| LA OBRA NARRATIVA ESTIMULANTE DE PILAR DUGHI |
| Los puentes de la alteridad |
| El 6 de marzo falleció Pilar Dughi (Lima, 1956-2006). Pese a contar con una obra breve, ésta ha sido decisiva en los últimos años al abrir un campo marcado inicialmente por las poetas de la década de 1980. Al transitar entre distintos géneros literarios, Dughi se convirtió en una creadora de inusuales elaboraciones narrativas. |
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Cuentan las memorias familiares que Pilar Dughi era a los 10 años de edad una lectora impenitente, capaz de sumergirse por completo en el universo de los libros, sin percatarse del caos que sus compañeras organizaban dentro del ómnibus, rumbo al colegio. Posesionada de una ubicación junto a una de las ventanillas, la futura escritora debe haberse convencido a sí misma, allá por 1966, de que el mundo desplegado en sus textos preferidos era mucho más edificante que el otro, el real, saturado de gritos y objetos que llovían de un lado a otro en el interior del vehículo.
Pero, en su perspicacia, también habrá constatado que esos mundos alternos y autónomos mantenían conexiones secretas con la anodina cotidianidad de alumnas alborotadas rumbo a su centro de estudios.
Algo de esa concentración, ese ensimismamiento y esa búsqueda de nexos caracteriza, en gran medida, la breve pero importante obra de la autora, lamentablemente fallecida hace unas semanas, quien durante su carrera sólo publicó dos libros de cuentos y una novela. Entre algunos de sus méritos figura el hecho de que apostó por el relato a fines de la década de 1980, cuando la narrativa escrita por mujeres no vivía precisamente una época de esplendor en el Perú. La explosión creativa de los años previos había instituido a la poesía como la praxis canónica de las autoras peruanas como Carmen Ollé, Giovanna Pollarolo, Rocío Silva Santisteban y Rosella di Paolo, entre otras figuras.
Por eso, la aparición del volumen de relatos La premeditación y el azar (1989) equilibró en cierto modo la balanza, hasta esos instantes inclinada a favor de proyectos capitales como Noches de adrenalina de Ollé o Asuntos circunstanciales de Silva Santisteban.
El libro de Dughi llegaba, entonces, en el momento adecuado, y no se trataba de un intento tímido o vacilante, sino de una propuesta sólida, respaldada por premios obtenidos en varios concursos literarios de prestigio. Por otro lado, los cuentos también revelaban una apropiación de estéticas y atmósferas poco o casi nada exploradas por las escritoras peruanas: Dughi recorría los siempre inquietantes senderos de la literatura fantástica con mano segura, sin ese ánimo respetuoso de las fuentes y excesivamente formal que caracteriza a la mayoría de textos iniciáticos de este género, escritos por pares masculinos.
Quizás el cuento más representativo de esta tendencia sea “La noche de Walpurgis”, extraña historia en la que se entrecruzan símbolos y fantasmas colectivos –una suerte de vivencia holística–, y el discurso de una investigadora que intenta despojar de cualquier contenido irracional a episodios de canibalismo ritualizado, para ser presa, en el desenlace de la historia, de las mismas fuerzas que su escepticismo científico procura anular. Al emprender la deslegitimación de acontecimientos que considera primero deformados por el imaginario popular y, posteriormente, invalidados como ocurrencias fácticas, la protagonista parece terminar envuelta en las tragedias inexplicables que asolaron a diversas personas en varios tiempos y países.
La verosimilitud de la historia está hábilmente apoyada en las referencias a medios periodísticos reales, cuya “autoridad” constituye un elemento esencial en la construcción de los mitos urbanos. Asimismo, la sobriedad de la prosa, trabajada en el tono de una crónica de los eventos, hace de éste y otros cuentos de La premeditación... un conjunto que se sostiene sin fisuras ni tropiezos.
Senectud y juventud
Hubo que esperar hasta 1996 para que otro libro de Pilar Dughi saliera a la luz. En ese período de siete años, su nombre fue haciéndose más familiar en el circuito literario con resonancias internacionales, así como frecuentes participaciones en congresos y coloquios. Se había convertido en una referencia cultural.
El volumen Ave de la noche, segunda incursión en el cuento, la consolidó como la narradora más importante de su generación. El registro de la mayoría de relatos había acentuado los perfiles de introspección, pero no por eso las historias decaían en intensidad; por el contrario, al tender puentes más sutiles entre lo real y aquello que sólo se vislumbra como alteridad, los resultados fueron más sorprendentes y de mayor cuño personal. Tal es el caso de “Aeda”, notable relato galardonado en el afamado concurso Copé y que el año pasado fuera incluido en la importante antología Estática doméstica, publicada por la Universidad Nacional Autónoma de México (selección del escritor David Miklos, que reúne a los cuentistas peruanos menores de 50 años más representativos).
Articulado mediante un pulcro fraseo de corte ribeyriano, “Aeda” es la historia de un poeta en el umbral de la senectud, atormentado por la idea del fracaso y del escaso reconocimiento, en contraste con otro poeta, compañero de la juventud, exitoso, respetado y convertido en un gurú mediático al que todos consultan y aclaman. Ambos han sido amigos en el pasado remoto, pero el destino los ha apartado hasta colocarlos en las antípodas. La existencia gris y triste de Lanfranco es el reflejo inverso de la brillante carrera de Aguinaga, bendecido por premios, becas, difusión y viajes alrededor del mundo.
