Michael Hardt es un autor polémico. Escribió Gilles Deleuze: un aprendizaje filosófico (1993) y, junto a Paolo Virno, coeditó Radical Thougt in Italy (1996). Desde 1994, año en que apareció La labor de Dionisios: Una crítica de la forma-Estado, comenzó una fructífera colaboración con el filósofo italiano Antonio Negri.
A 2004 pertenece Multitud: guerra y democracia en la era del Imperio, último libro de Negri y Hardt, quienes con Imperio (2000) dejaron un libro que ha pasado a ser un clásico de los estudios globales del nuevo siglo. Un ejemplo sintético de todo ello puede percibirse en la siguiente entrevista realizada originalmente en inglés.
Un rol primordial ocupa en la obra de ustedes el término multitudes, algo más orgánico en términos de dinámica social que el concepto masa. ¿Podría decirnos en qué sentido esta definición es importante para lo que Antonio Negri y usted desarrollan en su libro?
–El término multitudes es la idea de algo que vemos en acción, un sujeto social activo. Vemos en acción una práctica colectiva y de identidades diferentes, de cooperación entre grupos diferentes con culturas diferentes. Creo que multitud es solamente un nombre que tomamos para algo que ya existe.
¿Y a eso no lo podríamos llamar sociedad civil?
–Sociedad civil a veces es una denominación muy ambigua, porque sociedad civil –dicen algunos– son las grandes corporaciones capitalistas, sociedad civil es la gente en el campo, sociedad civil son las iglesias. Creo que es un término muy ambiguo, demasiado amplio. Pero sí, pienso que muchas veces es el nombre de la misma cosa.
En el sentido en que es utilizado, sobre todo por la tradición marxista clásica, ¿qué diferencia esencial habría entre multitud y masa?
–Por un lado, hay una diferencia esencial entre multitud y pueblo. Porque pueblo es una nulidad, y, al igual que las masas, tiene líderes y son indiferenciados. Otras diferencias existentes son entre multitud, masas, muchedumbre y otras palabras similares.
En todo caso, las masas son pasivas, deben tener un líder y son incapaces de hacer algo autónomamente; en tanto, la multitud consiste en esta capacidad de hacer algo juntos, sin un líder como el que controla a las masas.
En otro sentido, las masas son algo indiferenciado, la masa es brillo, exterioridad pura; mientras que multitud es siempre diferente de manera interna.
¿Cómo debemos pensar a las multitudes hoy? ¿En espacios industriales de producción o se han derivado hacia otros contextos?
–Si entiendo bien la pregunta, es importante pensar un proyecto político para todos los proyectos políticos de hoy. De manera que entendamos que no sólo los obreros industriales son capaces de hacer la revolución. Hay que pensar en todos los trabajadores, todos los que producen en los campos, en las ciudades, en las fábricas, en formas de acción en la cual todos sean protagonistas y son capaces de hacer la revolución.
En ese sentido, creo que la multitud hay que pensarla con los agricultores, igual que con los obreros industriales y también con los pobres que están en las ciudades sin trabajo. Hay que pensarla de manera diferente respecto a la tradición marxista clásica.
¿No cree que los cambios sociales deberían necesariamente obligarnos a cambiar también los términos y conceptos que nos han servido para interpretar estadios sociales del pasado, y que ahora resultan insuficientes?
–En muchos casos sí pienso que necesitamos inventar nuevos términos para interpretar nuestras nuevas realidades. Durante varios años he sostenido, por ejemplo, que nuestro concepto tradicional de imperialismo no describe adecuadamente las fuerzas dominantes de la actual situación global de la globalización neoliberal. Estados Unidos no es capaz de repetir hoy los proyectos imperialistas de una época anterior, aunque muchos de sus líderes quisieran hacerlo. Tal vez esa sea la lección que los gobernantes de Estados Unidos estarán forzados a aprender en los años que vienen, con su desastrosa ocupación de Irak y su guerra sin fin.
De manera similar, precisamente como el imperialismo ya no es un concepto adecuado para la presente forma de la dominación, la soberanía nacional ya no resulta un concepto o estrategia adecuada para la resistencia. Hasta el concepto de liberación nacional, que ha jugado un rol tan importante en el pasado, ya no resulta adecuado en el presente. Todas las estrategias de liberación, en vez de seguir las líneas de las fronteras nacionales, tienen hoy que crear nuevas formas de interdependencia traspasando las fronteras. Esos son ejemplos de casos en los que pienso que debemos inventar nuevos conceptos para las situaciones nuevas.
Pero hay otros conceptos en los que necesitamos insistir y luchar por su significado. Uno de los más importantes es la democracia. Debería ser claro para todos cómo el concepto de democracia ha sido degradado y corrompido. Eso seguramente era verdad durante de la época de la guerra fría, cuando uno de los bloques estaba dispuesto a llamar democracia a cualquier gobierno, sin importar lo autoritario que sea, si era anticomunista; y similarmente, el otro lado llamaba república democrática a cualquier gobierno, por más autoritario que fuera, si era anticapitalista. Hoy, después del fin de la guerra fría, la situación no es mucho mejor. Cuando el término democracia se utiliza en los diarios, generalmente significa, en el mejor de los casos, un gobierno que ofrece elecciones periódicas con una alternativa limitada de líderes. En el peor de los casos, pero bastante frecuente, la democracia solamente significa un gobierno abierto para el control de Estados Unidos. En esta situación bastante oscura, algunos dirían que simplemente tenemos que abandonar el término democracia para nuestros proyectos de liberación, pero prefiero la lucha por el significado del término mismo y devolverle su significado de la autodeterminación de la población, participando activa y totalmente en todas las fases del gobierno. Me parece que el concepto de democracia vale el esfuerzo.
