se ha transformado –como se suele calificar en el Perú– en una auténtica metrópoli chicha [1]. Y hoy, con sus cerca de 8 millones de habitantes, experimenta una acelerada transformación de sus estructuras, cuyas causas distan mucho hoy de las preocupaciones de la primera república por instalar un orden compatible con preocupaciones estéticas y morales, dispuestas en la oposición civilización-barbarie. Hoy, lo que se necesita más bien es desenredar el orden que encarna una nueva realidad dominada por la aceleración de los cambios, los síntomas de la ingobernabilidad, la expansión urbana difusa, la emergencia de los no lugares o la aparición de nuevas formas de escisión social y cultural. Es la Lima de los tiempos de globalización neoliberal.

Escenarios excluyentes

La ciudad (y, obviamente, Lima) se ha convertido en uno de los escenarios casi excluyentes que sirven para ponderar o validar la magnitud del actual proceso globalizador. A más fortalecimiento de las entidades urbanas y menor vigencia de los Estados-nación, casi podría augurarse un mayor grado de articulación de un país con la economía global. Ante la aparentemente inexorable disolución o cuestionamiento de los Estados-nación a causa del peso creciente que va adquiriendo el funcionamiento de las corporaciones transnacionales, las ciudades adquieren cada vez más mayor importancia y peso estratégico como nodos de concentración e irradiación de las redes globales. La desterritorialización de los espacios de acumulación de la riqueza y la necesidad de concentración de servicios globales contribuyen igualmente en esta dirección: el fortalecimiento creciente de las entidades urbanas sobre territorios delimitados por una idea cada vez más difusa de Estado-nación. Una posmoderna Edad Media tardocapitalista.
            En un sentido general, no existe hoy ciudad grande o pequeña que no se encuentre inmersa en la lógica de globalización. Incluso en el acto de oponerse a tal lógica se admite su presencia no certificada. La globalización –como todo proceso de internacionalización de relaciones regido por la expansión del poder global– no pide permiso: ingresa sin mediaciones por cualquier intersticio urbano. Sin embargo, en un sentido específico, no resulta tan sencillo afirmar de manera concluyente qué ciudad (o ciudades) registran las señales de aquello que hoy se conoce como Global City.
            Junto a la idea postulada por Saskia Sassen sobre la ciudad global como espacio que concentra no sólo un conjunto vasto de empresas o firmas líderes de la new economy y las actividades de intercambio que se producen entre ellas y el mundo, sino también específicamente aquellas funciones e instituciones corporativas de comando (o control) de la economía mundial [2]; también existen planteamientos como el de Peter Hall, que concibe una ciudad global como un fenómeno histórico que experimenta una existencia compleja en el tiempo que reconoce, entre otros fenómenos, la desaparición del sector manufacturero, el crecimiento del sector del procesamiento de la información y la preeminencia del sector terciario avanzado [3]. A esta idea, Doreen Massey incorpora la dimensión de las relaciones entre lo global y local como construcción social e histórica de la ciudad global [4]. Esta perspectiva pone en cuestión la idea de una ciudad global unitaria, abstracta y concebida bajo una sola forma de existencia. Manuel Castells, en cambio, propone su visión desde el funcionamiento de las redes y flujos de información como producto del modo informacional de desarrollo (tecnológica y organizativa) y la reestructuración del capitalismo [5].
            Todas estas nociones aluden a una especie de definición taxativa de ciudad global, que reduce su dominio de referencia a un conjunto restrictivo de circunstancias y atributos no generalizables. John Friedmann propone, como otros, una doble acepción. Una primera: ciudad global se debe considerar a toda aquella que posee un rol determinado en el comando de la economía mundial, además de una serie de otros atributos. Y la segunda: toda ciudad es global cuando participa del sistema global [6].

