Como Robert Langdon, el personaje central de la novela El Código Da Vinci, Héctor Feliciano se dedicó durante ocho años a indagar sobre los misterios que hay tras los cuadros de los museos más famosos del orbe. Las simbologías que identificó detrás de los lienzos le sirvieron para trazar la procedencia de las colecciones confiscadas por los nazis, con Hitler y Goering a la cabeza. Nunca pensó que esta aventura que inició en París iba a durar tanto tiempo y tendría repercusiones mundiales.
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| Vista del museo de Louvre. Abajo, Goering confisca obras de arte europeas. |
En El museo desaparecido. Los nazis y la confiscación de obras de arte (Buenos Aires, Emecé, 2004), Feliciano calcula que más de mil cuadros fueron robados durante la Segunda Guerra Mundial. Un porcentaje mínimo de ellos –sobre todo el arte moderno considerado por el Führer como arte degenerado: Matisse, Picasso– fueron incinerados. La mayor parte fue cambiada y vendida a los marchand de arte judíos franceses. Se utilizó, entre otras formas, la valija diplomática para hacer los intercambios. Cuando tomaban las obras, los alemanes no pensaron que saqueaban, sino que tomaban algo que les pertenecía como ganadores.
Forma de trabajo
Para hablar sobre estos saqueos del arte, el autor consultó por igual fuentes vivas y muertas. Tuvo que ganarse la confianza de los herederos de las familias de marchands, banqueros y ex directores de los museos (“los ex son siempre una gran fuente de información”). Visitó archivos en ambos lados del Atlántico accediendo a documentos clasificados, como los 203 inventarios de colecciones privadas confiscadas, donde los propios alemanes describían al detalle las obras artísticas y su destino. También, de las exposiciones o los museos donde posteriormente se los vio.
El “obsesivo” proyecto, rechazado inicialmente por 15 editoriales, finalmente tuvo eco en un editor francófono (la primera edición del libro, de 1997, es en francés). Igual que cualquier investigación periodística, Feliciano recibió amenazas de muerte, las cuales se borraron cuando salió el libro: se editaron versiones en diez idiomas, se vendieron 30 mil ejemplares en Francia y más de 40 mil en Estados Unidos.
Para Feliciano no hay nada más importante que el capital propio al momento de lanzarse en ese tipo de empresas. “La independencia financiera es muy importante para poder realizar este tipo de trabajo, sin que haya intereses de por medio y puedas abordar los temas con autonomía”.
El experimentado periodista puertorriqueño extiende este mismo criterio para los diversos campos que aborda el periodismo cultural. Tal como sucede en algunos periódicos norteamericanos, en su opinión, los medios en América Latina deberían pagar las entradas de los conciertos y obras de teatros, así como comprar libros y discos. “Ello permitiría que el texto crítico no tenga concesiones”, sostiene.
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Héctor Feliciano
Escribe para los diarios El País y Clarín. Fue corresponsal cultural en Europa para The Washington Post y Los Angeles Times. Residió en París por 18 años, en donde fue jefe de World Media Network.
Desde noviembre escribe en
El Boomeran(g),
un blog del diario
El País de España. |
Durante su investigación, Feliciano fue un “abogado del diablo” que todo el tiempo era flexible para poder eliminar hipótesis y armar su rompecabezas. Se las jugaba todas las cartas; un pequeño peón contra las murallas del prestigio de los museos. Y verificar cada dato era más que una obsesión: una manera de seguir vivo tras la publicación.
Sostiene que para un periodista dedicado a la cultura es indispensable el estudio de materias paralelas, como teorías de la historia del arte e idiomas.
El museo desaparecido cuenta con un epílogo. Desde entonces se han devuelto cientos de obras de arte y dio paso a una legislatura sobre el tema en sociedades como la francesa, donde el 75 por ciento de la población estaba a favor de las restituciones de las obras. Asimismo, cambió la forma de enseñar la historia del arte, pues ahora se enfatiza en la procedencia de las piezas.
“Los resultados de un trabajo como éste son un gran aliciente. Te confirman lo que uno siempre ha creído desde pequeño: que la palabra vale algo, en medio de este mundo de relaciones públicas”.
(La anécdota es que le borraron de las listas de invitados a las exposiciones de los museos. Gajes del oficio.)
Periodismo cultural y poder
¿Es posible realizar un proyecto de esa envergadura en América Latina? La respuesta es afirmativa. Explica Feliciano que sólo en esa vertiente hay una infinidad de “lagunas” para llenar: saqueos de arte colonial e indígena, por ejemplo.
“Todos los gobiernos de América Latina son centralizados, como herencia del modelo francés. Esto define mucho la cultura, porque quiere decir que habrá subvenciones a la cultura y una administración central, lo cual para un investigador es interesantísimo, ya que significa documentos y testimonios”.