Espacios políticos
En una época en que las multitudes deben organizar su nuevo espacio político, ante la sustitución de la oposición marxista proletariado-burguesía por la de multitud-imperio, ¿habría algunas diferencias o particularidades de acción entre las multitudes de la modernidad condicionada por otros modos de producción y las multitudes posmodernas?
–No diría que la lucha de las multitudes contra el imperio sustituya la noción tradicional de la lucha del proletariado contra la burguesía. Más bien, diría que estos nuevos términos podrían ayudarnos a reconocer las condiciones nuevas del control capitalista y las nuevas posibilidades de las clases obreras. Debería ser claro, por un lado, que aunque las bases generales del control y explotación capitalista continúan sin cambiar, las formas en que éstas se manifiestan, en muchos casos, están cambiando drásticamente. La sencilla referencia que hice antes a la globalización neoliberal constituye una manera de referirse a esos cambios.
Imperio es un término que intenta captar la forma general de esta nueva estructura del poder capitalista global. También reconocemos, por otro lado, cómo las condiciones y los poderes del trabajo cambian. Es verdad que la explotación de los obreros en los campos, en las fábricas y en las ciudades está empeorando, pero también necesitamos ser capaces de observar sus nuevos poderes, porque los trabajadores, por supuesto, no son simplemente víctimas, sino también sujetos poderosos. Multitud es nuestro término para pretender comprender el poder general de la labor social en su totalidad.
¿Cómo deberíamos entender, en este contexto, la noción movimientos sociales y cuál sería el lugar de estos movimientos?
–No plantearía una división importante entre los movimientos de trabajadores y los movimientos sociales en este contexto. Primero, deberíamos reconocer que muchos movimientos sociales se dedican a tratar los problemas de la producción y reproducción social. En este sentido, deberíamos verlos como muy cercanos a los movimientos obreros. Segundo, es un error para las luchas laborales estar aislados sólo como movimientos económicos. Los movimientos laborales deberían dirigirse tanto a cuestiones sociales y políticas mucho más grandes, tratando igualmente a los empleados y desempleados. De esta manera, pondría a los movimientos sociales y los movimientos laborales en una continuidad, cercanamente ligados entre sí.
Resistencias contemporáneas
¿Qué opinión le merece resistencias contemporáneas a la globalización neoliberal, como el zapatismo, los movimientos indígenas de Ecuador y Bolivia, el Movimiento Sin Tierra, de Brasil, los piqueteros en Argentina, o los nacionalismos árabes?
–La mayoría de los movimientos antineoliberales mencionados –especialmente los de América Latina– son exactamente los mismos que a mí me parecen los más inspiradores, los que están experimentando con maneras más creativas, no sólo para luchar contra la expansión del neoliberalismo, sino también para descubrir alternativas a éste. Muchas veces son experimentos de formaciones sociales más democráticas basadas en la igualdad y la libertad.
Sin embargo, no creo que el nacionalismo árabe pertenezca a la lista. Primero, uno debería decir que las formas seculares de nacionalismo árabe, fuertes en la generación pasada y con componentes socialistas, fueron casi destruidas durante la guerra fría. Y segundo, y más importante, aunque vemos que muchos Estados árabes actúan contra los intereses de Estados Unidos, eso no significa que actúen contra el orden capitalista neoliberal. Es difícil generalizar de esta manera, pero diría que con más frecuencia esos Estados no actúan contra el neoliberalismo, sino, mejor aún, compiten para obtener una posición más elevada en la jerarquía global del orden capitalista neoliberal.
¿Existe la posibilidad de hablar de multitudes globalizadas como oposición al capitalismo global?
–Sí, por supuesto que se puede. Es verdad que en muchos puntos en la historia parece que las fuerzas de la dominación y las fuerzas del capital son insuperables. En esos momentos quizá tenemos que estar satisfechos con victorias limitadas y parciales. Pero, no obstante, estas victorias son reales. Sin embargo, resultan complejas las actuales en Ecuador y Bolivia –y yo mismo no finjo comprenderlas totalmente todavía–, pero innegablemente constituyen señales de victorias contra los proyectos neoliberales y las estructuras sociales racistas.
De una manera más amplia, es fácil ver que la multitud es un oponente real al capitalismo global y al imperio. Primero, los hombres y las mujeres siempre han encontrado maneras de rebelarse contra las condiciones de su opresión. No hay razón para pensar que esto termine ahora. Siempre se encontrarán formas exitosas de resistir a la globalización neoliberal, justo como lo han hecho contra otras formas de dominación. Segundo, los hombres y las mujeres de la multitud son los únicos que producen capital y construyen este mundo. Ellos tienen el poder de crear uno nuevo.
¿Qué debemos esperar del futuro? ¿Cuál es la ruta por seguir en este proceso?
–Los cambiantes últimos años se han caracterizado por las luchas en contra de las fuerzas e instituciones de la dominación: la guerra, Bush y el neoliberalismo, entre otros. Éstas han sido luchas totalmente necesarias e inevitables. Pero lo que nos traerá los próximos años son más luchas que no sólo se oponen, sino que en realidad inventan una alternativa a las fuerzas globales presentes. No sé, por supuesto, cómo se verán los experimentos nuevos de democracia y libertad, pero estoy seguro de que éstos emergerán.
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