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ISSN: 1817-2423
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Giancarlo Stagnaro
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Gerardo Barraza Soto
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 >PRECISIONES
El panorama literario peruano desde fuera
Español frío por choque cultural
Visitar Lima puede ser una experiencia reveladora para un extranjero. Al menos así lo entiende el catalán Hernán Migoya, quien convirtió un corto viaje de índole familiar en una exploración por los meandros de la cultura peruana reciente.

            Pocos serán quienes no reconozcan que a inicios del tercer milenio cristiano la realidad española y la peruana poco tienen que ver, aun cuando desconozcan una de las dos. Mientras en España es difícil hallar más de una realidad, especialmente social, en una misma metrópoli, o al menos varias realidades que no estén ya conjugadas y revueltas en una masa perfectamente reconocible en su gradación y forma por el interclasismo y la estandarización esterilizante del progreso europeo; la superposición de varias opuestas realidades coexistentes (y, a poco que uno lo desee, faltas de concomitancia entre ellas) es el rasgo fácilmente más sobresaliente y espeluznante de la capital peruana.
            Sin necesidad de excursionar a la Sierra o a la Selva (porque ya nos iríamos a otras realidades casi extraterrestres), delimitado a los confines limeños y bien provisto de la economía (cosa fácil si se procede de Europa) y los recursos (y redaños) necesarios, uno puede zambullirse en oro líquido o revolcarse en puro excremento: el radical contraste social y la riquísima (y poco apreciada) mixtura racial son sólo los primeros de los ingredientes que hacen de la vida urbana peruana una de las elecciones más excitantes y plenas para cualquier aspirante a vividor, en el sentido experimentador y vitalista: ello también se refleja en la literatura autóctona.
            Véase a continuación las ligeras, impertinentes y fácilmente revocables conclusiones al respecto de un hasta hace poco profano en la materia (y en el país), primeras impresiones de un iluso mosquito español aplastado contra la indomesticable realidad del resquebrajado parabrisas peruano. Pero hasta cierto punto, como ocurre con España respecto a Francia o Gran Bretaña, nada más propio que sea un foráneo el que venga a descubrirle América a los americanos.

Criollos pitucos e indigenistas indigestos

            El primer mojón con que a primera vista un visitante puede tropezar en el inicio de un cursillo acelerado por el panorama literario peruano contemporáneo es la consabida y supuesta diferenciación (probablemente propiciada antes por los críticos ¿y los autores? que por los lectores) entre escritores criollos y escritores andinos. Ciertamente, igual que cualquier sociedad marca una diferencia abismal entre ricos y pobres, o muy pobres; y, casi por esa misma regla de dos, entre una elite cultural y una iletrada, es lógico que se establezca, aunque sea por sospecha y resentimiento, cierta barrera entre los escritores pertenecientes a una clase burguesa urbana, hasta cierto punto privilegiada, y otra con orgullo de clase y (supuestamente) rural, de un tradicionalismo de signo adverso. Tanto más en cuanto que la raza sigue siendo, por desgracia, una cuestión central de la vida en el Perú, multidireccional en su preeminencia: no sólo existe un racismo de arriba abajo (léase blanco sobre indio o negro) ni de abajo arriba (viceversa), también el más intrincado de todos: el racismo dentro de la propia raza, en forma casi siempre de complejo de culpabilidad o autodesprecio cholo manifestado en la marginación y la burla de sus semejantes.
            Es verdad que en las fiestas pitucas de Lima se puede respirar cierta petulancia a rezagos españoles. Incluso un no siempre voluntario resquemor que da a entender cuánto más no se hubiese ganado en el Perú, en términos de civilización y progreso, si la presencia de la madre (ahora más bien madrecita) patria hubiese perdurado unos cuantos decenios más. Por contra, los escritores indigenistas, eso dicen, se escudan tras Arguedas para pergeñar cantos de asimismo obsoleta nostalgia del imperio incaico. Como dice el tango: “En el mismo lodo todos manoseaos”. Del cruce sale la excepcionalidad, y hoy por hoy, todos, indigenistas y españófilos, están cruzados a más no poder: y que dure, pues se trata de una ventaja no sólo sobre Europa, también sobre otros países sudamericanos menos democráticos y generosos en el alterne.

