Miguel Ángel Vallejo
Los cinco poemas de este poemario fluyen desde una voz enunciativa testimonial, que cuenta historia familiares sin exceso de figuras retóricas, concatenadas en orden cronológico. En los primeros poemas apreciamos a sus parientes en Huaraz a finales del siglo XIX como miembros de la antigua oligarquía provinciana, habitantes de “La Casa Grande”. Al migrar a Lima se ven forzados a cambiar su estatus y sus tradiciones hasta que su linaje desaparece: “Los Hinostroza de Huaraz nos hemos pues fundido / En el ancho río de la Clase Media. / (...) / El apacible Huaraz de mis abuelos / Desapareció con sus antiguos fastos / Sus fundos, sus casonas, sus saraos / sus añosas familias, sus costumbres” (27). En estos poemas largos la narración es ágil y la descripción es global, con gran cantidad de personajes (mayor extensión). Somos testigos de la transformación cultural producto de la migración.
La historia va cerrándose en los siguientes poemas. Pasamos ya a Lima, a los padres de la voz enunciativa. Está la familia materna, limeña de callejón, donde su madre está atrapada en una “Casa Chica” como amante de un empresario pobre. También vemos una copla al padre poeta, loco y vagabundo que acaba en la miseria enterrado en una fosa común. Estos textos breves describen meticulosamente historias con pocos personajes, y llega a una mayor intensidad vista sobre todo en el poema final, “Con el sol en los órganos”, que cierra la historia con una reflexión de la voz enunciativa sobre la muerte, frente al orgullo del pasado en una momia moche y la tecnología futurista que podría reconstruirla con la clonación.
Un detalle que salta a la vista es la voz enunciativa del texto, que por su historia es fácil de confundir con el Hinostroza real. Esto produce en el lector un efecto distinto por ser Hinostroza una figura reconocida, pero el texto no llega a ser autobiográfico. Es literario por su remática (como diría Genette, por la forma en la cual está presentado, y el discurso de la historia). Así, el autor real desaparece y se convierte en la voz enunciativa por el texto en sí.
El otro, el mismo
Memorial de Casa Grande es de un Hinostroza diferente. Antes habíamos visto la influencia de la poesía británica desde Consejero del lobo (1965) y la búsqueda de un nuevo discurso. Como dijo Mario Montalbetti [1], en los primeros poemarios se construye un lenguaje nuevo donde no hay sujetos con predicados, sino eventos. El lector debía entonces completar la significación del poema. Lejos de esta experimentación, y en lenguaje convencional, este tercer libro lo deja absorto como el oyente de una confidencia. Otro cambio son los referentes culturales. De lo clásico en las anteriores entregas tenemos ahora elementos entre lo culto y lo popular. Por ejemplo, cuando se refiere al pasado glorioso en Huaraz, dice: “Acto seguido Augusto sacrificó a Lucía / (Como Agamenón a Ifigenia en Áulide)” (32). En cambio, al tratar las costumbres de la mesocracia limeña de la década de 1920: “Las damas chillaban afuera asidas a largas cadenas / En el mar hundidas, en unas tenidas de baño atrevidas / Y con unos gorritos estampados. Bof” (20). Incluso habla en jerga cuando se refiere a su familia criolla: “Mi madre Gloria era / La chica linda del Callejón del Buque, / De Bajoelpuente, en el jirón Trujillo, manyas primo” (38). En el nivel de la historia, vemos cómo la familia huaracina, amante del bel canto, llega a Lima para bailar al ritmo de Celia Cruz. De la majestuosa Casa Grande de Huaraz al padre poeta perdido entre los despojos de una ciudad caótica.
A pesar de las transformaciones y diferencias, se produce un sincretismo de elementos a través de la voz enunciativa, porque es descendiente de este linaje. Y es que continúa la búsqueda intimista de los anteriores poemarios, de lo general a lo particular y viceversa. Asistimos a la transformación de una estirpe, y a partir de ella, concluimos en una reflexión universal vista en “Con el sol en los órganos”. En ella quedan rotas las diferencias entre lo culto y lo popular, lo rural y lo urbano, hacendados y clasemedieros, todos unidos en el dinámico flujo de la vida que siempre triunfa: “La vida siempre es más: sus estrategias / Son más inteligentes que la muerte / Que sólo sabe hacer de diferencias polvo” (51).
Recomendable entrega de un autor que ha transformado su poética, pero al cual la encontramos invariable en el diálogo cultural que busca desde su literatura, desde la gastronomía y, aunque no debamos confundir al autor real con la voz enunciativa, desde él mismo.
El lenguaje de los afectos
Giancarlo Stagnaro
Dos recientes libros de poesía, correspondientes a escritoras y compañeras de ruta que inscribieron sus primeras obras en la década de 1980, acaban de aparecer casi simultáneamente: por un lado, Rocío Silva Santisteban rompe el silencio poético de casi una década con la aparición de Turbulencia; y Mariela Dreyfus, desde Nueva York, lo hace con Pez, luego de cuatro años de la aparición de su último poemario.
Turbulencia, en cierto modo, prolonga las referencias del anterior poemario de Silva Santisteban, Condenado amor (1996). Del tono rítmico y ondulante de los poemas, impregnados de un lenguaje directo, se desprende una intensa exploración por los vericuetos de los sentimientos y de cómo éstos afectan la corporalidad.
