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Racismo y discriminación
del lenguaje
¿Negro, moreno o afroperuano?
Desde la Conquista, en el siglo XVI, el Perú se ha
formado a partir del intercambio cultural. En ese entonces
los protagonistas fueron españoles, indígenas
y negros. La convivencia ha sido traumática durante
estos siglos, entre otras razones por la discriminación,
presente aún. Una muestra son
las diversas denominaciones dadas a los afroperuanos.
¿Fueron 13 los de la isla del Gallo? Fernando Romero
(1) afirma que eran 14 los expedicionarios de Francisco Pizarro
que atravesaron la línea trazada por él con
su espada en la arena para seguir el viaje al sur y no regresar
con el comisionado Tafur a Panamá. Una relectura más
atenta y documentada corrige lo acontecido en el segundo viaje
de la expedición de Almagro y Pizarro en busca del
Tahuantinsuyo, en 1526 y 1527. En realidad, los que continuaron
el viaje fueron más bien 14, con mayor exactitud los
13 españoles y un negro de guinea. No se
sabe con seguridad cuál fue su nombre, pero por lo
menos se tiene noticias de que era un esclavo
que acompañaba a Alonso de Molina.
Siete meses después, en abril de 1528, los expedicionarios
recorren el Golfo de Guayaquil y llegan a Tumbes para desembarcar
al fin en tierras incaicas. El historiador José Antonio
del Busto (2) cuenta que los indígenas no se sintieron
atraídos por las armas, los utensilios o la vestimenta
que traían consigo los españoles. En cambio,
mostraban gran curiosidad por este decimocuarto expedicionario,
el esclavo negro. Entonces, le ofrecieron agua
para que se lavase pensando que el color de su piel cetrina
se debía a que estaba cubierto de polvo del camino,
pero luego de las abluciones el esclavo seguía igual.
Los indígenas tumbesinos se quedaron absortos y confundidos
porque no podían creer lo que veían en ese momento,
mientras que el negro se reía mostrando su dentadura
blanca con mucha soltura.
El episodio más que curioso es muy significativo, porque
revela el preciso momento en que ocurre el encuentro entre
blancos, indígenas y negros, los tres grupos étnicos
que formarían nuestro país. Esto bien puede
ser entendido, según Tzvetan Todorov (3), como el momento
en que se descubre al otro y surge entonces la problemática
de la alteridad (el reconocimiento que hace uno
del otro) y la identidad (sinónimo de unidad).
En otras palabras, el yo se reconoce a sí mismo como
parte de un grupo con el que se identifica y se establecen
relaciones con el otro, que es diferente. Esto se inició
en el siglo XVI y desde entonces se ha dado un largo proceso
de intercambio, mestizaje racial y conflicto cultural cuyos
efectos y consecuencias traumáticas se perciben hasta
hoy en el Perú.
Nuestro país es resultado de este encuentro y de la
convivencia entre estos grupos. Se ha constituido en el Perú
de todas las sangres, para usar una metáfora
muy actual de José María Arguedas. Asimismo,
la presencia del sujeto negro no sólo es observada
en la historia, quizás en un principio como un elemento
marginal y ahora cada vez más visible como un miembro
integrante de la sociedad peruana; sino que éste aparece
en los discursos, es descrito por medio del lenguaje, en un
intento de representación del otro.
Si asumimos que la discriminación es considerar
o tratar como inferior a una persona o colectividad por su
raza, cultura, clase social, situación económica,
género u otro aspecto; podemos decir entonces que la
sociedad peruana es una sociedad que no ha podido escapar
a la discriminación ni a los prejuicios raciales, aunque
éstos aparezcan muchas veces de manera velada y no
se quiera aceptar abiertamente su existencia. Valorar a la
persona humana de acuerdo con la pigmentación es algo
inconsistente, pero se trata de una práctica todavía
vigente en algunos círculos sociales.
Una forma de advertir este fenómeno es por medio del
lenguaje. Éste bien puede ser usado como elemento discriminador.
Interesan para este artículo las diversas denominaciones
que con frecuencia el hablante usa para designar y calificar
al sujeto negro, pues al hacerlo le otorga un valor negativo
o positivo, construye una imagen representativa en torno a
éste. Asimismo, el lenguaje contiene valores e imágenes
que aparecen de manera inconsciente o intencionalmente y algunas
veces permiten la crítica, mientras que la mayor parte
refuerzan los estereotipos y prejuicios de una sociedad.
Así es importante considerar el ámbito de lo
no-blanco para dar cuenta de los grupos étnicos o sociales
que se distinguen del blanco, buen heredero de lo hispano.
