Eugenio Chang-Rodríguez
Lingüista y crítico literarios
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| Campesinos en Huamachuco. |
Como otros latinoamericanos, los peruanos estamos acosados por la problemática de la identidad, tema central del libro que comentamos. ¿Quiénes somos? ¿A qué parcela cultural pertenecemos? ¿De qué manera nuestra pertenencia a una u otra cultura, o a varias, determina nuestro sistema de valores y actitudes? ¿Cómo se sustentan nuestras reflexiones frente a los desafíos diarios de la vida? Los autores de las ponencias recogidas en este tomo tratan de contestar éstas y otras preguntas al ocuparse de las obras literarias y artísticas con moderna metodología y estrategia crítica.
Los términos “culturas híbridas” (García Canclini), “literaturas heterogéneas” (Cornejo Polar) y “transculturación” (Ortiz, Rama), acuñadas con el objetivo de dar cuenta de la pluralidad de la sociedad y la cultura latinoamericana, han servido para revisar los discursos homogeneizadores que pretendieron fijar la “identidad”, el “carácter” o el “alma” de los pueblos y de las naciones.
Resaltaré brevemente algunos de los dieciocho trabajos presentes en Identidad(es) del Perú en la literatura y las artes, en particular los vinculados con la identidad andina trasladada a Estados Unidos por centenares de miles que integran su población hispanohablante. Autollamada “latina”, esta población, por ser tan numerosa, ocupa el tercer lugar en el mundo, después de México y España.
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| Ciro Alegría a fines de 1940 y comienzos de 1950. |
Identidad andina y migrante
En su ponencia, el crítico Ulises Zevallos Aguilar trata de los múltiples planos de la identidad “andina”. Aplicado a nuestra patria, el vocablo “andino”, tan caro al historiador Franklin Pease, abarca a los habitantes de las tres regiones geográficas del país, que constituyen la mayoría de los 233 mil 926 peruanos registrados en el censo estadounidense de 2000. En marzo de 2006, su número, incluyendo los indocumentados, se ha triplicado. Los testimonios de tres de ellos han sido recogidos por Zevallos para mostrar cuánto de sus creencias, valores y competencia lingüística retienen en su nuevo hábitat.
Quienes hemos residido en la Unión Norteamericana por varias décadas podemos complementar los datos proporcionados en este ensayo. En la década de 1940, vivían en el área metropolitana de Nueva York unos cuantos miles de peruanos, en su mayoría residentes legales. Algunos estudiaban en universidades y colegios. En las décadas siguientes, llegaron veintenas de miles más, particularmente al estado de Nueva Jersey. Aun así, en 2006 los peruanos no son tan numerosos como los mexicanos, ecuatorianos y colombianos ni, por supuesto, los caribeños, aunque algunos exageren su número sin la apropiada documentación.
Se ha afirmado que antes de la década de 1970, salir del Perú era entonces “casi privilegio de las clases altas y de los profesionales liberales”. Emigrar del Perú era “sinónimo de prestigio, especialmente cuando los destinos eran Europa y Estados Unidos”, afirma un antropólogo social [1]. En los decenios siguientes, la ola migratoria se incrementó, principalmente por la explosión demográfica, el deterioro económico y la inseguridad social acentuada por el terrorismo. Varios ensayos de la última sección del volumen que presentamos se ocupan de esta etapa migratoria.
En el proceso de adaptación a la sociedad estadounidense, los peruanos profesionales y económicamente mejor establecidos han desarrollado una reacción defensiva agrupándose en instituciones sociales y profesionales. Los de menor éxito económico han constituido organizaciones religiosas y deportivas paralelas. Es un mérito que un centenar de instituciones peruanas en Estados Unidos desde 1985 se reúna anualmente en diferentes ciudades de este país y el Perú, como lo harán en Lima desde el 19 hasta el 22 de febrero de este año, bajo la presidencia de Julio Salazar, condecorado recientemente por nuestra Cancillería.
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| Manuel Scorza en pueblo andino. |
Descripciones verosímiles
En “Identidad: Ciro Alegría y Manuel Scorza”, Alix Camacho recuerda cómo por medio de la literatura los dos grandes narradores se propusieron integrar al indio a la nación peruana. Algunos de sus párrafos sintetizan las características de la narrativa de Ciro Alegría, sobre las cuales tuve la oportunidad de conversar e intercambiar correspondencia.