 
Alfredo Bryce   Oswaldo Reynoso

            La marmita donde fluctúa la mezcolanza limeña hierve una riqueza de matices culturales superior hoy día a la española –que a fin de cuentas vive una realidad más estabilizada y, por tanto, anodina–. ¿A quién elegir? ¿Es preferible quedarse con la bonachona flema de profesor despistado de Bryce Echenique o con el lírico bramido de hermosas contradicciones, casi absolutas, de Oswaldo Reynoso? Eso es como elegir entre pasar la noche emborrachándose en el Lima Country Club o en el bar Queirolo. Pues, una noche en uno y la siguiente en otro, ¿no?

Refrescante chicha

            Lo que a ningún visitante con cierta necesidad de aprehensión de la realidad autóctona debiera escapársele (¿se le escapa a la intelectualidad peruana? No lo sé) es una de las mayores fuentes de riqueza identificativa del país, el fenómeno que sin duda sería el más relevante a la hora de hablar de un rasgo cultural absolutamente propio e intransferible en nuestros días: la jerga de los diarios chicha.
            Milagro único en forma y fondo, el aporte de la prensa sensacionalista o chicha se sustenta básicamente en dos elementos: la instauración de una manera de comunicarse propia y la recreación –con todo lo que conlleva de nueva creación– de un lenguaje absolutamente increíble y maravilloso. El primer elemento es inalienablemente apegado a las clases populares, imposible de transponer a otra sociedad y grupo, pues se basa en gran medida en la idea de complicidad con el interlocutor. Por otro lado, los términos de este nuevo lenguaje como ampayar, dar vuelta, dejar frío, hacer puré, pepear, chuculún, mariachi, etcétera, no sólo son aportaciones insólitas –incluso de concepto, con innovaciones semánticas sorprendentes– al crisol del vocabulario popular, sino que constituyen la mina de mayor opulencia lingüística que cualquier escritor que se precie podría soñar hallar.
            Este fenómeno social –y repito, cultural, aunque aún lo sea involuntariamente: pero casi todo lo trascendente es involuntario– no tiene parangón a buen seguro en toda Europa. Dejémonos de reivindicaciones incaicas o hispánicas: donde está el meollo de la ambrosía literaria, el corazón chorreante de sangre fortalecedora del espíritu hambriento de saber se encuentra en un tenderete de la esquina: la prensa chicha es el más fastuoso legado animista que la cultura peruana ha aportado al mundo en estas últimas décadas.

Chicha para el mundo. Migoya rescata lo creativo del lenguaje usado en los diarios populares.

