El auge de los estudios culturales ha impuesto una moda metodológica en torno a los estudios subalternos, poscoloniales y de género que parecen haber copado las posibilidades de indagación teórica en los ámbitos académicos nacionales. Las opciones varían entre el descentramiento deconstructivo del método de Jacques Derrida, la bipolaridad gramsciana de grupos hegemónicos y subalternos, pasando por las indagaciones de Edward Said y los enfoques posmodernos, gracias a los cuales la pretensión de un etno-logocentrismo occidental ha sido clausurada. Se abre así un protagonismo horizontal de sensibilidades ocultas, voces silenciadas y miradas subalternas.
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Ficha técnica
Marcel Velázquez Castro. Las máscaras de la representación. El sujeto esclavista y las rutas del racismo en el Perú (1775-1895). Lima, Fondo Editorial de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, 2006. |
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En este contexto debemos ubicar los recientes aportes al estudio de la historia y cultura de las poblaciones de origen africano del país, a los que ahora se suma Las máscaras de la representación. El sujeto esclavista y las rutas del racismo en el Perú (1775-1895), de Marcel Velázquez Castro (Lima, 1969), importante contribución crítica intertextual de la esclavitud y el racismo –ubicado dentro de los tópicos anteriormente expuestos– en autores cuya producción inscrita entre fines del siglo XVIII y el XIX han sido afectados, pese a su buena voluntad y carácter progresista, por patrones racistas reforzados por los estereotipos y la subordinación etnicista que afecta a las comunidades afroperuanas.
Autor también de El revés del marfil (2002), Velázquez aborda de manera poco ortodoxa el estudio de las representaciones de la esclavitud y la población afroperuana en textos literarios y ensayos jurídico-políticos, analizados desde una perspectiva de género y una crítica discursiva. Por ello, propone la categoría sujeto esclavista, que define como presupuesto conceptual cuya “función es delimitar la mirada, la palabra y la sensibilidad del intérprete de la esclavitud y la cultura afroperuana” (78).
Siguiendo los tres capítulos que componen el libro, entenderemos por qué ha sido presentado como “una vía alternativa: la deconstrucción de los discursos que sustentan las visiones negativas y excluyentes que afectan a los afroperuanos”. No puede determinarse hasta qué punto el prólogo de Carlos Aguirre ayudará a la comprensión de las tesis medulares, al plantear falsas pistas, confundiendo los síntomas con las causas, mencionando “sujetos esclavistas” en plural, con los cuales individualiza el concepto y disemina la culpa de una sociedad excluyente en cada uno de los personajes tratados en el estudio.
Contexto de discriminación
El análisis de género y racismo del capítulo inicial tiende a ser poco flexible cuando la dicotomía masculino-femenino restringe la comprensión del fenómeno, al adjudicar a la sumisión características femeninas –en la que hasta el varón sumiso se feminiza– y a la agresividad caracteres masculinos, olvidando los indicios perceptibles de la tendencia a ver como ser inferior al esclavo, animalizándolo, en tanto la mujer esclava obtiene ventajas, pues es objeto permisible de deseo sexual.
Las páginas restantes muestran personajes coloniales (Concolocorvo, los integrantes de Mercurio Peruano), independentistas (Lorenzo Vidaurre) y republicanos (Felipe Pardo y Aliaga, Manuel de Mendiburu, Flora Tristán, Fernando Casós, Francisco Laso, Mercedes Cabello, Ricardo Palma, González Prada, entre otros), cuya producción literaria y ensayística, referida a la esclavitud y a los sectores de color, denota una descarnada carga racista que sólo viene a reflejar una suerte de ethos social que él denomina sujeto esclavista.
En un contexto de discriminación, este sujeto marca los límites de lo moralmente permisible y tiende a modelar los razonamientos de todos los actores sociales, incluyendo a víctimas y sectores avanzados de la sociedad, afectados por estereotipos que presentan al afroperuano como ser de escasa inteligencia, desagradable, violento e incapaz de vivir en libertad, describiendo esto el tránsito hacia un moderno discurso racista poscolonial.
“La historia del racismo en el Perú constituye una tarea académica pendiente”, afirma Velázquez. Los escasos estudios sólo han abordado el tema de manera fragmentaria. No obstante, él nos ofrece un estudio parcial del fenómeno racista, con sus limitaciones sustentadas en un análisis discursivo y textual que, al partir de la ciudad y abarcar el período de crisis y disolución del régimen colonial hasta el inicio de la República, delimita el campo al sector afroperuano, poco estudiado debido a que los defensores aurorales del indigenismo los asociaban al aparato de dominación colonial por su cercanía e identificación con los intereses de sus patrones y no con los de sus pares subalternos, relación que ha derivado en el consustanciamiento de lo “negroide” con la cultura criolla.
Pero no siempre la esclavitud fue sinónimo de racismo. Esto se dio tras la inmersión violenta del otro en el plano occidental, inaugurado por la modernidad, en tanto el racismo sólo es una de las formas de exclusión. Velázquez afirma: “La idea de ‘raza’ se construye casi simultáneamente para los africanos y los aborígenes americanos en la experiencia colonial y constituye el reverso fundacional de los inicios de la modernidad y el capitalismo” (17).
Por ello, resulta curioso el empleo que hace del constructo “sujeto esclavista” en un contexto posesclavista, es decir, los años que siguieron a la proclamación de la abolición de la esclavitud por Castilla. Cabe recordar que ver las representaciones del racismo como una actitud premoderna es una cualidad contemporánea.
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