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ISSN: 1817-2423
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Giancarlo Stagnaro
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Gerardo Barraza Soto
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Isaac Goldemberg y la propiedad de las escrituras

Del próximo libro del escritor peruano Isaac Goldemberg, denominado Tierra de nadie, extraemos una acertada visión del poeta chileno Raúl Zurita sobre el particular universo de las microficciones esbozado en esta nueva entrega narrativa.


      La literatura es posiblemente el único Juicio Final al que tenemos acceso. Más que por un futuro se escribe por lo irremediable del mundo y de las cosas que sólo en la obra literaria pueden encontrar la compasión y el humor de que los hechos en sí carecen. Es lo que, en dos palabras, nos muestra Tierra de nadie, un libro al cual resulta imposible imponerle un género, porque su apuesta tiene que ver también con la anulación de las filiaciones literarias. En este nivel, la escritura de Isaac Goldemberg evidencia de inmediato la falsedad o al menos lo antojadizo de encasillarlo en categorías.
      Reconocido como uno de los narradores y poetas importantes de la literatura peruana y latinoamericana, en Tierra de nadie Goldemberg alcanza una dimensión nueva, un tono (es decir, un despojamiento, una distancia, una ironía) que hacen que este libro represente uno de los logros más cuestionadores y brillantes de la escritura de hoy.
      A partir de la nostalgia por lo imposible, la de un lugar que no ha sido, Tierra de nadie despliega una suerte de ruta de la pérdida dentro de este reino de la necesidad, como el nuestro, donde los acontecimientos, uno tras otro, hacen que el mundo sea sobre todo el intento de recuperar aquello de lo cual no se tiene otro antecedente más que la constatación de su ausencia.
      Sin embargo, con un lenguaje que cumple con la exigencia de ser directo y al mismo tiempo de significaciones múltiples, estos textos no traen consigo únicamente una atmósfera de añoranza, sino que también, y es lo que fascina, plantean una crítica extrema a ese aparato metafísico premoderno al que se le ha puesto curiosamente el título de posmodernidad, y en el cual el ser humano es fiel reflejo de la confusión y el caos, como en este maravilloso retrato:
“Lo vimos incoordenado y difuso. Lo vimos intentando hacer desaparecer ese rostro humano que lo perseguía, a ese modesto ser que acabaría asesinando. Vimos al humano esperando un acontecimiento vinculado con una historia real o imaginaria. Y es que en él todo era confusión, desgarro, imposibilidad de ser. Lo vimos pretendiendo encontrar el centro absoluto, sin poder llegar a ser otra cosa que una nada rodeada de todo. Lo vimos pretendiendo arrancarse los párpados. Abriéndolos y cerrándolos en el drama de la desaparición.”

