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PALABRA EN CUESTIÓN
O CUESTIÓN DE LAS PALABRAS
Nuevas poéticas peruanas
Fred Rohner, Roberto Zariquiey, Miguel Ángel Sanz,
Elio Vélez Marquina y Cecilia Podestá demuestran
con sus obras poéticas, publicadas en esta naciente
década, que la diversidad se adueña de nuestras
letras. Al menos en esta pequeña selección,
el coloquialismo, dominante en años recientes, ha
quedado atrás. Cinco voces que exploran lo poético.
Es un hecho innegable que, en la actualidad, tanto la
poesía como la narrativa escrita por jóvenes
en el Perú está signada por la dispersión.
Sin embargo, en el caso específico de la poesía,
hemos percibido que los poetas de la década pasada,
sea Xavier Echarri, Lorenzo Helguero, Selenco Vega y Monserrat Álvarez,
entre otros, estuvieron preocupados principalmente por construir,
legitimar y distinguir su propio discurso poético,
apelando a la tradición o tradiciones literarias afines
a su obra. Desde su propia poesía discutieron, criticaron
y revelaron los nuevos mecanismos de su creación.
Por tanto, los poetas más recientes, cuya obra empieza
a ser publicada en los primeros años de esta década,
a partir de la experiencia de sus predecesores, han encontrado
un terreno allanado que les ha permitido explorar y ampliar
sus universos poéticos. A la preocupación por
la palabra, el lenguaje, se suman otras preocupaciones que
dan cuenta tanto de sus experiencias individuales como colectivas.
Por esa razón, el presente texto pretende indagar
por las poéticas de estos jóvenes y por el
significado que tiene para ellos escribir poesía en
el Perú. Para ello, hemos convocado a algunos jóvenes
poetas representativos y éstas fueron sus respuestas.
Fred Rohnerx
(Minas Gerais, 1977)
Soy de los que creen, por un lado, que todo libro
encierra, al igual que el resto de creaciones artísticas, una
obra maestra. Digo encierra, aunque más justo sería
decir “pudo encerrar”, pues esa potencialidad
se extingue con el cabal alumbramiento de la obra. Al leer
un libro o contemplar una escultura, por ejemplo, cualquier
espíritu medianamente agudo es capaz de identificar
los fallos, regateos y excesos que el autor tuvo con ella
a la hora de la creación. Y así surgen comentarios
ingeniosos sobre cómo se pudo subsanar aquella dolencia
que padece y padecerá tal obra. Otras veces nos atrevemos
de la manera más impúdica a suprimir alguna
palabra de ese poema, que a pesar de todo nos es entrañable,
pues creemos, y muchas veces esta creencia no es sólo
colectiva, sino coincidente, que nuestra enmienda puede dotar
a la obra de la maestría que le es debida.
Pobres ilusos, entendimientos frágiles, ignoramos
siempre que acometemos esta empresa que el autor tenía
plena conciencia de ese aparente descuido del ingenio, pues
muchas veces el no suprimir tal o cual palabra, el mantener
una secuencia musical intolerable, etcétera, obedecía –obedece– a
criterios más hondos, más íntimamente
arraigados en la naturaleza de que el autor quiso imprimir
a su obra. Son estas liviandades creativas las que dotan
de humanidad a la obra.
Por otro lado, está la tradición. En mí todo
se resume con esa palabra, en literatura, en música,
en todo, pues sin esa mirada al pasado caemos muy fácilmente
en la soberbia del ignorante. Creo más en la imitatio
renacentista que el parricidio.
Si en algo (y con algo) creo, si hay algo de común
en la creación artística, no importa dónde
se dé (escribir en México es sustancialmente
igual que hacerlo en Pakistán), es la desproporción
o, más sencillamente, el error. En esto se resume
todo cuanto hago: en mirar hacia atrás, imitar y equivocarme.