La fórmula trabajada en “La noche...” vuelve a activarse y con resultados magníficos. Inmersos en un ambiente bastante reconocible, casi la marca de fábrica del realismo de las décadas de 1950 y 1960, los personajes de Dughi dejan de ser prototipos de un mundillo literario mezquino para transformarse, sorprendentemente, en símbolos de dos maneras antagónicas de encarar la vocación poética.
El pequeño y deprimente mundo de Lanfranco (hombre viejo, pobre, solitario, olvidado y dedicado a la enseñanza escolar) es transgredido por la ingenua admiración de su vecina, quien le presentará a un modesto muchacho provinciano, admirador de sus libros y que desea convertirse en poeta. Sabemos, gracias a los excelentes flash back, que en algún momento Lanfranco viajó a Chile, en reemplazo de alguien que no pudo acudir a un congreso poético. Ahí, sumido en el anonimato de los escritores desconocidos fuera de sus países de origen, tuvo la oportunidad de deleitarse y ver en persona a maestros que había admirado toda su vida.
También nos enteramos de su descuido personal y olvidos constantes en la escuela, así como del desaire de Aguinaga en un recital, quien exige no compartir la mesa con él, ya que no puede sentarse junto a “un mediocre”. Este calificativo parecería devenir lápida del poeta, si no fuera por esa memorable escena final, cuando el chico provinciano, mal vestido, lo visita ante la insistencia de la vecina.
El muchacho comienza a recitar versos de la autoría de su admirado Lanfranco, que evocan una edad pretérita y a la vez atemporal. En ese instante, el viejo poeta descubre, como en una visión “chamánica”, que sus antiguos versos se han incorporado a una memoria cósmica que seguirá en actividad incluso cuando él se haya extinguido por completo. Esta revelación, propiciada por sus propias palabras, lo reconcilia consigo mismo y con el mundo, en un puente que conecta otra vez a la realidad con el mito.
Del fantástico al policial
El tercer y último libro publicado en vida por la escritora anunciaba su interés por otros géneros y construcciones narrativas. Distanciada parcialmente de lo fantástico y del absurdo, Pilar Dughi obtuvo el premio de novela corta del Banco Central de Reserva por Puñales escondidos (1998), una obra inusual respecto a los universos de sus cuentos, pero no por ello menos atractiva en términos artísticos.
Era su eficiente incursión en los territorios del policial negro, pero con elementos no asociados, en principio, al género, y que le conferían a la historia una particular tensión ficcional. Una mujer amargada, víctima del fracaso vital y de la autoanulación, inicia una serie de maniobras fraudulentas en el banco donde labora. Sus motivaciones y procedimientos son narrados a la manera de las mejores novelas japonesas, como bien lo destacara el crítico literario Ricardo González Vigil.
Sobresale otra vez la limpieza del estilo, en el cual, como en sus cuentos, descansa gran parte de la enorme solvencia de la autora, que impregna sabiamente las representaciones “convencionales” del entorno con elementos que lo socavan y permiten replantear perspectivas generalmente domesticadas por las apariencias. Sin ser un texto afiliado a las propuestas de corte fantástico, los sucesos narrados por Dughi aparecen teñidos por una pátina “desestabilizadora”, que escapa a los modelos impuestos por el nuevo realismo.
Futura inspiración
La obra de Pilar Dughi, en su intensa brevedad, está llamada a inspirar a las nuevas narradoras peruanas, cuyo número es aún escaso frente a la abrumadora cantidad de excelentes poetas. A lo mejor y sin habérselo propuesto (fue una autora tan comprometida con las letras como con su ejercicio de la medicina, y enemiga acérrima de la sobreexposición y las pontificaciones), su trágico deceso será el catalizador para esa cuentística peruana que reclama, de una vez por todas, la misma eclosión de talento que ya experimentó la poesía escrita por mujeres en los turbulentos años de la década de 1980.
Un redescubrimiento de su obra por parte de las jóvenes les revelaría un mundo fascinante y sobrecogedor, quizás idéntico al que una niña de 10 años delineó, en ese ya penumbroso 1966, dentro de un vehículo de transporte escolar que la conducía al colegio en medio del barullo y del desorden inherentes a una realidad destinada al exorcismo de la creación.
La obra
de Pilar Dughi, en su intensa brevedad,
está llamada
a inspirar
a las nuevas narradoras peruanas, cuyo número es aún escaso frente
a la abrumadora cantidad
de excelentes poetas.
Testimonio
Pilar
Cuando uno tiene que vivir fuera de su país lo que más echa de menos, después de la familia, es a los amigos. Aquellos que el tiempo y los sentimientos decantaron, los que están marcados en la cartografía de nuestra vida. Pero el extrañar lleva implícito la esperanza de volver a lo extrañado como una manera de recuperarlo, de vencer al tiempo o a la distancia; el deseo de recordar juntos.
Ahora que te has ido, Pilar, ya no podremos recordar mis noches de pisco Queirolo y tus noches de café turco, nuestras noches de cigarrillos Premier en el ático de la casa de tus padres. Las noches cuando dejabas de ser médico y yo periodista, cuando dejábamos de ser escritores jóvenes y en la complicidad de una buena conversación nos coronaba la madrugada.
Cuando se pierde lo extrañado, Pilar, los recuerdos pierden la mitad de su sustancia; por eso se vuelven tristes.
Mario Suárez Simich
Narrador |
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> José Güich Rodríguez
Escritor. Su último libro es El mascarón de proa (2006).
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