Cosmogonías

      Estos textos de Isaac Goldemberg nos entregan una versión tan brillante como desolada de ese derrumbe generalizado que ha venido a ser el presente, asumiendo el riesgo de que ese reconocimiento pueda no ser otra cosa que el reconocimiento de la nada, precisamente el título de uno de los textos de este libro:
“Entonces, aquí uno, allá otro, el humano eligió lo que carecía de sentido, prefirió el instinto y la nada en la propia persona: ser pensante constituyó un enigma. Todo el universo le fue problemático, pero también aprendió el modo de dar respuesta al enigma y colocó firmemente su pie sobre el abismo.”
      De ese modo, la sucesión de las 50 unidades que conforman Tierra de nadie va construyendo una cosmogonía; un tratado general y descripción del estado del mundo, que en su propia puesta en escena despliega, por así decirlo, una doble alma: por una parte está la diafanidad de los textos, su desatado y a menudo desollante humor, su arrasadora agudeza que, como ya lo ha expresado la crítica, nos reconfirma que se está frente a uno de los más brillantes y originales escritores hispanoamericanos de hoy; y, por otra parte, la sensación opuesta de que esa claridad no es sino la máscara de un hecho conmocionante que los grandes poetas de hoy no pueden sino transmitir; esto es que a lo humano, o a lo que todavía podamos entender bajo esa acepción, se le ha despojado del poder sobre la escritura. Es aquí donde la imagen que levanta Isaac Goldemberg se sitúa dentro de lo más acuciante y develador de la literatura de nuestro tiempo: lo que su autor nos dice es que, tomemos los puntos de vista que tomemos, no será el juicio de la escritura sobre las cosas, sino que serán las cosas mismas las que conquistarán por asalto el protagonismo que el yo, ese yo que con el capitalismo se define ontológicamente como dueño, como acumulador, como propietario, le había quitado.
      “Con el tiempo la escritura descubrió en el camino que no estaba hecha para escribir, aun cuando escribía bien. Tal vez no era su vocación o no era el medio en el que quería expresarse.”
      Tierra de nadie es, efectivamente, un lugar de nadie, porque se ha provocado el efecto óptico de invertir el mundo. Son las construcciones humanas y no los hombres las que dan cuenta de ese descalabro monstruoso, cómico, irreparable, que pareciera señalarnos que, paradójicamente, la principal víctima del lenguaje es precisamente quien se creyó con el poder de ejercerlo y de ejercerlo además, a este que es “el más peligroso de los bienes” (Hölderlin), sin costos. En una lectura que no me cabe duda es reductora y parcial, me ha parecido que la propiedad del lenguaje es el tema principal que recorre estos textos.
      “Entonces la escritura se preguntó cómo reconstruir el relato. Se matriculó en un taller de narración. Las tareas debían ser preparadas consistentemente y leídas en la clase. El resumen debía ser esquemático, enfocado en la idea principal y tenía que venir preparada para hacer un resumen oral del capítulo asignado. La escritura comentó: Escribo porque me gusta elaborar mis pensamientos.”

Parodias del yo

      Lo asombroso es que al desplazar el hablante y asumir que es la lengua la que se habla a sí misma efectivamente se da cuenta del mundo. La inversión de Isaac Goldemberg desplaza al yo al mismo tiempo que lo parodia. El efecto de extrañeza que estos relatos provocan (más cercana a la patafísica de Jean Tardieu o Raymond Queneau que a la solemnidad del ensayismo) interroga al habla, sus convencionalismos y acuerdos, sus estructuras, para mostrarnos sobre todo esa “ley del retorno” en la cual “fue propuesta la creación de una ruta de la lengua para recuperar el camino que recorrieron los expulsados”.
      La obra de Isaac Goldemberg nos muestra y de una manera crucial que esos expulsados somos nosotros. Tierra de nadie nos narra esa expulsión, para lo cual a menudo se sitúa en un futuro representado bajo las formas de los hisperespacios, y donde palabras como “red”, “galaxia” y “blog” cumplen con el papel de recordarnos que el porvenir es siempre una deformación barroca del presente.
       La gran lección de estas minificciones, como las llama su autor, es haber sido capaz de construir la más seria de las obras, una de las más agudas y abarcadoras que nos pueda mostrar hoy la literatura latinoamericana, pero bajo la premisa desencantada y exaltante de la autoironía, de la autoparodia, del autoenmascaramiento. Se trata de una fábula. Pero el lector de hoy eso puede entenderlo; obras devastadoras y enjuiciantes como los cuentos de los hermanos Grimm, el Apocalipsis de Juan o la Tierra desolada de Eliot también lo son.


> Raúl Zurita
   Poeta chileno
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Isaac Goldemberg.
 
La obra narrativa de Goldemberg evoca cosmogonías sobre el estado del mundo.
 
La tierra de nadie también hace notorio el desplazamiento de la lengua.
 


Isaac Goldemberg nos entrega una versión tan brillante como desolada de ese derrumbe generalizado que ha venido a ser el presente.