Urbanización defectiva

            ¿Cómo entender esta Lima de inicios del siglo XXI que se globaliza posiblemente a pesar de ella misma? ¿Cómo estudiarla en medio de un país de urbanización defectiva e institucionalidad precaria? ¿Cómo entender el centralismo limeño en medio de un débil y poco legitimado Estado-nación? ¿Es posible hablar de transformaciones urbanas producidas por el impacto de redes globales en un imaginario antiurbano?
            En menos de 50 años, el Perú se ha convertido –al menos de manera estadística– en un país urbano casi con los mismos índices que registran hoy Francia o Alemania, sin ser obviamente como estas naciones. Si en 1940 el 73.1% y el 26.9% de la población eran rural y urbana, respectivamente, estos porcentajes empezarían a invertirse cuando en 1961 se comprobó que la población rural había disminuido al 59.9%. Los cambios han sido profundos. Hoy, a inicios del siglo XXI, la tercera parte de la población se concentra en Lima y más de la mitad habita en la Costa (72.6% de peruanos viven en la ciudad y 29.4% en zonas rurales). Hace cincuenta años, el Perú era un país serrano-rural. Hoy es un país urbano-costeño, con todo lo que ello significa en términos sociales, económicos, culturales y ambientales.
            Lima, según cálculos del INEI, cuenta con una población estimada en siete millones 775 mil habitantes [7], mientras que su área bordea los casi tres mil kilómetros cuadrados. Si bien los índices de pobreza y de extrema pobreza en Lima son menores a ese 49.8% de pobreza registrado en el ámbito nacional, los porcentajes para la capital peruana son significativos: 23.3% de pobreza y 3.0% de pobreza extrema [8]. Según estudios del INEI, en 1996 el 35% de la población de Lima habitaba en barriadas. Si a esta cifra se añade aquel 4% de la población que reside en el área central en condiciones de tugurización y deterioro físico, casi el 40% de la población de Lima habita una ciudad informal y casi miserable. En esta Lima, el 48% del total de unidades de vivienda estaba construida con los típicos materiales de la precariedad: adobe, quincha, esteras, techos de calamina, caña u hojas de palmeras y otros materiales inadecuados. Asimismo, del total de unidades de vivienda existentes, el 40% de éstas carecía de servicios de agua, el 42% de redes de desagüe, el 23% de electricidad y el 3.9% de todos los servicios.
            Este marco de referencias sirve de escenario al desarrollo de una Lima que en los noventa aplicaría un programa de reordenamiento neoliberal de la economía, la desregulación del Estado y la apertura a las redes globales. Sin embargo, éste no es un programa de reordenamiento que tuviera una versión en términos de ciudad, más allá de la privatización de algunos servicios urbanos básicos. La Lima de los noventa es una ciudad que construye de manera informal y espontánea sus dimensiones de globalización. No es el producto de un modelo previamente elaborado con miras a hacerla funcional al nuevo orden de la economía global. Ni mucho menos orientar su transformación con el objetivo de dotarle un rol estratégico en la red mundial de ciudades que comanda procesos y servicios de carácter internacional. Tampoco se le habría ocurrido a alguien –en medio de las prioridades de la mafia Fujimori-Montesinos– pensar en Lima como espacio de localización de centros de alto nivel de innovación o servicios avanzados para el sector informacional y otros atributos de una ciudad global paradigmática.
            Lima no es una ciudad global en el sentido de aquella clase de ciudad, centro o punto nodal al que le corresponde algún rol de comando en el desenvolvimiento de la economía mundial. Pero sí lo es en el sentido de lo que Friedmann denomina como una clase de ciudad que de una u otra forma se encuentra integrada al sistema mundial.

