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ISSN: 1817-2423
 gstagnaro@editoraperu.com.pe Editor:
Giancarlo Stagnaro
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Director:
Gerardo Barraza Soto
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 > ENTREVISTA
 
 
José María Arguedas y su viaje a la ciudad letrada

            El crítico literario Sergio R. Franco ha editado recientemente un volumen crítico sobre la obra narrativa de José María Arguedas, en que se revisan aspectos tanto ideológicos y estéticos como de dicción biográfica. En esa relación conflictiva se pueden entender muchas claves de la personalidad y la trascendencia continental del escritor andahuaylino.


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José María Aguedas en Ancón con Carmen Pizarro y el diplomático mexicano Moisés Saénz.
Enrique Cortez

El Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana acaba de publicar un volumen crítico, editado por ti, dedicado a la obra de José María Arguedas. ¿Qué nos ofrece este nuevo libro?
–Es difícil resumirlo en pocas frases. En todo caso, creo que este libro, que se concentra en la producción literaria arguediana (la producción etnológica amerita, sin duda, un volumen específico, que espero alguien no demore en compilar), enfatiza a Arguedas como emblema del creador poscolonial en el contexto latinoamericano, en tanto que hábil impugnador de las bases ideológicas de una modernidad “eurocronológica”; asimismo, detecta en su obra una resistencia contemporánea a las reapropiaciones y silencios establecidos por el paradigma de lo que se viene denominando Literatura Mundial. Desde luego, en el volumen no faltan estudios que afinan, o desafían, líneas de trabajo ya establecidas.


El título del libro enfatiza una “poética migrante” en Arguedas.
¿A qué te refieres con ello?
–En su intento por aprehender literariamente las transformaciones que el capitalismo y la modernidad generaron en el universo andino, la obra de Arguedas reestructura, una y otra vez, sus estrategias narratológicas, atravesando distintas fases (y éste es un tema que valdría la pena repensar: la periodización de la narrativa arguediana; en este volumen hay aportes al respecto), descartando diversas poéticas, en un tránsito complejo, a veces rotundo, a veces incierto, cuya fluidez replica la de la cultura andina moderna; se trata de un devenir que diseña relaciones discontinuas, hibrideces insubsumibles en conjuntos mayores, reubicaciones de los centros debido a procesos de desterritorialización que originan nuevas identidades translocales y a sujetos diaspóricos. Todo esto deriva, desde luego, de reflexiones del último Antonio Cornejo Polar, pero también del pensamiento de Gilles Deleuze.

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Sergio R. Franco en la Universidad de Scranton, Pennsylvania.


¿Qué significa leer a Arguedas fuera del Perú?
–Significa negociar con lecturas de gente culturalmente muy diversa, cuyas sensibilidades enriquecen o cuestionan mis supuestos lectivos. Esto me ha llevado a un intento de comprensión de la posición del autor Arguedas (y todo autor es una unidad imaginaria) en el contexto de América Latina a la luz de debates continentales, posición ésta que no voy a idealizar, ya que su contraparte es el peligro de que la especificidad de los saberes locales se diluya. A partir de una perspectiva no peruana, los textos de Arguedas adquieren distintas connotaciones y jerarquías. Me ha sorprendido, por dar un solo ejemplo, el interés que se le concede a un texto como Yawar fiesta; puedo pensar en varios investigadores de primer nivel que trabajan al respecto a quienes no pude incluir en este libro por cuestión de plazos, o de espacio... Ocurre lo mismo con otros autores: el texto de Mario Vargas Llosa que se ha estudiado –y se continúa estudiando– más en los últimos quince años es El hablador, mal y poco leído en el Perú.


Al referirte a Arguedas señalas que su trabajo nos muestra una sistematica invasión de la ciudad letrada. ¿Puedes ampliar esta idea?
–Se trata apenas de una comparación entre la operación migrante de los habitantes de los Andes peruanos que a finales de la década de 1940 se desplazaron hacia Lima y otras importantes sedes urbanas, modificando definitivamente el país, y la idea que el propio Arguedas se hacía de su incursión en esa ciudad letrada que había proscrito al pueblo andino o lo había tergiversado cuando condescendió a incorporarlo textualmente. En ambos casos hay irrupción, descentramiento. No olvidemos, aunque no se ha insistido mucho en ello, el interés de Arguedas por la obra de Enrique Congrains.


Intervención en términos políticos

¿Crees que esa invasión de la ciudad letrada, para seguir con la metáfora demográfica, se volvió urbanización y con ello adoptó la lógica que en un momento la excluía? En otras palabras, ¿cómo percibes el devenir de esa ciudad letrada a la que Arguedas se sumó? Porque tengo la impresión de que mientras la ciudad de Lima, en efecto, se transforma, los procesos del campo cultural han sido más bien conservadores... Por cierto, hay una “naturalización” en ambos casos, el literario y el urbano, pero a eso se apostaba. No obstante, creo que la obra arguediana que debemos entender como una intervención en términos políticos– modifica parcialmente la ciudad letrada porque cuestiona sus fundamentos, que son precisamente los de la modernidad eurocéntrica. Lo que ocurre es que Arguedas no ha tenido continuadores a su altura de ahí que se le haya iconizado hasta el nivel de héroe cultural– y su producción queda como un desafío abierto.


En Arguedas también se manifiesta un filón autobiográfico que marca toda su obra. De hecho, si leemos su literatura en sentido contrario al cronológico, es decir, comenzando por El zorro de arriba y el zorro de abajo, nos encontramos frente a un conflicto entre su intento por ocupar un lugar en la ciudad letrada (de hecho, llegó a dirigir el Instituto Nacional de Cultura, pero no fue una experiencia muy grata) y su destino personal. Pareciera que se trata de dos caminos excluyentes y sin solución...