Explica Feliciano que en América Latina el periodismo cultural no investiga. En general, el medio cultural está poco acostumbrado a la fiscalización. “La cultura se considera bonita y sin importancia. Sin embargo, la cultura sí tiene ramificaciones sociales, políticas y económicas muy fuertes. Y muchas veces lo que está en juego es el poder en la cultura.”
Contrariamente a la investigación, que se practica en otras áreas, “en cultura no se sigue el recorrido del dinero. Y si uno busca el dinero, se entiende dónde está el núcleo del poder.”
Para el periodista, quienes se interesen en proyectos de esa envergadura deben tomar distancia con el tema y empezar a trabajar en temas concretos, trabajando con hipótesis muy amplias. “Una sociedad con un buen periodismo cultural, es más perfecta que otras sociedades.”
La investigación –dice Feliciano– debería ser la respuesta de los medios frente a la banalización del periodismo cultural de las últimas décadas (algunos diarios lo incluyen junto a la farándula). Sólo hay que recordar su valor económico.
“Es interesante porque en nuestros países no se considera el hecho cultural como un poder económico. En Europa se incluye en el presupuesto anual como ingresos para el Estado.”
Además, explica, otras empresas culturales, como los museos, han entrado a la era del mercado, ya que, como señala Feliciano, “la era de la subvención al cien por ciento ya se acabó y hay que buscar modos de sacar la cultura adelante con autofinanciamientos, por ejemplo. Pero siempre es saludable proteger parte de la cultura, como el cine nacional, por ejemplo”.
Narración
El museo desaparecido no es un libro fácil. Así lo reconoce su propio autor. Se dirige a un público con influencias en el medio artístico: curadores, periodistas, familias y museos poseedores de obra de arte. De ahí su notable documentación a lo largo de 377 páginas.
Sin embargo, la forma como está narrada –el hilo conductor lo conforman la historia a partir de los cuadros y seis familias representantes de los marchands y dueños de obras pictóricas, entre ellos el famoso marchand Paul Rosenberg– permite que sea accesible al gran público, gracias a la crónica.
“Para un libro de investigación como éste, uno debe inventarse un lector muy exigente. Me inventé un historiador de arte a la vez tan severo como un ayatolá y lector culto.”
Entrevista
“En muchos de nuestros países se toma conciencia del patrimonio cultural”
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| “Hitler y muchos jerarcas del nazismo tenía una pasión artística poco conocida. En algún momento de su vida quiso ser pintor”, dice Feliciano. |
En primer lugar, ¿cuál es concepto de cultura que manejas?
–Es difícil de definir y sé que lo reconozco cuando lo veo. No quisiera definirla de forma antropológica, sino de manera muy amplia. Para mí, cultura es literatura, música clásica; también la technocumbia, los carnavales y el lenguaje hablado de todos los días. Es el aceite que hace funcionar a la sociedad y muchas veces representan elementos de los que el periodismo codificado no habla. Es el líquido, ese ámbar que nos une a todos. Eso es lo que es cultura para mí.
Sin embargo, no todos quienes están en puestos claves tienen esa visión amplia de la cultura...
–Es un debate que se da en todos los países. Muchos ministerios e institutos de Cultura no han modificado las definiciones de cultura que manejan hace 50 años, y de pronto encuentran que una parte activa de la sociedad crea activamente cultura, como el rock o el reggaeton. Hay que ampliar la definición y ser incluyentes. Me parece que ese ejemplo del Perú sobre si el rock es cultura, ilustra ese conflicto que está sucediendo en toda la sociedad contemporánea.
En el Perú están surgiendo algunas revistas de crónicas, parece que es un fenómeno a escala regional...
–Del Perú conozco Etiqueta Negra, que considero una revista excepcional. Pienso que la crónica tiene mucho valor en el futuro. Por un lado, porque el periodismo de actualidad buscará más y más la escritura comentada, de análisis, contextos y de las cosas interesantes de la vida. Y segundo, porque los grandes lectores son cada vez más literarios y les gusta que les narren la historia.
En cuanto a los blogs, ¿son la superespecialización de un público?
–Creo que no. La computadora se popularizará en América Latina y será como el teléfono, que hoy es una banalidad total. Una vez que ocurra eso, dejará de ser de elite, como en muchos países, donde los blogs son de acceso popular.
Has comentado que el pedido del Gobierno peruano a la Universidad de Yale para que devuelva parte del patrimonio de Machu Picchu sienta un precedente...
–El caso de la reclamación del Gobierno peruano es uno de los ejemplos de lo que a mi parecer es un movimiento más profundo. Es el hecho de que en muchos de los países se toma conciencia del patrimonio cultural. Por lo tanto, algunos de los museos y de las instituciones culturales de países metropolitanos como Inglaterra, Francia o Alemania verán una multiplicación de reclamaciones y de pedidos de restitución.
¿Se quedarán vacías algunas salas de los museos?
–Es decir, van a cambiar. Pero muchos de estos recintos tienen millones de piezas. Ya los museos no pueden hacer lo que hacían hace 80 años, cuando tomaban los objetos, y manifestaban que en su país se conservarían mejor.
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