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ISSN: 1817-2423
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Giancarlo Stagnaro
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Gerardo Barraza Soto
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 > ENCUENTROS
1790-1822: LA UTOPÍA DE LA NACIÓN REPUBLICANA
Política contra sociedad
La dificultad para definir al Perú y la identidad de los peruano se ha registrado desde los albores de
la Independencia. Los conceptos existentes a fines del siglo XVIII
no servían para expresar la nueva situación. Prueba de ello es
la ambigüedad de dichos términos durante los años de la gesta emancipadora.


      En el Diccionario de la Lengua Castellana de 1726 se define como nación “la colección de los habitadores de alguna Provincia, País o Reino”. Posteriormente, en el Diccionario Castellano con las voces de Ciencias y Artes (1786-1788) se amplía a “Nombre colectivo que significa algún pueblo grande, Reino, o Estado. Sujeto a un mismo Príncipe, o Gobierno. Naciones: en plural y en términos de la escritura se entienden a los gentiles, o pueblos idólatras”.
      A mediados del XIX, se ofrece un sentido americano del término que incide en el criterio étnico. En el Nuevo Diccionario de la Lengua Castellana de 1847 se dice que “en América se entiende generalmente por nación el conjunto de indios que hablan la misma lengua con corta diferencia, sean pocos o muchos, y bien estén juntos, bien derramados en distantes rancherías”.
      Por su parte, el Diccionario Nacional o Gran Diccionario de 1847 insistía en los rasgos distintivos culturales. “Conjunto o aglomeración de todos los habitantes de un país, ya estén regidos por unas mismas leyes, ya reconozcan diferentes formas de gobierno, los cuales generalmente tienen un idioma común, que los distingue y caracteriza”.
      Esta revisión en los diccionarios del período nos permite identificar tres aspectos del proceso de transformación y de densidad semántica del término: a) gradualmente el concepto de nación como organización política –conjunto de personas regidas por un gobierno– cobra mayor relevancia; b) la palabra soberanía no aparece en estas definiciones; c) la marca étnica de la definición, principalmente para el caso americano; y d) la unidad cultural que distingue a los individuos miembros.

El Mercurio Peruano y los ideólogos de la emancipación

      El Mercurio Peruano (1791-1795) es la revista más importante de la Ilustración en el país. Dicha publicación formaliza categorías de identidad y procesos de construcción de significantes sociopolíticos. Éstos se generan y se proyectan desde una elite que se siente parte de una comunidad geográfica, histórica y cultural específica.
       El término “nación” posee múltiples significados que remiten a los todavía hegemónicos conceptos tradicionales del orden virreinal, pero también al nuevo y emergente lenguaje político moderno. Podemos identificar cuatro sentidos principales: a) unidad cultural e histórica; b) grupo bárbaro y su territorio; c) organización política; d) casta al interior de una colectividad mayor.
      En el Prospecto se establece la equivalencia entre nación y unidad cultural e histórica. En contraposición al interés por asuntos extranjeros, se afirma que “más nos interesa saber lo que pasa en nuestra Nación”.
       La identificación entre el Perú y nación es muy frecuente; por ejemplo, José Baquíjano y Carrillo argumentaba que “las viruelas desconocidas en el Perú antes de 1588 fueron el rayo devastador de esta Nación, como lo han sido siempre en todo pueblo no civilizado”. Sin embargo, en el Prospecto se consideraba que el Perú era un “reyno” y hay también numerosos ejemplos del uso de la palabra “nación” para referirse a España.
      En muchos casos, la unidad cultural e histórica se reafirma mediante la contraposición o el deseo de emulación del modelo europeo. “La Europa, maestra de las naciones que pueblan el resto del Universo, no ha olvidado estos países, destinando naturalistas que los examinen”.
      La nación en plural queda como referente para grupos de bárbaros, sujetos no cristianos, que habitan un territorio. Es un uso frecuente con una evidente carga peyorativa que está principalmente referido a los pueblos amazónicos. En este sentido, la palabra conserva su antigua acepción de gentiles y paganos.
       En la misma dirección y colocando el énfasis en la misión evangelizadora: “innumerables Naciones bárbaras, en cuya conversión emplearon nuestros predecesores su abrasado celo con inmensas fatigas y trabajos”. Incluso se enumeran las comunidades amazónicas sobre las que se ejerce el afán evangelizador.
      La concepción moderna de nación es de cuerpo social que constituye la materia de la organización política. Los seres humanos “sujetos a una misma legislación, y reunidos en un mismo cuerpo social” son la base de la felicidad universal de las Naciones.
       La pregunta retórica sobre la inclusión de las comunidades subalternas en el imaginario permite superar las singularidades culturales e históricas en el marco de la nación. “Conviene que subsista la separación que hoy reina entre los indios y las demás clases de habitantes de la América, o si sería más útil a unos y otros, formar un solo e indistinto cuerpo de Nación”. Esta cita abre la posibilidad de una nación que incluya comunidades culturalmente heterogéneas.
      Nación como equivalente a casta o grupo de personas con características propias de idioma, raza, religión, remite a este concepto como identidad étnica. La conciencia de la diversidad cultural se manifiesta en las referencias al espacio andino del pasado histórico. “Las Guerras casi continuas, que había entre las Naciones que poblaban el País: los Sacrificios de victimas racionales, que se acostumbraban en algunas: los delitos que eran bien comunes en otras”.
       En otro texto de El Mercurio Peruano, Joseph Rossi y Rubí consideraba que el idioma, traje, y carácter permiten sostener que ciertos indios “no son parte de la numerosa Nación Quechua (...) [sino que] pertenecen a la Nación de los Tobas”. El arzobispo Loayza había contado después de la Conquista más de ocho millones de “personas de la Nación India” desde Tumbes hasta Jujuy y Salta. En “Idea de las congregaciones publicas de los Negros Bozales” se establece varias veces la equivalencia entre Nación y estos grupos sociales que conservaban marcas culturales distintivas.