–Tocas un tema que me interesa particularmente: el de la dicción biográfica y su manifestación en el texto arguediano; de hecho, una de las líneas más intensas en la investigación sobre Arguedas se ubica en este locus, y no es casual que haya debido acomodar una sección entera en el libro que acabo de editar para albergar varios trabajos que privilegian el significante “Arguedas”. ¿Pero qué es lo autobiográfico? ¿Se trata de una metáfora, como quiere Olney? ¿De una prosopopeya, como indica De Man? ¿De una alegoría, conforme Herman? ¿Lo rige un pacto de identidad entre quien escribe el texto, quien lo protagoniza y quien lo firma, como postula Lejeune? ¿O, más bien, cabe que recordemos que la firma no es garantía de presencia ni tampoco de identidad, como enfatiza Derrida?
¿Qué se persigue mediante este tipo de discurso? ¿El autoconocimiento de un sujeto, como plantea Gusdorf? ¿Recuperar la “cadena del sentimiento” ante la propia vida, de la que habla Pascal? ¿Quizá la autenticidad de la emoción, como propone Starobinsky? ¿O se trata de construir un artefacto que sirva a efectos de crítica cultural? ¿Cuál es la identidad que re/aparece en el texto? ¿La del ego realista del individuo? ¿La de su ego narcisista? ¿La del autor? (pero el autor, sabemos, es una función) ¿O lo que se consigue es una identidad narrativa? ¿Y cuáles son los límites de esa identidad narrativa? Por definición, el texto autobiográfico no tiene cierre. Quizá en Arguedas no tenemos autobiografía, sino autoficción (tomo esta categoría de Doubrovsky)... Quizá en Arguedas lo autobiográfico juega ese rol del que habla Gayatri Spivak, según el cual en los mundos poscoloniales lo autobiográfico se configura como testimonio (lo que trae a la mente reflexiones de Gramsci). Como ves, me he planteado las preguntas, pero todavía no arribo a una respuesta. Con todo, y ya que mencioné a Spivak, si en el universo colonial el informante nativo es percibido como desprovisto de ego, por contraste con el conquistador o colonizador que sí se autoasigna un ego pleno, en Arguedas –y aquí habría que traer a colación el tema de la “colonialidad”– late una suerte de desdoblamiento entre quien es etnólogo y quien está en condiciones de aportar conocimientos de primera fuente.


Lo que nos lleva a cierta lectura del suicidio de Arguedas, ¿verdad? Recientemente, éste se ha vuelto un tópico en el análisis de su obra...
–Exacto. A esta alturas se trata de un acto que, mal que bien, se encuentra inscrito en la literatura hispanoamericana, pues tal vez sea el que ponga fin al modelo de la narrativa latinoamericana moderna, basado en la mediación antropológica, que articuló los mitos de origen de los Estados, y proporcionó acceso al conocimiento y al control del “otro”. El suicidio de Arguedas, en esa lectura, que es la de Roberto González Echevarría, quizá revele una conciencia y una culpa por haber usado el saber antropológico para conocer al “otro” que había en él mismo; en tal sentido, el acto y el texto clausuran la operación transculturadora al revelar la complicidad de ésta con la modernización en la subalternización de las culturas indígenas (lectura que propone Alberto Moreiras). Es interesante también la interpretación de Sara Castro-Klaren: una suerte de suicidio “totémico” como consecuencia de que el camac de Arguedas fue devastado por los flujos de devenir en los que se manifestaban los poderes chamánicos con los que entró en contacto directo cuando traducía Dioses y hombres de Huarochirí. Por mi parte, no creo factible determinar la razón del suicidio, hay un complejo de motivaciones que gravitan en un acto de esta índole; pero sí me gusta pensar en él como una línea de fuga que afirma la vida muy dignamente, estéticamente incluso: la performance, inmolarse en la universidad, un templo contemporáneo, las ceremonias anticipadas, el concepto de sacrificio andino. El cadáver de Arguedas nos interpela al reintroducir a la persona y su agencia de la manera más radical posible en el evento literario, desbordándolo.

Claves artísticas

En general, se ha leído a Arguedas desde una perspectiva muy social. ¿De qué manera podemos recuperarlo desde una clave más estética?
–Creo que los estudiosos más finos de Arguedas siempre han sido sensibles a esa dimensión estética. Pienso en gente como Cornejo Polar, Martin Lienhard, Ángel Rama y William Rowe. Pero sí, finalmente tienes razón, en la lectura de Arguedas pesa mucho el referente externo. Esto se relaciona con la voluntad declarada de Arguedas de escribir para “revelar” un mundo desconocido, tergiversado. En tal sentido, difícilmente puedo pensar en la obra de un escritor latinoamericano cuya recepción esté más regulada desde el paratexto por el propio autor que la de Arguedas. Una estrategia de lectura que insista en lo estético puede ser la de leer la obra de Arguedas contra Arguedas mismo. Esto suena un poco áspero, pero resulta más interesante examinar la obra de Arguedas no como mera representación del mundo andino (¿y qué es una representación?, aquí hay todo un debate teórico), sino como elaboración de la distancia entre ese mundo andino del cual parte el impulso narrativo y el mundo de los destinatarios de la obra, a cuyo universo lingüístico-categorial Arguedas tuvo que “traducir” la cultura de la que hablaba para efecto de ser comprendido. En todo caso, el meollo en la recepción de Arguedas, que privilegia el contexto de referencia externo, se halla en la variable autobiográfica. De ahí la importancia de su suicidio, que termina de “anudar” vida y obra.

  
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