Para un análisis profundo
A pocos días de las elecciones, la reflexión suele centrarse en los planes de gobierno de las agrupaciones políticas, qué candidato parece una mejor opción, cuál de ellos resultará ganador o cómo será el siguiente gobierno. Sin embargo, el tema de la democracia como sistema de organización es pospuesto ante la urgencia electoral.
Pareciera que esto no sucede sólo en época de elecciones. El crítico literario y semiólogo francés Roland Barthes, en su libro Mitologías [1], plantea como hipótesis que cuando un sistema de gobierno perdura durante un tiempo sobre una sociedad, ésta suele verlo como la forma de organización natural, como la única opción de gobierno. Con ese marco estático, son difíciles los cambios estructurales.
En el caso de la democracia, las críticas se dirigen a las decisiones del gobierno de turno y sus políticas económicas. Sin embargo, hay algo inherente a todo sistema de organización: éstos funcionan de modo independiente a sus gobernantes. Un sistema dictamina las normas de su funcionamiento y la democracia actual no es la excepción.
Barthes ve dos sistemas semiológicos en la cultura occidental referidos a la democracia. Un ejemplo explicativo: el primer sistema se refiere a lo particular, como una reunión del Congreso en la que se debate el tema del gas de Camisea, cuyo fin es decidir las medidas a tomar para una buena explotación del producto. El segundo, en cambio, se refiere a lo general, a lo que se repite siempre en una estructura democrática: no importa qué decisión tome el Congreso, como sus miembros son representantes elegidos por la sociedad civil, cumplen la función de tomar decisiones sobre temas de interés público sin consultar con los ciudadanos.
Este segundo sistema es poco analizado, sólo se asume. Revisar el funcionamiento del sistema es menos común que cuestionar a sus actores políticos, pero se hace más necesario para conseguir una reforma desde las estructuras, que geste cambios sistemáticos a largo plazo y no sólo iniciativas temporales cuyos resultados estarán influenciados por la organización democrática actual.
Problemas de la democracia
Una propuesta inquisidora es la ponencia que David Sobrevilla dictó en el seminario de verano de la Escuela de Filosofía de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, realizado en el auditorio de Letras los primeros días de marzo. Desde una perspectiva filosófica, plantea una reforma estructural a la democracia según textos del filósofo alemán Jürgen Habermas y su opción de un sistema inclusivo.
La disertación partió describiendo las características de la democracia representativa, sistema practicado en el Perú y la mayor parte del mundo. “Votamos cada cierto período de tiempo eligiendo a una elite que nos representará en el poder del Estado hasta la siguiente elección”, manifestó. Además, esta democracia ofrece un marco legal en su Constitución, la división de poderes del Estado en Ejecutivo, Legislativo y Judicial, así como una serie de derechos legales para los ciudadanos.
Sin embargo, “los representantes se encuentran muy lejos de sus electores por el largo camino burocrático entre ambos”. El Congreso y el Ejecutivo responden primero a los grupos más poderosos antes que a las mayorías. “Son los grupos de poder los grandes protagonistas de la vida política”, concluyó. Y las medidas que ellos toman no siempre están de acuerdo con la opinión pública, lo que genera descontento e inestabilidad.
Para que un sistema de gobierno sobreviva, debe adaptarse a su contexto histórico y sobrevivir a otros. La democracia triunfó políticamente sobre el sistema soviético, pero sigue siendo susceptible de críticas radicales. Al parecer, Francis Fukuyama se equivoca en su texto El fin de la historia y el último hombre [2], en el que postula la muerte de las ideologías y la consolidación de un sistema democrático estable en un mundo globalizado. Ante esto han surgido diversas oposiciones, y las más poderosas son las dictatoriales, comentadas por Sobrevilla.
En ese sentido, la oposición más destructiva es el fanatismo religioso, que roza con un fascismo autoritario y surge como respuesta violenta de las identidades regionales a la globalización. El terrorismo fundamentalista tiene como excusa política la defensa de lo esencial de algunas culturas, pero desde una óptica intolerante. Lo mismo el nacionalismo a ultranza. En la realidad práctica, son alternativas inviables dentro del capitalismo. Sobrevilla considera que restringen las libertades individuales y, por ende, las públicas. Cree en la democracia como el sistema más perfectible y el único viable en nuestros tiempos.
Participación ciudadana
“La única opción para mejorar la democracia es más democracia”, infiere Sobrevilla. Propuso una democracia deliberativa, como Habermas lo planteara en 1992 en su libro Facticidad y validez. Este sistema pretende incluir a una sociedad civil responsable en las decisiones del Estado a través de deliberaciones sobre temas específicos. El poder de la opinión pública debe influir en las decisiones políticas del país y ya lo hace de alguna manera. Sobrevilla recordó la crítica al sueldo del presidente Toledo, que lo obligó a donar parte de éste a obras de caridad.