Salicio
Para Andrea Cánepa
Jamás fui pastor, todo lo inventó aquel hombre,
y el único rebaño que poseo, pace en mi corazón
bajo distintas formas; lo único cierto en esta historia
es Galatea. El Tajo jamás me prodigó sus pastos,
jamás he visto un río, yo nací frente
al mar, en un puerto donde las olas mecían las barcas
y las desbarataban. Por lo demás, mi vida fue tranquila,
amé, fui amado, y muerta Galatea no me queda más
que restaurar su nombre.
De: Cancionero (tangos,
boleros y otros poemas para
cantados), 2001
Roberto Zariquieyy
(Lima, 1979)
La razón por la que hoy escribo poesía se remonta a los primeros
años de la secundaria, cuando –con mi amigo Calín y por las
tardes– leía algunos textos de Vallejo, casi casi sin entenderlos,
pero disfrutándolos profundamente y sin comprender bien por qué.
Fruto de esas primeras lecturas entendí (y ello significó un dulce
descubrimiento) que algo distinto podía hacerse con el lenguaje, que podía
dársele a éste un uso que consistía en extraerlo de la cotidianeidad
en la que se veía habitualmente envuelto, para llevarlo a un terreno distinto,
a un espacio en el que cada palabra, fruto de la articulación con otras,
tenía la finalidad de producir belleza. Claro que, por esos años,
no lo habría dicho con esas palabras. Estaba convencido de que (y siempre
se lo decía a Calín) el lenguaje no sólo servía para
comprar galletas en la bodega o insultar al amigo que fallaba el penal en una
pichanguita, sino que podía satisfacer ciertas necesidades de expresión,
como hacer arte o para manifestar el amor por una enamorada (todavía recuerdo
a Claudia, a quien le escribí varios poemas con tufillo becqueriano).
Así, en ese entonces, mi poética (si puede hablarse de poética
cuando uno es tan joven) consistía justamente en algo así como
intentar liberar al lenguaje de la realidad cotidiana para introducirlo en un
espacio distinto, en el que las palabras no eran su referente, sino otra cosa
y todo eso gracias a que existía la metáfora. Para hacer poesía
había que desprenderse de lo cotidiano y renunciar a sus objetos. Y creí durante
años, hasta que me di de tropezones contra otro descubrimiento, esta vez
nada dulce: la relación entre las palabras y las cosas era más
profunda y más compleja de lo que creía, y no era tan fácil
liberar a unas de las otras. Esta búsqueda de un recinto poético
aislado en donde colocar a las palabras para que se vuelvan poema no podía
terminar sino en un profundo fracaso. Lo torpe, mi primer conjunto de poemas
publicado, fue justamente un canto de esa frustración, un elogio satisfecho
y feliz de ese fracaso. Torpes las palabras y torpe el poeta, no quedaba, pues,
sino buscar otro camino. Y en ese punto de mi vida, la figura de Pedro Granados
fue esencial, ya que fue él quien me ayudó a ver con claridad algo
que ya presentía, pero necesitaba escuchar: el camino no era extraer a
las palabras de la realidad para hacerlas poema, sino, por el contrario, poetizar
esa realidad (de bodegas donde se compran galletas y niños que yerran
los penales) por medio de la palabra. Cuando un poeta tiene el lirismo clavado
en el pálpito mismo del corazón, nada puede ensuciar o quitarle
belleza a sus palabras, me enseñó Granados. Y a eso aspiro hoy:
a hacerme de un lirismo que sobreviva incluso a la imagen de una mujer de setenta
y cinco años, vieja y un tanto gorda, arrancándose un uñero
sobre un banco pequeño de madera, en la costa norte del Perú, o
a un lustrabotas mudo, caminando por el malecón Maldonado, en Iquitos,
de cara al río Amazonas (o a un antiguo brazo suyo). Así, pues,
de lo que se trata, para mí, es de poetizar la realidad, es decir, esta
realidad (la del Perú, la de Lima, la de otros departamentos o la de la
gente) y no de liberarse de ella para lograr un poema. Y en ello vengo trabajando
tanto con el Tratado de arqueología peruana, poemario concluido (si puede
aplicársele esa adjetivo a un poemario) que espero vea la luz pronto,
y con Nostalgia de los navíos, conjunto de poemas que algún día
se convertirá en un tercer libro, un libro de viajes que más que
paisajes busca recoger la voz de los personajes que vienen apareciendo en los
poemas.