En efecto, Ciro Alegría intentó darle identidad al indígena por medio de sus novelas, cuentos y poesía. Acató el mandato de la modernidad que exige la unificación y homogeneización de los miembros integrantes de la sociedad, como constatamos en La serpiente de oro (1935), Los perros hambrientos (1939) y El mundo es ancho y ajeno (1941). Alix Camacho explica cómo estas obras realistas ofrecen un discurso moderno y dinámico que proyecta los problemas del amerindio en el ámbito nacional creando “universos imaginarios” que dan la impresión de ser reales” [2]. El gran novelista consiguió sus objetivos configurando el texto con una nueva norma de composición, lenguaje y estilo con el fin de mostrar la heterogeneidad de los personajes y revelar su identidad; puso en contrapunto el pasado idílico del mundo incaico, de la comunidad campesina y el doloroso presente; resaltó las diferencias entre explotadores y explotados, blancos y amerindios, mestizos y cholos; todos ellos personificados no como individuos aislados, sino como productos de un grupo, colectividad, comunidad o clase social. La verosímil descripción del sujeto en el contexto de la narrativa de Alegría es crucial en la explicación de su identidad.
Alix Camacho es menos convincente en su análisis del neoindigenismo de Manuel Scorza, donde la objetividad es reemplazada por la subjetividad. El autor descuida algunos aspectos fundamentales señalados en nuestro volumen Proyección de lo indígena en las literaturas de la América Hispánica [3]. Camacho menciona brevemente la multiplicidad de enfoques y exagera cuando afirma: “El tema de la identidad pierde la importancia que le dio el discurso indigenista porque ahora el autor se preocupa de dar a conocer los hechos que causaron la marginación” (59). El artículo enfoca mejor la estructura atemporal de la narrativa de Scorza, al unir el pasado, el presente y el futuro ante la imposibilidad de establecer una cronología en sus libros, según confesión propia (61). Siguiendo un contexto histórico en el que interviene la dimensión mágico-mítica de su poesía, Scorza publicó La guerra silenciosa, saga integrada por Redoble por Rancas (1970), Historia de Garabombo, el invisible (1972), El jinete insomne (1976); Cantar de Agapito Robles (1976) y La tumba del relámpago (1978).
Neoindigenismo
Como lo he sostenido en otras oportunidades [4], una atmósfera mágica y un lirismo simbólico-alegórico nutren la realidad de las primeras novelas de Scorza. Aunque rehusó ser considerado autor indigenista, Scorza, como José María Arguedas en Todas las sangres (1964), contribuyó a ampliar la técnica del neoindigenismo. En su versión narrativa, Scorza utiliza algunos rasgos de los escritores del boom. Su experimentación técnica le permite representar más cabalmente el mundo de los comuneros, porque al utilizar el punto de vista de los protagonistas y recurrir a los mitos muestra la realidad andina desde adentro. Al ser testigo de los hechos, Scorza teje los hilos narrativos, cual si estuviera componiendo una balada popular con timbre patético-satírico. La historia de la expoliación y su secuela de penurias se amplían en sus cinco novelas ligadas entre sí. Empero, el texto de las cuatro primeras novelas es contradictorio. En su intento de resolver la contradicción, en la quinta novela del ciclo el autor opta por la modernidad occidental. A pesar de ello, en las cinco obras narrativas se alternan capítulos que narran simultáneamente dos o más historias de diferentes épocas. Esa fragmentación se desarrolla en el tiempo no-lineal, característico de la cosmovisión mítica del indígena, y le permite al autor incorporar algunos mitos fundamentales [5]. Con todo, esta visión no constituye el substrato de su narración, como en Los ríos profundos y en El zorro de arriba y el zorro de abajo de José María Arguedas. Consciente de la deficiencia, Scorza recurre al realismo mágico o inventa mitos literarios para representar la cultura indígena. A menudo, los mitos se encuentran intercalados en el texto con el propósito de representar la perspectiva de los dirigentes indígenas empeñados en emplearlos como armas de resistencia revolucionaria. Para concluir, mencionaré la última ponencia del libro que presentamos. Escrita por Paolo de Lima, el trabajo se ocupa de la violencia política en el Perú, la globalización y la poesía en la Pontificia Universidad Católica de Lima. Cubre de 1980 a 1992, cuando aparecieron los “tres tristes tigres”, editores de la efímera revista de poesía Trompa de Eustaquio y ganadores de algunos premios literarios. De Lima analiza un poema de uno de estos “tigres”, en el cual resalta la realidad político-social y el fenómeno de la violencia, expuesta recientemente por la Comisión de la Verdad y Reconciliación.
Agradecemos a los editores por haber reunido en el volumen que presentamos importantes aportaciones al tema fundamental de la identidad en la literatura y las artes de nuestra patria. |