Miguel Ángel Vallejo (*)
La reciente reedición del clásico texto arqueológico El culto al agua en el antiguo Perú, de Rebeca Carrión Cachot (1), sirve para acercarnos una vez más a estos temas que necesitan una revisión constante. La obra de la estudiosa chilena radicada en el Perú y destacada americanista fue un ejemplo de trabajo científico para aproximarse a un pasado que se ha transformado en nuestros tiempos.
En el choque de culturas, la visión cristiana-occidental de los europeos les impidió comprender la visión autóctona, interpretándola desde sus propios códigos. Así, en las crónicas de sacerdotes colonizadores, los cultos americanos eran considerados demoníacos. La extirpación de idolatrías, que durante el Virreinato fue más destructiva que la Inquisición, hizo que muchos ritos desaparecieran o se transformaran dentro de los nuevos códigos occidentales.
Desde el siglo XIX se intenta una aproximación científica a estas culturas y sus cosmovisiones. La obra de Carrión Cachot sigue los pasos dejados por Julio C. Tello a comienzos del siglo XX. Usa un método deductivo, partiendo de lo más conocido (los restos arqueológicos) para hacer un análisis comparativo entre ceramios y mitos prehispánicos, y crónicas de la conquista. Con ello buscó reconstruir el contexto histórico de los ceramios.
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| Figura 1. |
Ritos para entender y usar el agua
Carrión Cachot postuló la dualidad prehispánica desde aspectos mítico-religiosos, en los que remarca la presencia de dos dioses complementarios (por ejemplo, el Sol y la Luna), bajo la tutela de un dios supremo o fertilizador vinculado con la naturaleza (2). Al basarse en la agricultura, se explica este sistema de oposiciones complementarias.
En El culto al agua en el antiguo Perú, la estudiosa parte de dicha base para analizar las ceremonias ofrecidas a este elemento. El hombre estaba vinculado directamente al agua, que a la vez estaba directamente relacionada con los dioses. La importancia de las lagunas (cochas) se ve tanto en el arte (por ejemplo, en el lanzón monolítico de Chavín) como en muchos mitos.
Para algunos cultos al agua se empleaban complejos procedimientos de ingeniería, como las fuentes simbólicas de San Agustín, Colombia. Desde el espacio sagrado (pacarina) de una montaña, el agua era vertida en un sistema de fuentes de varios niveles e iba cayendo de una a otra como tributo a la tierra. Similar es el caso de las ruinas de Saywite, en Abancay.
Realizadas en las pacarinas, eran comunes también las ceremonias de ofrenda. En una de ellas, una niña portando una vasija de agua o chicha representaba a la diosa Luna, y la dejaba caer a través de acequias o canaletas, imitando las funciones de la madre de la fertilización. En otros ritos se realizaban matrimonios entre niños, para sellar un pacto fertilizador. Al parecer, se repetían cíclicamente, otra característica mítica, por los vocablos con los cuales se nombran estas ceremonias. Según el padre Arriaga, se llamaban oncoymita (tiempo de enfermedad) o ayrihuaymita (tiempo de abril) (3). Lamentablemente, estas versiones llegan a nosotros distorsionadas o incompletas, por ser españolas o de nativos censurados.
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| Huacos del Museo Larco. |
Ceramios para el culto
A pesar de la visión mítica, los ritos probablemente tenían un fin utilitario: atraer lluvias que produzcan la cosecha. Similar dualidad se da en ceramios donde están representados elementos vinculados al agua. Encontramos platos incas en forma de estanques, así como ceramios preincaicos en forma de batracios, aves, felinos y monos, a los que se les atribuía un poder fecundador divino. Prueba de este poder son los frutos que los rodean.
Carrión Cachot distingue un tipo especial de ceramio usado para los cultos al agua: las paccha (4). Descubiertas en 1923 por el americanista Joyce, se denomina paccha a la vasija de dos orificios para el líquido, uno de entrada y otro de salida, donde se representan elementos vinculados con la fertilización. Están presentes tanto en las culturas más antiguas como la Mochica, hasta en las tardías Chimú e Inca.