Un ejemplo sobre temas de importancia nacional fue la píldora del día siguiente, en el cual la opinión del Ministerio de Salud debería confrontarse en audiencias públicas con representantes de distintas religiones y de otros colectivos civiles. Un diálogo en el que no se decida por votación, sino que se logre un consenso satisfactorio para todas las partes. Como caso hipotético, la explotación de oro en una mina debería producirse según lo que concluyan las partes afectadas, en un diálogo entre la compañía minera, los habitantes de la zona, las autoridades municipales, grupos ecologistas y representantes del Estado.
Con este diálogo se busca equiparar poderes. Si bien las deliberaciones estarían garantizadas por un marco legal, el Estado seguiría teniendo autonomía. La sociedad civil participaría en las decisiones de temas coyunturales, pero respetando la Constitución. Sobrevilla planteó el caso del Gobierno peruano actual, cuyo mandato sobrevivió a pesar de los bajos índices de aprobación. Aclaró que en la democracia deliberativa la opinión pública no puede imponerse de modo tiránico sobre el Estado y viceversa. Para evitar la desaprobación a los gobernantes, se debe deliberar y no derrocarlos al primer enfrentamiento. Eso genera inestabilidad política, producida por los intereses de grupos de poder, como hemos visto recientemente en América Latina.
Sobrevilla hizo una comparación entre la democracia representativa y la deliberativa desde el derecho y la moral. En la primera, un Estado puede violentar los derechos de otros en su propio beneficio, amparándose en las leyes internacionales, como en los casos de dumping [3]. En la actualidad, el derecho está poco vinculado con la moral. En cambio, una democracia deliberativa no actuaría de esa manera por su base moral, que busca consenso y el beneficio común. La propone como una democracia universal que incluya a todos los ciudadanos de todos los países.
Integración en el Perú
Habría que puntualizar un aspecto de la democracia deliberativa. En ella se postula que para tener deliberaciones ordenadas, el diálogo debe seguir la racionalidad de la cultura occidental. Pero en la mayoría de Estados, la sociedad civil, que debe sentirse representada constantemente, engloba naciones heterogéneas. Entendemos como naciones a grupos de individuos unidos por las mismas manifestaciones culturales, historia e idioma. Las naciones amazónicas, por ejemplo, poseen una racionalidad distinta a la occidental y otras formas de interpretar el mundo. Ello hace que la deliberación en Estados como el peruano requiera una integración entre todas sus culturas.
En el Perú tenemos este problema principal: la exclusión. Dentro del público presente en la ponencia de Sobrevilla, estaba un representante de la comunidad campesina de Pariahuanca, Junín, quien comentó que su comunidad busca dialogar con las autoridades para participar en las decisiones que les atañen, pero siempre fracasan. “Las autoridades usan la represión para callar las quejas populares”, expresó con frustración. “Nosotros somos otro Estado. En el Perú hay varios Estados, los políticos están al margen del pueblo”, opinó.
Recordemos que la marginación tiene una base cultural, como muestran las conclusiones de la Comisión de la Verdad y Reconciliación, al mostrar que tres cuartas partes de las víctimas del conflicto armado interno eran quechuahablantes. Para que funcione una democracia deliberativa, abierta al diálogo, lo primero es que el Estado peruano incluya finalmente a todas las naciones que habitan en su territorio. El fin primero de un sistema inclusivo es buscar el diálogo intercultural, desde distintos enfoques y sin imposiciones, que parte de aceptar la diversidad y verla como riqueza.
|
> Miguel Ángel Vallejo
Notas
[1] Mitologías es un conjunto de ensayos publicado originalmente en 1957, en el que Barthes cuestiona distintos aspectos de la cultura occidental. El francés encuentra diversos mitos que alejan a la humanidad de lo real, como propone el ensayo final “El mito hoy”. Barthes, Roland. Mitologías. Madrid, Siglo XXI editores, 1999.
[2] Desde una perspectiva neoconservadora, en el ensayo “El fin de la historia y el último hombre”, publicado en 1992, Fukuyama propuso un nuevo estatus mundial en el que un gobierno fuerte defienda los valores universales de la democracia. Sin embargo, él mismo ha cuestionado esta imposición radical en un artículo publicado en el New York Times el 19 de febrero, titulado “Después del neoconservadurismo”. Ante los resultados de la guerra en Irak y la inestabilidad de la zona, Fukuyama afirma que la imposición de un sistema determinado puede tener consecuencias inversas.
[3] Se conoce como dumping a la política de subsidios que mantienen algunos Estados a los productos de su empresa privada. Con ello, logran la expansión de sus empresas a mercados de Estados con menos recursos económicos, en una competencia desleal. No hay leyes internacionales efectivas que busquen eliminar el dumping. |