Los poemas son registros confesionales de la intimidad del deseo romántico, en el que buscar la comunión con el otro se ha vuelto el imperativo primordial (“Íbamos a repetir la palabra siempre / Íbamos a ser tan felices que íbamos a reventar. // Ahora ven amor, despacio a mi lado, y vamos a comenzar de verdad.”)
Asimismo, la música, el cine e incluso la tecnología (las declaraciones de amor por mensajes de texto, por ejemplo) siguen funcionando como asideros del sujeto poético frente a las relaciones infructuosas. El desfile intertextual alcanza su cenit en “Mátame con tu canción”. U2, Café Tacuba y Roberta Flack adquieren la categoría de soundtrack vital capaz de definir el valor de una experiencia.
Turbulencia también dialoga con la propia tradición literaria, como en el caso del bien logrado soneto “esdrújulas” (15) y, sobre todo, en el poema “¿Toda mujer adora a un fascista?”, en el que una cita de la poeta estadounidense Sylvia Plath motiva un intenso devaneo sobre la condición femenina frente “al gesto autoritario”: ¿Por qué termino bajo las suelas si tengo dignidad? / ¿Toda mujer adora a un fascista?”. Sin embargo, el sacrificio de algunas de ellas (como la propia Plath), obliga a “someterse a la calma de la razón / y entender que no es necesaria la bota negra en la cara para odiar / O perdonar”. Ante la irracionalidad de la agresión física, la poeta responde con calma y serenidad.
Destacan en el conjunto dos poemas que, aunque no tan cercanos a la vertiente erótica, conmueven por su fuerza y sinceridad. En primer lugar, “Larga marcha a través de la noche”, un arte poética sobre el oficio de escribir y el insomnio; y luego, “La dama de la muerte”, testimonio sobre la agonía de un padre desde la perspectiva de la hija.
En suma, Turbulencia es un poemario sobre las dificultades de ser feliz a causa de los desencuentros afectivos propios de la naturaleza humana. El poema que da nombre al libro y “the end” dan cuenta precisamente de esta paradoja que es el desamor y, a la vez, la génesis de la poesía propiamente dicha.
Filos de la maternidad
Pez, de Mariela Dreyfus, por otra parte, nos sumerge en los vericuetos del misterio de la maternidad. Conmovida aún por los acontecimientos del 11 de setiembre de 2001, Dreyfus compara, con un registro ampliamente narrativo, los cambios corporales con la irrupción de un nuevo ser en un mundo inconstante. En realidad, Pez es el extenso relato de la concepción, la gestación y el alumbramiento. De la unidad biológica madre-embrión de un solo cuerpo –así como la madre se encuentra en la ciudad– se pasa a la dualidad dialéctica madre-hijo de dos cuerpos aislados pero unidos por el vínculo filial. La mayor parte del poemario se dedica a describir ese mundo intrauterino donde todas las necesidades son satisfechas y sólo existe el amor incondicional: “Vadeas esa oleada de voces abriéndose a la tarde / y plácido te mueves en mi mar íntimo y tibio” (23).
La matriz es recreada como un mundo marino, donde habita el pez, y cómo éste, en su progresión, se va acoplando al cuerpo que lo acoge. La madre es el punto de contacto entre el exterior –la ciudad– y el interior. Al momento del nacimiento, el estupor es comparable con la destrucción que padece la ciudad: “Las piernas de la ciudad eran dos torres su centro una colmena repleta de gente moviéndose como te mueves tú que nadas en mi río” (41) . Revelado el nacimiento del pez, se convierte ahora en un ser humano dispuesto a dar sus primeros pasos “por el río de la muerte”, inverso al río de la matriz. El poemario muestra el aprendizaje de lo humano, el caos y la desesperación, pero también de la esperanza: “Pez que en silencio encarna y se aposenta infinito y minúsculo milagro río de cromosomas anudado por el azar el tiempo y la memoria / Eres porque te sueño y te acaricio te imagino y moldeo y en ti nazco” (46).
Después de casi diez años de silencio poético, Eduardo Lores La Rosa regresa con un libro de corte lúdico. Tema recurrente en sus más de setenta páginas es el mar, la playa y el ambiente de solaz que se genera a su alrededor. Con tono nostálgico se alude a lugares que van desde la sureña playa de Bujama, el café Haití o el cañón del Colca hasta París y el bohemio distrito de Barranco.
También se encuentran en Manía algunos poemas dedicados a temas diversos como la muerte, el idioma y la literatura, pero que no explora con mayor holgura. Acompaña a la edición una serie de dibujos del propio autor que grafican varios de los versos.
Eduardo Lores La Rosa ha publicado anteriormente Aspettando (Florencia, 1978) y Cuello de azafrán (Campodónico, Lima, 1996). Tiene en su haber varias exposiciones en galerías nacionales y del extranjero. Actualmente se desempeña como catedrático de comunicaciones de la PUCP.
Présago
Editorial Santo Oficio publica un nuevo poemario de Romy Sordómez (Lima, 1982). Anteriormente, esta autora dio a conocer Vacas negras en la noche (Sarita Cartonera) y la plaqueta Vuelta alrededor del parque.
La obra está constituida por cuatro poemas de regular aliento en los que la historia de un condenado al cadalso sirve de telón de fondo para hablar de la culpa, la muerte y otros temas. En especial se cuestiona en Présago a la institución de la famila.
La poeta integró el colectivo Sociedad Elefante, de extracción sanmarquina y que estuvo en actividad en los primeros años de esta década. De él también formaron parte Miguel Ángel Sanz Chung, José Agustín Haya de la Torre y Diego Alonso Sánchez, entre otros noveles.
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