Fenómenos comunes

            Lima ha experimentado en sentido análogo los mismos fenómenos que se produjeron en otras metrópolis sujetas a procesos de reordenamiento neoliberal. Algunas evidencias: Lima registra hoy la casi total desaparición de su base industrial a costa de la expansión precarizada del sector de bienes y servicios. Se ha producido una nueva dinámica de relaciones entre la economía formal e informal y aparecen nuevas centralidades alternativas al centro histórico. Experimenta un proceso de progresiva desterritorialización de algunas actividades productivas, lo que ha generado un incremento notable de movilidad económica y poblacional. La liberalización del negocio inmobiliario y las necesidades de expansión excluyente de la elite social limeña ha replanteado la tradicional y controlada oposición entre ciudad compacta y ciudad difusa, a través de nuevas y más radicales formas de exclusión socioespacial. Con todo ello, este proceso defectivo de inserción global de Lima ha supuesto la aparición de nuevos personajes y grupos sociales, y se ha desarrollado una cultura de la diversidad que transforma aceleradamente la vida de los limeños.
            Miriam Chion, quien aborda el caso de Lima a partir del estudio de la convergencia de redes globales y locales, sostiene que este fenómeno, aparte de desencadenar cambios en los procesos industriales y en las relaciones entre trabajadores e inversionistas, ha “contribuido a desdibujar las fronteras entre las economías formal e informal y a incrementar la diversidad social en los espacios de producción y consumo, al mismo tiempo que ha acentuado la segregación de las áreas residenciales” [9].
            Algunas señales del paisaje urbano limeño encarnan de modo visible los síntomas de la Lima neoliberal de los noventa. Son éstas –como gloria elusiva o tragedia urbana– las evidencias de los cambios. Al nacimiento de un nuevo barrio financiero en el exclusivo distrito de San Isidro le correspondería la decadencia y desaparición del corredor industrial de la avenida Argentina. A la urbanización descontrolada de los balnearios del sur por parte de la elite social le correspondería la acelerada degradación de muchas áreas de la ciudad consolidada. Con el nacimiento de grandes shopping o centros comerciales se produjo una expansión de los campos feriales informales. En este contexto, la calle urbana como espacio público empieza a desaparecer para ser reemplazada por una extensa red de autopistas que acentúan la segregación.
            La Lima de la reestructuración neoliberal y articulación global –como otras ciudades latinoamericanas que experimentaron un proceso similar– empezó primero con tímidos cambios de piel hasta revelar modificaciones substanciales en su estructura interna. Aquí los cambios se dirigen desde el mundo elusivo de las apariencias hacia el mundo interior de las estructuras. Surgen primero las escenografías efímeras exaltando el consumo por el consumo mismo. Y luego continúa el segundo gran cambio de piel: aparecen los megaproyectos y la ciudad se privatiza bajo el enorme impacto de inversiones que “mueven” la ciudad (o sus partes) en función de los nuevos intereses económicos y sociales. El final de este ciclo ya muchos lo conocen y padecen. Los ejemplos de la Buenos Aires en crisis y la Lima de Fujimori son un extraordinario retrato.


> Wiley Ludeña Urquizo
Arquitecto y urbanista. director de la revista ur[b]es

 




[1] La palabra chicha designa la bebida alcohólica de maíz fermentado. Desde hace más de dos décadas, el término se ha convertido en una auténtica categoría cultural para designar a toda manifestación en la que se encuentra una fusión o mezcla de manifestaciones de diversa procedencia social, étnica y geográfica; y en los que están presentes componentes de la cultura andina y urbana moderna. Hay música chicha, moda chicha, arquitectura chicha y otras extensiones. Hoy existen –para hacer una analogía con los conceptos de “alto Kitsch” y “bajo Kitsch” de Abraham Moles– una “baja chicha” y una “alta chicha”. Insurge esta última como metalenguaje crítico de la propia chicha. En todo caso, la sensibilidad chicha es el modo más o menos consciente de producir y experimentar la condición posmoderna en el Perú.
[2] Saskia Sassen: The Global City. New York, London, Tokyo. Princeton University Press, New Jersey, 1991.
[3] Peter Hall: The World Cities. St. Martin’s Press., New York, 1984. “Cities and Regions in a Global Economy”. En: Hall, P., Guzman, R. de, Madduma Bandara, C.M., Kato, A. (ed.): Multilateral Cooperation for Development in the Twenty-First Century: Training and Research for Regional Development, United Nations Centre for Regional Development, Nagoya, 1993.
[4] Doreen Massey: Space, Place and Gender. Polity Press, Cambridge, 1994.
[5] Manuel Castells: La ciudad informacional. Alianza Editorial, Madrid, 1995.
[6] John Friedmann: “Futuros de la ciudad global. El rol de las políticas urbanas y regionales en la región Asia-Pacífico”, en EURE, Pontificia Universidad Católica de Chile-IEUAD, Santiago de Chile, diciembre 1997, Vol. XXIII, Nº 70, pp. 39-57.
[7] L. Guillén; L. Scipion: Tendencias del crecimiento urbano de Lima Metropolitana al año 2015. INEI-INADUR, Lima, 1997.
[8] INEI: Censo Nacional de Hogares. IV Trimestre. INEI, Lima, 2002.
[9] Miriam Chion: Reconfiguración de instituciones y espacios locales en el contexto de redes globales. Lima metropolitana de los años 90. Seminario Internacional sobre Reconfiguración de Instituciones y Espacios Locales, Colombia, agosto 2000. Para la autora, la convergencia de estas redes obedecen a aquellos factores que autores como Castells reseñan en: 1) la expansión de redes globales especializadas; 2) la creciente movilidad de capital, información y población a través de estas redes; y 3) la participación de actores locales en los nodos metropolitanos donde estas redes se interceptan.