Eugenio Chang-Rodríguez
Crítico literario y lingüista. Su último libro es Entre dos fuegos. Reminiscencias de las Américas y Asia.
El mensaje publicitario de la próxima edición en México de un nuevo libro sobre el exitoso Carlos Castaneda (Castaneda, no Castañeda), escrito por el periodista argentino Leonardo Tarifeño, actualiza la conjetura de que el enigmático escritor era en realidad un exiliado cajamarquino en Norteamérica. Ese anuncio me brinda la oportunidad de ofrecer una hipótesis sobre la verdadera identidad del autor de Las enseñanzas de Don Juan (1968) y su secuela de nueve obras, vendidas por centenares de miles de copias en diecisiete idiomas.
Al ocuparnos de este legendario escritor, varios participantes en la reciente Feria Internacional del Libro de Guadalajara recordamos que en 1947 los diarios limeños informaron cómo Óscar Castañeda Bocanegra, estudiante sobresaliente del último año de un colegio secundario del Callao, ganó el concurso de oratoria para asistir, junto con 19 otros jóvenes representantes de países latinoamericanos, al Segundo Foro Internacional del diario neoyorquino Herald Tribune, por realizarse en la Gran Manzana ese año. Por su inteligencia y destacada participación en esa cita interamericana, sus admiradores neoyorquinos le ayudaron a Óscar a sufragar sus estudios en ciencias sociales en la Universidad de Columbia, donde lo conocí y trabamos estrecha amistad.
Cuando en 1948 las consecuencias político-económicas del golpe de Estado del general Manuel A. Odría desbarataron el proyecto universitario del joven chalaco, éste se consoló participando en varios eventos culturales. Entonces polemizó con Ciro Alegría en el diario neoyorquino La Prensa, a la vez que intentaba resolver sus dificultades con el Departamento de Inmigración norteamericano (la Migra). Lamentablemente, sus problemas con la Migra, por una supuesta violación de sus leyes, culminaron en la deportación de Óscar a México, ya que la latinoamericanista Frances R. Grant, amiga de José Carlos Mariátegui, impidió que lo deportaran al Perú, donde entonces comenzaba el ominoso ochenio.
Iniciación en la frontera
En la capital mexicana, Óscar se relacionó con escritores latinoamericanos deportados, especialmente con Manuel Mejía Valera –el Borges peruano, autor de Lienzo de sueños–, con Gustavo Valcárcel –conocido por la novela La prisión– y con Raúl Roa, futuro canciller de Cuba. Después de estudiar y trabajar en México una década, el joven chalaco repentinamente dejó de comunicarse con sus familiares del Perú y se desvinculó de sus amigos cercanos. Conjeturo que la drástica resolución inició en mi amigo chalaco una misteriosa etapa de vida con el nombre de Carlos Castaneda, con “n”, sin la tilde.
Si se hilvanan los pocos datos biográficos filtrados en sus escritos y conversaciones, se sabe algo más de que el célebre personaje estudió antropología en la Universidad de California, recinto de Los Ángeles (UCLA). En 1960 conoció a don Juan Matus, un chamán yaqui de cabellera blanca. Ocurrió cuando el meticuloso universitario se encontraba en una estación de autobuses Greyhound de Nogales (Arizona) listo para retornar a Los Ángeles, cumplida una etapa de las investigaciones para su tesis doctoral sobre las plantas medicinales usadas por los amerindios de Arizona. Allá, y en reuniones posteriores, el hechicero le mostró a Castaneda cómo controlar las condiciones psicológicas del poder cognoscitivo que nos permite percibir el mundo circundante; le aseguró que los seres humanos estamos condicionados a defendernos inconscientemente, empleando todas nuestras energías. En este proceso no nos damos cuenta de nuestras relaciones con los demás ni sospechamos cuán egoístas somos, atrincherados en nuestro búnker personal. Como primer paso para zafarnos de estas amarras, don Juan recomendó que cesemos de sólo recibir, y nos dediquemos a amar al prójimo sin pedir nada en retorno. El chamán le aconsejó a Carlos que dejara de sentirse importante y se librara de las amarras de la vida cotidiana. Para adquirir el auténtico conocimiento –le advirtió– necesitaba: 1) Vencer el temor. 2) Lograr claridad de pensamiento. 3) Usar sagaz y generosamente el poder. 4) Aceptar su edad.
En sus largas conversaciones con el inquisitivo universitario, el hechicero, dotado de poderes sobrenaturales, le desbarató sus esquemas preconcebidos sobre la “realidad” y le proporcionó las armas dialécticas para su tesis doctoral y libros; le dio las enseñanzas que desconciertan a los lectores y les alteran la conciencia, iniciándolos en un mundo alucinante, a la vez que los adentra en una realidad mágica, hiperreal.