Entre las distintas culturas, vemos una evolución en la representación. Desde paccha moches de dioses abstractos hasta el costumbrismo chimú. Según Carrión Cachot, este cambio obedece a un mayor dominio del hombre de su medio ambiente, pero siempre vinculado a él.
Lo común es la presencia de elementos fertilizadores. En las paccha encontramos la mayoría de los elementos antes mencionados. Como ejemplo, veamos la clasificación que hace Carrión Cachot de las paccha chimúes: siempre en cerámica, algunas tienen forma de arado para ser clavadas en la tierra, animales (cabezas de llamas, figura 1), vegetales oriundos de la zona (maíz o calabazas), embarcaciones, seres humanos, y vasijas superpuestas (que nos remiten a las fuentes simbólicas de San Agustín).
Las pacchas: objeto y función simultáneos
Entre la amplia colección del Museo Larco, tenemos como ejemplo esta paccha Chimú (figura 2), que se asemeja a un hombre por la cabeza y el miembro reproductivo. Desde la estética de este ceramio, vemos al hombre en un rol fertilizador: el orificio de entrada está en su boca, y el de salida en sus genitales.
La forma circular de la paccha remite, además, al ciclo natural, tanto del ritual como de la fertilización. Los bordes de la vasija tienen acabados abstractos semejantes a frutos, algo visto en la mayoría de pacchas de esta cultura.
Las dos dimensiones de significación en las pacchas: estética (la forma de la paccha y sus elementos) y pragmática (el uso que se le daba) son congruentes y complementarias. En su estética, la paccha encierra un proceso significativo de relaciones complejas entre sus elementos, siempre vinculados a la fertilización. Pero a la vez, desde su doble orificio de entrada y salida que la identifica, la paccha debía representar siempre ese tipo de elementos para cumplir con una misma función: participar en una ceremonia que busca la fertilidad de la tierra.
El hombre creador de la paccha produce significación mítica (abstracta), pero para un uso específico (práctica). La estética y función de la paccha se dan al mismo tiempo. El hombre está vinculado a la naturaleza a través de ambas dimensiones de significación.
Alteridad en nuestra visión del agua
Con la hegemonía de los españoles, la producción de pacchas desapareció, y muchos de los ritos se adaptaron a la nueva mentalidad cristiana. Refiere Luis Millones en el prólogo de El culto al agua... que a algunos santos católicos llegados de Europa o nacidos en el nuevo mundo se les atribuía el poder de atraer las lluvias.
En nuestros tiempos, todavía podemos encontrar ceremonias de culto al agua. Durante la sequía en Túcume, en la Costa norte, una estatua de la Inmaculada Concepción es llevada en procesión por los canales vacíos para atraer la lluvia. Danzantes de tijeras realizan una competencia buscando satisfacer a los dioses. También tenemos la limpia de acequias, popular en varios lugares como Marcahuasi, sin efigies religiosas, pero con el mismo propósito.
Sin embargo, este tipo de tradiciones antiguas es ahora minoritaria y no influye en las políticas actuales de manejo de este recurso. La visión occidental del agua, meramente utilitaria, está depredando el recurso natural más importante. Algunos sociólogos pronostican que la siguiente gran guerra mundial será por el agua, y las estadísticas actuales los respaldan.
El valor de trabajos como el de Carrión Cachot consiste en mostrarnos una visión del mundo muy distinta a la nuestra occidental. Como diría el psicoanalista francés Jacques Lacan, reinterpretar a una cultura radicalmente distinta como la de este pasado prehispánico puede hacer que nos reinterpretemos a nosotros mismos. Ese vínculo con lo natural puede ser un punto de inicio para replantear nuestras políticas, en una actitud responsable que genere una mejor calidad de vida. |