Soberanía y nación

      La fractura conceptual más importante derivada directamente de los procesos de la independencia americana es la asociación entre soberanía y nación. La nación –mediante sus representantes– ejerce plena soberanía sobre su comunidad política y en sus límites territoriales. Por ello, en los futuros textos constitucionales se define como la comunidad de unidades políticas de diverso rango: pueblos, provincias, ciudadanos, peruanos.
      Juan Pablo Viscardo y Guzmán en su Carta a los españoles americanos (1791) sostiene que el nuevo mundo es la patria de los americanos. Es decir, existe ya la patria continental, pero no la nación americana. La primera está formada por el territorio, la historia y el sentimiento de filiación, pero no hay referencias a “nación americana” porque ésta requiere de soberanía.
      Por ello, cuando emplea “Nación” es para aludir a España y “naciones” para referirse a los países europeos ilustrados. Sin embargo, en una significativa anticipación de los acontecimientos históricos de 1810 en Cádiz, recuerda que antiguamente “las Cortes que representaban a la Nación en sus diferentes clases, y debían ser las depositarias y las guardianas de los derechos del pueblo”.
       También encontramos la equivalencia entre pueblos americanos aborígenes y naciones. Cuando se refiere al estado del Nuevo Mundo durante su descubrimiento, señala que “con excepción de dos o tres naciones que acababan de salir del estado salvaje, el resto de sus habitantes no era sino un montón de pequeñas tribus”.
      José de la Riva-Agüero publicó en 1818 Las 28 causas de la revolución de América. En ese texto subsiste el uso de “naciones” como pueblos no cristianos ni civilizados. “La América habitada en aquella época por naciones sencillas e inocentes”. Nótese el aliento de Rousseau en la adjetivación para los pueblos aborígenes.
       Refiriéndose al monopolio comercial ejercido por España, establece que “la verdadera máxima de comercio que debe tener toda nación es la de no excluir de su comercio a ninguna”. Es decir, defender el libre comercio como principio económico rector de las naciones concebidas como organizaciones políticas soberanas.
      Refiriéndose al vínculo colonial, establece una asociación entre “nación” y sociedad. “El objeto de un Estado no debe ni puede ser otro que la felicidad pública. ¿Como podrá haberla, en donde se aplica el bien a la parte menor de la nación, y todo el mal a la parte mayor?”.
      Finalmente, aludiendo al desorden administrativo producido por los funcionarios españoles incapaces, sostiene que “cuando no lleva el timón del gobierno un político experimentado, y reúne a tiempo los intereses de la nación con los de los particulares, se viene a parar sin remedio á la ruina general”. En este fragmento, nación significa “Estado” y se postula como axioma la necesidad de coincidencia de intereses entre la nación y los sujetos que la componen.