En Las enseñanzas de Don Juan. Una forma yaqui de conocimiento –prologada años después por Octavio Paz y Walter Goldschmidt (2000)–, Carlos Castaneda cuenta sus aventuras farmacológicas y espirituales. Hace lo mismo en Una realidad aparte: nuevas conversaciones con Don Juan (1971), Viaje a Ixtlán y su secuela (Relatos de poder, Las lecciones de don Juan) y otros tres libros más: narra con claridad ejemplar su periplo espiritual. En las estaciones de este proceso cuasi místico, el autor explica cómo vio insectos gigantescos y aprendió a volar sin ayuda externa alguna. Por estas experiencias misteriosas con el cactus, sus admiradores consideran su búsqueda psíquica semejante a la realizada por Aldous Huxley (1864-1963) en Las puertas de la percepción (1954).
Sin embargo, el obsesivo interés de Carlos Castaneda en el anonimato absoluto, el rechazo de las entrevistas, la negativa a dejarse fotografiar o que le grabaran la voz –pese a su enorme prestigio internacional– engendraron numerosas historias, conjeturas e hipótesis sobre su vida y milagros; en tanto, sus libros siguieron vendiéndose, aun después de pasado el interés en el tipo de espiritualidad que ofrecen. Además, en Los Ángeles y en el Distrito Federal de México, el enigmático escritor lanzó un nuevo mensaje impartido por medio de seminarios sobre ciertos movimientos llamados “pasos mágicos”, desarrollados por chamanes indios del México antes de la conquista española. Los seminarios enseñaban a los discípulos a percibir la energía pura presente en millones de campos llenos de filamentos luminosos que rompen las cadenas del conocimiento normal. Lo hacían mediante una mezcla de meditación y ejercicios físicos conducentes a la despersonalización que traspasa la conciencia ordinaria. Como los chamanes, Castaneda enseñaba que los seres humanos pueden percibir energía directamente tal y como fluye en el universo, asegurándoles, como lo hacía don Juan, que cualquier ser humano es capaz de interrumpir, por un momento, su sistema de interpretación de los datos sensorios. Nuestro mítico autor aseguraba que convertir el flujo de energía en datos sensorios crea un diverso sistema de interpretación de nuestro universo cotidiano.
Misterio real
El misterioso Castaneda ofreció la realidad mágica, superior a la de otros relatos antropológicos sobre el mismo tema, esgrimiendo una prosa dirigida al público en general, pero con ocasionales toques académicos. Su ingeniosa narración descansa en un brillante lenguaje prosaico, saturado de certeros análisis psicológicos de situaciones y personajes. Sus textos acercaron a muchos lectores al mundo del peyote y los hongos, y ampliaron su capacidad para percibir al mundo desde una perspectiva mágica. Los admirables, controversiales y polémicos libros suyos mezclan la antropología, el chamanismo y el realismo mágico.
En 1998, encontrándose embarcado en ofrecer una nueva visión del mundo, Carlos Castaneda falleció víctima del cáncer en su domicilio en un exclusivo barrio residencial de Los Ángeles, rodeado de un pequeño grupo de celosos discípulos, que en los años finales de su vida lo habían aislado y alejado tanto de su hijo adoptivo como de Margaret Runyan Castaneda, la esposa de quien había intentado divorciarse en México. Los discípulos publicitaron un testamento firmado cuatro días antes de su fallecimiento, que nombraba a la organización Eagle Trust (Fideicomiso Aguila) heredera única de un patrimonio calculado en cerca de veinte millones de dólares. El manto arcano continuó prolongándose más allá del sepulcro. A pocos meses de la revelación del testamento, Margaret y C.J. Castaneda –también conocido con el nombre de Adrian Vashon–, hijo putativo del escritor, criado y educado por su padre, iniciaron un proceso judicial para anular el ológrafo. Ambos reclamaron ser sus herederos y denunciaron al grupo Cleargreen (Verde Claro, S.A.) por haberlo secuestrado en los últimos años de su existencia. La controversia póstuma se concentra principalmente en determinar quién fue en realidad Carlos Castaneda y quiénes son sus verdaderos herederos. Algunos afirman que el misterioso escritor les confió haber nacido en Sao Paulo, Brasil, el 25 de diciembre de 1935, fecha posterior al indicado por otros “documentos”, como el que registra que nació en Cajamarca en 1923. ¿Surgirán en Norteamérica, Brasil, México o Perú nuevos reclamantes de su herencia? El Carlos Castaneda cuarentón de la foto publicada por The New York Times el 19 de agosto de 1998 muestra un asombroso parecido a Óscar Castañeda Bocanegra en la última foto remitida a Lima a sus familiares y amigos, antes de su aparente despersonalización real. Indudablemente, la muerte del hombre misterioso no puso punto final al misterio: fue sólo un punto y aparte.
Para concluir, expreso mi interés en que los familiares de Óscar Castañeda Bocanegra lean esta crónica sobre mi hipótesis de cómo su querido pariente, “desaparecido” después de ser deportado permanentemente de Estados Unidos, devino en Carlos Castaneda para doctorarse en la UCLA, triunfar y alegar un origen brasileño o mexicano, pero no peruano del Callao.
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