En la playa
me gusta en la playa
espantar a las gaviotas
aunque no son gaviotas
sino otro pájaro
y aunque no sé si realmente las
espanto
o sólo vuelan
porque tienen que volar
y es que en la arena de la playa
uno tiene todo el derecho de ser niño
aún cuando pasa la mujer bonita
y ni te mira
uno tiene todo el derecho de ser
niño y embarrarse a propósito
cual si fuera la más dulce
inocente e infantil casualidad
De: Lo torpe, 2001
Miguel Ángel Sanzz
(Lima, 1979)
Cualquier definición resultaría mezquina o limitada. Sería
necesario desarrollar, como es seguro, conceptos como el de ritmo, música,
cadencia, imagen, figura, estructura, temática, anécdota, contenido,
forma, inventio, elocutio, dispositio... hasta el infinito, y nada nos alejaría
más de nuestro propósito ni sería más impreciso que
intentar llegar a una definición satisfactoria a través de esta “inevitable” vía.
En verdad, la poesía no se revela ante nuestros ojos mediante conceptos
abstractos, la mayoría de sus cualidades sólo se muestran gracias
al único medio de representación con el que cuenta: el poema. Por
eso, sólo me queda rehuir a la pregunta planteada por medio de un recurso
que le es tan propio a la poesía misma: la analogía... “un
poema es lo mismo que una pieza de orfebrería.” Ya que me es imposible
definir la poesía, apelo a esbozar como poética la filosofía
del mejor orfebre de los tiempos modernos: Peter Carl Fabergé, y sus más
importantes creaciones, los Huevos Imperiales de Pascua. Pero, por desgracia,
me es imposible profundizar en un texto de 200 palabras.
Para cualquier poeta, escribir poesía significa lo mismo que significó para
Einstein practicar la ciencia: una manera de revelar la belleza del mundo a pesar
de sus dificultades. Pero significa también lo mismo que supone para cualquier
carpintero construir una mesa, porque la poesía es un oficio y todos los
oficios son igualmente importantes para el equilibrio y la riqueza del mundo,
y todos ellos justifican y dan sentido por igual a la existencia del ser humano
sobre la Tierra. Y el hacerlo hoy y ahora en el Perú es lo mismo que en
cualquier lugar y momento de este planeta. Siempre ha sido difícil y siempre
será igualmente hermoso. Harry Haller, el protagonista de El lobo estepario,
de Hermann Hesse, se preguntaba, sin llegar a una respuesta, si la época
y el lugar en el que le tocó vivir (entre las dos guerras mundiales) eran
más decadentes que otras anteriores.
Escribir en el Perú siempre será igual de doloroso y bello, lo
mismo para la vida que para la poesía, que al final son lo mismo. Sólo
basta que estemos dispuestos a abrir los ojos y ser conscientes de nuestra propia
condición. El dolor y la alegría han nacido con cada ser humano.
Tortuga
a Eduardo Tokeshi
cuando exigen de mí
aquella muestra de grandeza,
con la mirada jadeante
y las patas sudorosas,
hurgando entre mis ropas
como si escondiera adrede
la materialización de mi talento;
no puedo más
que abandonarme
a los aullidos,
a la sorna de las Hienas
a las fauces abiertas que muestran,
con cavernarias sonrisas,
agudas estalactitas
hambrientas de carne.
No puedo más
que bajar la cabeza,
pero sin conformismo, sin rendición,
sino, más bien, con la paciencia
que tenemos las Tortugas
a la ansiedad de las bestias.