Los jóvenes tienen las palabras

            Pese a la dificultad evidente de llegar a un público numeroso debido a las estrecheces del mercado literario peruano (como en cualquier país con problemas de desarrollo económico, todo es difícil: más aún en una nación como el Perú, que ha entrado a matar en la democracia saltándose a la torera el rejón del despotismo ilustrado), el forastero puede encontrar en Lima una considerable vida cultural. No sólo por parte de autores consolidados, sino ejercida entre los más jóvenes (ahí está, por ejemplo, la troupe de la revista cultural Etiqueta Negra, caviar importado en España), que, hartos de zarandajas y falsos conflictos de letraheridos (disculpen el catalanismo), beben con ansioso respeto de todas sus tradiciones por igual.
            No es para menos. Un escritor primerizo tiene en su propia tierra muchas huellas dignas que seguir: muchos pueblos recientes quisieran para sí un pasado literario con la sabiduría socarrona de un Ricardo Palma, el fuste narrativo de un López Albújar, la maestría expresiva, viva y genial de un Diez Canseco, la trayectoria de meteoro lírico de un Valdelomar, la solidez descriptiva y llena de matices antifundamentalistas de un Mariátegui... o la ineludible ubicuidad de un Mario Vargas Llosa, un hombre de su tiempo: de esas pocas personalidades que ha logrado traspasar la natural timidez de todo escritor verdadero para proyectar no sólo su sombra, su cuerpo entero, en los infinitos recovecos de la realidad de su país, y comunicarlos al resto del mundo. Todo un fenómeno vivo malinterpretado por muchos y uno de los pocos intelectuales liberales respetado –mérito dificilísimo de atesorar– por las izquierdas occidentales.
            Por supuesto, también en el Perú los hay de otro signo (los he reconocido a la primera); escritores, como en todos sitios, imbuidos por el universal síndrome de la autocomplacencia, por otro lado plaga especialmente habitual en los países ricos, cercenados creativamente por la decadencia, lo tangible del sustento garantizado. Hatajo de petimetres –casi siempre, éstos sí, niños de papá– enamorados de la literatura como fin y no como medio, del homenaje más que de la aportación; el resultado son libros dedicados a recrear otros libros, otras lecturas, otras vivencias heredadas de segunda o tercera, cada vez más penosamente transcritas.
             La imagen que mejor los representa es la típica estampa del escritor apoyado en un estante, un libro abierto en las manos, la mirada perdida en el horizonte de la pared que les limita, la actitud pronta a un suspiro que imita otro suspiro, que imita otro... La vida sigue siendo el mejor entrenamiento para un escritor.
            Pero la nueva generación de escritores peruanos viene pródiga en grandes promesas y alguna realidad: sin ir más lejos, Jaime Bedoya supone una de las joyas más incomprendidas a este y al otro lado del océano. Disfrazado de periodista, Bedoya en realidad se embute en un traje de faena menos vistoso que el de “escritor” por razones puramente prácticas. Su timidez y natural críptico le impiden desarrollarse a gusto en hechuras tan sacralizadas y mitómanas.
             Como periodista, puede escribir a cualquier precio –y sin entrometer su sin duda alto concepto de la literatura– sobre la realidad que le rodea. Pero no nos engañemos: la de Bedoya es literatura pura, literatura que, camuflada de reporteril y comprometida hasta las encías con el telurismo peruano (el compromiso social de Bedoya es tan extraño, acomplejado y fascinante como las contradicciones que conviven en su país), le sirve para demoler las convenciones de la realidad y la ficción, y así elaborar páginas de una brillantez sin parangón que no saben dónde estarse quietas. Nosotros sí: nosotros estamos ante uno de los grandes escritores peruanos de hoy, y pocos peruanos se han dado cuenta de ello.
            Luego están los jovenzuelos y no tan jovenzuelos, faltos de prejuicios culturales (y por supuesto raciales), con ganas de consagrar su vida a la caza de la gloria literaria como Gonzalo Málaga, un sorbedor de Cortázar cuyo libro de relatos Los Multifuckers permite entrever un autor que será importante; o Javier Arévalo, un todoterreno capaz de arramblar con cuanto género o modalidad literarios se le pongan por delante: su capacidad de crear magia con las palabras a una velocidad de vértigo es extenuante, digna de un boina verde de las letras.
            Pero lo más importante de todo es que el círculo literario limeño (ajustémoslo a la capital), elitista o no, se ve pertrechado, a fuerza de contrastes vitales y abundancia de referencias nobles, con unas armas que ya quisieran para sí otros círculos y otras culturas, si ello es razón de alegría para alguien: la lengua española no sólo ha evolucionado aquí preservando y adquiriendo una riqueza oral y escrita muy superior a la de su equivalente europea de hoy; el poliedro que conforman las opuestas y por momentos incompatibles formas de vida peruanas le proporcionan la dimensión necesaria para destilar un jugoso poso artístico.
            Ojalá el desarrollo económico y político fuera a la par con ese poso, claro.


> Hernán Migoya
Escritor y guionista español. Autor de Todas putas y Observemos cómo cae Octavio.

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