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Manuel Piqueras
Cotolí
Arquitectura & mestizaje
El Museo de Arte de
Lima pone a nuestro alcance el rescate de la obra de Manuel
Piqueras Cotolí, una de las figuras más destacadas
del arte peruano del siglo XX. La exposición, que reúne
lo más importante de su trabajo arquitectónico,
escultórico y urbanístico, puede apreciarse
en las instalaciones del museo. Acompaña esta selección
la publicación de un catálogo sobre el artista,
que presenta acertados acercamientos críticos.
El movimiento arquitectónico peruanista de principios
del siglo XX tuvo por uno de sus más importantes representantes
a Manuel Piqueras Cotolí, artista plástico español
que llegó al Perú para dirigir el taller de
escultura de la recién fundada Escuela de Bellas Artes
de Lima (1919). Su trabajo como profesor contribuyó
a formar una importante generación de escultores y
artistas que, gracias a la enseñanza de sus conocimientos
en la técnica de la fundición y del trabajo
en mármol, obtuvieron sólidas bases académicas.
Piqueras Cotolí empezó su trabajo en nuestro
país como profesor, pero fue descubriendo paulatinamente
la estética colonial e indígena de la arquitectura
del nuevo continente. Impresionado por la herencia arquitectónica
de esta nueva tierra, formuló un estilo que fusionaba
lo tradicional incaico con lo colonial español, a ello
los historiadores de arte denominan neoperuano.
Es importante mencionar que a principios del siglo XX se desarrollaron
entre historiadores y pensadores políticos los más
importantes proyectos para la Nación peruana y, en
ese sentido, se interrogó por el carácter específico
de la peruanidad y sobre la necesidad de reconocer a la cultura
indígena como elemento central de nuestra identidad.
Ese contexto explica la propuesta estética de Piqueras
Cotolí, que se inspiró en la elaboración
de una identidad nacional que revelara lo propio
en el campo del arte, tratando de hacer de lo neoperuano la
adecuada expresión artística del mestizaje.
En esta dirección, una obra representativa y que en
su momento generó opiniones encontradas fue el parque
de la Reserva de Santa Beatriz, ya que en ella se incluye
elementos de la cultura conquistadora, pero también
ornamentación inspirada en motivos indígenas,
como la Dacha, de José Sabogal, y la Fuente, de Daniel
Vásquez, que llevan diseños arqueológicos
peruanos. El problema y el desencuentro de esta obra era como
señala José García Bryce en un estudio
del reciente catálogo sobre Piqueras Cotolí
que para otros artistas y críticos de la época
dicha fusión revelaba la distancia y la diferencia
de estilos que no podían ser sincretizados en la composición
total. La presentación de lo indígena a modo
de ornamento y lo colonial exhibido en la mayor extensión
de la obra señalaba un aislamiento de estéticas,
era entonces una reducción de lo indígena a
la ornamentación y era la negación de la clase
burguesa por aceptar la cercanía de lo andino. Por
otro lado, las obras de Piqueras Cotolí fueron elogiadas
por aquellos que apoyaban la línea indigenista, ya
que consideraban que había llegado el momento de liberarse
de las influencias europeas para dar paso a un renacer autóctono.
Conviene destacar también el diseño de la fachada
de la Escuela de Bellas Artes como una ornamentación
mixta, que era en ese sentido una expresión del barroco
peruano para el artista. Esta fachada expresa intensidad
especial, ya que a pesar de no guardar las formas clásicas
impone rigor y pasión controlados y adecuados. Para
Piqueras Cotolí la obra de Bellas Artes representó
un primer intento y un ensayo por encontrar la estética
que represente la nueva arquitectura peruana, que sería
finalmente lograda por un diseño de mayor envergadura,
como lo fue el Pabellón del Perú en la Exposición
Iberoamericana de Sevilla en 1929. Sin embargo, esta obra
se convirtió al final en un estudio que serviría
para que toda su experiencia quede plasmada en la elaboración
del diseño del Palacio de Gobierno del Perú.
Es claro, entonces, que la labor de Piqueras Cotolí,
que en un inicio fue la de maestro y artista plástico,
fue ampliándose de modo prolífico al campo del
diseño urbanístico y arquitectónico en
un tiempo de bonanza económica y en el cual se buscaba
modernizar la arquitectura peruana, así como encontrar
una identidad urbana. Allí nos queda su diseño
de locaciones en la ciudad de Lima, como la Estación
Desamparados, la Quinta para la Beneficencia de Lima que
fue el primer proyecto para vivienda social en el Perú
y la urbanización de El Olivar en el distrito de San
Isidro.
Además del aporte a la arquitectura peruana, Piqueras
Cotolí se comprometió como artista preocupándose
por plasmar verdaderamente un mestizaje que logre expresar
los motivos de la arquitectura indígena con autenticidad.
Por esta razón, efectuó diversos estudios sobre
la iconografía precolombina, hecho que lo convierte
en el primer iconógrafo. Sus estudios sobre los motivos
precolombinos, en los que se incluye un importante estudio
sobre el Lanzón de Chavín y otros motivos de
esta cultura revelan un profundo interés por compaginar
momentos de la arquitectura del continente americano.
El Pabellón de Sevilla, obra arquitectónica
que logra representar en su mayor envergadura la dimensión
de la propuesta de Piqueras Cotolí, incluye motivos
y ornamentación inspirada en Chavín gracias
a la presencia de cabezas felinas, así como relieves
ornamentales con cabezas de serpientes que confirman
el reconocimiento del artista a la importancia de lo preincaico.
En esta área la crítica todavía no ha
producido investigaciones que contribuyan a valorar la dimensión
estética de la totalidad de la obra de este artista.
Otra faceta de su trabajo consistió en elaborar monumentos
en las primeras décadas del siglo pasado. En ese momento
era necesario que los espacios citadinos convocaran el pasado
histórico para construir la ciudadanía. Los
trabajos que nuestro artista hizo por encargo resaltan por
el dominio de la técnica y el acabado. Entre sus obras
se encuentran el monumento en mármol a Hipólito
Unanue que hoy se encuentra en el parque Universitario,
el monumento a Fermín Tangüis localizado
en el parque de la Reserva y el mausoleo de Francisco
Pizarro en la Catedral de Lima. Éste tiene a sus pies
dos esculturas de gran expresividad, realizadas en bronce
y que Piqueras Cotolí denominó Fortaleza
y Templanza y Prudencia y Justicia.
Por otra parte, la fascinación por la cultura criolla
y por las Tradiciones peruanas, de Ricardo Palma, llevó
también al artista a hacer estudios de dibujo y arcilla
de algunos de los personajes representativos de esa época.
La tapada, motivo que representaba lo criollo por excelencia,
contó, por esa razón, con varios estudios previos
antes de ser representada en esculturas. En homenaje a Palma,
nos queda también un modelo de busto en yeso.
Queda decir que la publicación del Museo de Arte de
Lima del catálogo, que incluye también cinco
estudios sobre la obra del artista, es un aporte importante
para el conocimiento de este creador que fusionó la
estética clásica europea con los motivos indígenas,
a pesar de la resistencia por reconocer el pasado y la cultura
andina por la clase burguesa limeña.
Este inicio de las investigaciones sobre Piqueras Cotolí
supondrá eso esperamos el descubrimiento
de una etapa que guarda riqueza por el encuentro de concepciones
de estéticas en el campo de la arquitectura. El trabajo
de este artista plástico es, sin duda, un acontecimiento
cultural para nosotros, y pasaje poco comprendido de nuestro
pasado, en ese sentido todavía no muy valorado.
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