La prensa doctrinaria o el republicanismo radical

      La Abeja republicana (1822-23) es un periódico ejemplar porque condensa los deseos y las visiones republicanas de un sector de las elites peruanas en la hora inicial de la independencia. En ella encontramos una expresiva conciencia del tránsito político “de la clase de colonos hemos pasado a componer una grande y heroica nación.
       Por ello, ahora sí podemos “presentarnos a la faz de las naciones”. Son abundantes las referencias a las “naciones cultas” como modelos a emular y quienes pueden validar a la incipiente nación peruana.
      El convencimiento de que sólo una Constitución política y jurídica puede dar forma adecuada y representación política a la nación. “Se acerca por fin el suspirado día, en que la grande nación peruana se de á si misma la forma de gobierno que corresponde á su elevado destino”.
       Por ello, el proceso de independencia es percibido como punto de quiebre que posibilita la fundación política mediante un Congreso Constituyente. “Démonos una patria: formemos una nación. Y la formación de esta nación ¿cómo empezar? Decídalo el Soberano Congreso á cuyas luces se ha encomendado la suerte de las generaciones presentes y futuras”. El sustrato teórico es que “la Representación Nacional garantiza la libertad y la suerte de la nación”.
      En múltiples artículos de La Abeja Republicana se consigna como atributos de una nación legítima a la justicia, la coincidencia de la opinión pública con los fines del gobierno, la existencia de bienes públicos y la capacidad de imponer contribuciones mediante los representantes legítimos. Sin embargo, se observa que “para que una nación sea libre y no se le usurpe su libertad es necesario que el poder ejecutivo nunca pueda imponer contribuciones”.
       También se consideran virtudes la ilustración y la libertad. Se establece que “la opinión pública es la base de la felicidad y sosiego de la nación. Si se pierde la opinión publica favorable a los gobernantes, la nación tambalea”. Los peligros son la servidumbre del pueblo, el despotismo del gobernante, la falta de opinión pública.
      El Congreso es el órgano representativo de la nación. Por eso, las críticas al gobierno de San Martín se fundan en que fue “formado sin la expresa voluntad de la nación”. La asociación semántica entre nación y cuerpo de pueblos agrupados políticamente está todavía presente, por ejemplo en expresiones como “pueblos todos del Perú”. Ellos han sido los actores que nos han permitido entrar “al rango de nación libre”.
       Los tratados bilaterales entre los nuevos Estados y con otro países constituyen “el primer paso que van a dar en carrera política, como cuerpo de nación emancipada, independiente y soberana”.

Reflexión final

      Los usos y sentidos del término nación en este período revelan una gradual intensificación de la conciencia política de la elite criolla y su plena identificación con el modelo republicano. Sin embargo, paralelamente, existe una insuficiente reflexión sobre la sociedad que se pretendía representar mediante la nación.
       Esta fractura será responsable del fracaso del sistema republicano en los primeros años de la independencia y de los frecuentes alegatos contra sus promesas incumplidas. La utopía republicana –emblema de la modernidad política– se estrelló contra la insuficiente modernización social y la ceguera de las elites criollas –urbanas y accidentalizadas– de incluir en su imagen de la nación a las comunidades subalternas –negros e indios– que eran la mayoría social del incipiente Perú.


> Marcel Velázquez Castro
   Crítico literario
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Proclamación de la Independencia del Perú.
 
José Baquijano y Carrillo.
 
José de la Riva-Agüero.
 
Juan P. Viscardo y Guzmán.
 
 


BIBLIOGRAFÍA

• La abeja republicana.
Edición facsimilar. Prólogo y notas de Alberto Tauro. Lima: Ediciones Copé, 1971.

• MERCURIO PERUANO.
Edición facsimilar. 12 volúmenes. 1791-1795. Lima: Biblioteca Nacional del Perú,1964.

• RIVA-AGÜERO Y SÁNCHEZ BOQUETE, José de la. Las 28 causas de la Revolución de América. Luis Alberto Sánchez (editor). Fuentes documentales sobre la ideología de la emancipación nacional. Lima: Editorial Pizarro, 65-127, 1980.

• VISCARDO Y GUZMÁN, Juan Pablo. Obra completa. Tomo I. Lima: Ediciones del Congreso del Perú, 1998.