Bajar la cabeza para
dejar caer la mirada
sobre mis manos, mis pies,
o alguna parte de mi cuerpo
que represente físicamente
el instrumento de mi esperanza.
De: La voz de la manada, 2002
Elio Vélez Marquinaa
(Lima, 1979)
Para mí, todo verso es triste yerro de silencio y de comienzo baldío.
Poesía es, por eso, el duro peso que forma y cuaja nuestras magras carnes.
¿
Prosa, metro, soneto, punto y coma, octava... las palabras... los vacíos?
Saber decir el ver para escribir el oír y el doler de este querer no ser
la sangre de los mitos viejos, es tener poesía y perder. Es también
el refugio que somete las máscaras del turbio temor. Poeta, ¿no
sientes ya la grasa de tu fama que sí se desparrama como almíbar,
sobre la piel intacta de otro cuerpo?
No supe esquivar libros ni recuerdos, por eso mi silencio en el despacho me
aprisiona y consume con delicia. Y mi país se encierra en la costra de una ciudad
mugrienta que devora los pobres rostros grises de apatía. El Perú es
la peña que amenaza vidas y contamina los caminos todos.
Escribir en el Perú es escribir solo: sólo nuestros amigos se entretienen
descifrando los versos cojos, sordos, tuertos de aquel primer poemario seco.
El Perú es un barrio chico donde todo se dice, pero nada se comprende.
Fábulas mentirosas escribimos, como esta prosa escrita con las sílabas
contadas una a una con esmero.
Á rido
diciembre de 2000, camino a Gaza…
tu rostro boquiabierto
y tu mirada seca.
era el sudor salido de tu gesto
un gemido macizo como el casco
que enclaustra el sueño espeso, tan cansino,
cual preludio modesto a tu partida.
eras un bloque áspero de arena,
monigote de frasca y harto fango,
amasijo aterido por la muerte;
eras la última vocal del día.
de las carnes postreras, tu agonía
supe el pantano lleno de reflejos.
De: En el bosque, 2002
Cecilia Podestáa
(Ayacucho, 1981)
La poesía es una puerta fronteriza que una vez abierta da al mar. Sin
embargo, no es el mar, no podría serlo. Tampoco es el cuarto oscuro que
flota sobre él, donde viven callados los que la escriben como pequeños
animales dispuestos a convivir con sus ficciones. La poesía es sólo
la puerta, que abierta sirve para mirar. Y como un animal que la escribe convivo
con sus sonidos, bebo del agua sobre la que floto asumiéndola como un
abismo que me dé mis propios ruidos, dentro, muy dentro del cuarto oscuro
en el que veo los cuerpos de las palabras arrastrándose e intentando un
lenguaje, cuerpos tan míos como ajenos, tan escritos, tan hablados, tan
torpes como capaces de resumirme frente al mundo como el individuo callado que
traga sus silencios para poder escribirlos, sólo eso. Cuando abre, no
vuelve a cerrar.
Al empezar con la poesía (a escribirla) más allá de luchar
contra la inseguridad y superar poses o clichés, se tiende a una pretensión
insular. Cuesta algún tiempo levantar la vista y ver que hay muchas personas
escribiendo un mundo que quizá se parece al de uno. Cuesta aceptarlos,
y una vez hecho, se les adopta como habitantes de una misma isla, en la que todos
se leen y algunos se aceptan como critican. Escribir poesía es convivir
con la de todos; es leerla de plaquetas, de libros, de revistas, de Internet;
escucharla en recitales y algunos programas o al oído. Escribir poesía
es seguir jugando a lo insular, sólo jugando.
De cuerpos
y espectros
I
Guarda mis muertos esta noche
mañana volverán a mi piel
mojados con el agualaguna
de tu mirada
que observa sombras
haciéndole el amor
a la cal de las paredes
y parir quizá vidas muertas.
Nada habrá cambiado
excepto por los muros de cuerpo
cercándose los dos
… entonces cada cosa ha mutado…
De: Fotografías escritas, 2002
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