Por lo pronto, ubiquemos al negro en este campo semántico,
al no haber uno más adecuado. Recuérdese que
el término negro se deriva del latín
niger, nigra, nigrum. Desde un inicio ha sido usado para designar
al africano, el cual ha quedado caracterizado por el color
de su piel. David Brion Davis (4) afirma que era también
común el uso de moro o etíope.
Con la expansión de la esclavitud y el descubrimiento
de América, los comerciantes negreros, en su mayoría
europeos, optaron por llamarlo de forma diferente en cada
uno de sus idiomas. Así, es un negro para
los españoles y los portugueses, un noir para los franceses
y un black para los ingleses. En cualquier caso, la palabra
llevaba y lleva aún connotaciones negativas; por ejemplo,
nigger es usado también como un insulto en el contexto
angloamericano en la actualidad. Ahora, cabe preguntarse cómo
es nombrado este sujeto, con qué apelativos o, mejor
dicho, con qué otras marcas.
En el pasado era común referirse al comercio de esclavos
negros como cargamento de ébano o, peor
aún, como carne de ébano. Entre
las categorías habituales para el negro en la Colonia,
sobre todo para señalar su situación social,
eran, por ejemplo: bozal (esclavo africano), ladino (esclavo
aculturado), cimarrón (esclavo fugado), horro o liberto.
En el siglo XVIII se pone énfasis en clasificar los
individuos de acuerdo con el color de la piel. Esta clasificación
pigmentocrática generó otras posibilidades,
atendiendo a la mezcla racial, como mulato, moreno, zambo,
sacalagua, cuarterón, quinterón, chino y prieto,
entre otros. A partir de entonces desapareció la distinción
por naciones (africanas) y se volvió corriente el eufemismo
pardo para aludir a todos los individuos negros
en una totalidad amorfa.
En la actualidad, algunos de estos apelativos han quedado
en desuso, pero otros siguen vigentes. A éstos se les
han sumado ciertos eufemismos que resultan más sutiles
y en algunos casos son aparentemente menos ofensivos, como
acanelado, canela o bronceado. Es interesante observar que
se prefiere usar moreno en vez del vocablo negro para no herir
la sensibilidad del otro y eludir de alguna manera la carga
ofensiva que tiene éste en la sociedad hoy en día.
Por otro lado, se suele escuchar frases despectivas como color
modesto o gente de color, en clara alusión
ya no sólo a la tez, sino, además, a la situación
económica baja. En ocasiones se prefiere el uso de
frases como de medio pelo, es del pelo
o tiene el pelo apretado para llamar la atención
sobre un rasgo físico, insinuando que la persona, al
no ser lacia, tiene una mezcla racial y está emparentada
con el negro. También se toma atención a otros
rasgos del aspecto físico, como la boca y la nariz;
de modo que mientras más grandes, más fealdad
se le atribuye al sujeto. Por ejemplo, se dice: negro
bembón o negro ñato. En cambio,
entre las formas irónicas que rayan con el insulto
y la ofensa podrían considerarse aceitunado o, peor
aún, negro berenjena, negro simio, etcétera.
También es frecuente agregar el adjetivo negroide
para designar alguna manifestación musical o cultural;
pero lo significativo es que no se usa, por ejemplo, el adjetivo
blancoide para otro tipo de manifestaciones de
la cultura ¿blanca? Mientras que para recordar el origen
geográfico del sujeto negro se antepone el prefijo
afro como sucede en afroperuano, afrocaribeño,
afrohispanoamericano y demás. Ésta es una denominación
positiva que intenta remitirnos al pasado africano. Así
es expresada con mucho orgullo por los integrantes de la etnia
negra.
En todo caso, dichas expresiones son posibilidades para nombrar
lo mismo, el sujeto negro. Digamos que éstas son las
más comunes. Dependiendo del interlocutor se elige
la más conveniente, ya sea para señalar, distinguir
y hasta ofender al otro, que siempre es distinto
a nosotros. Es decir, se marcan las diferencias,
así como se establecen jerarquías de los individuos
de acuerdo con el color de la piel.
Lo anterior se relaciona íntimamente con el prejuicio
racial, que es de larga trayectoria histórica. Carmen
Arce Vázquez afirma que en lo que toca al negro se
fundamenta en tres supuestos (5). El primero es creer que
una raza pueda ser débil e incapaz en comparación
con otra, es decir, nos movemos en los parámetros de
superioridad/inferioridad y blanco/negro. El segundo supuesto
colinda con lo erótico, en el reconocimiento de cierta
superioridad sexual del negro. Este sujeto tendría
un goce diferente, a veces agresivo y guiado por los instintos,
casi animal. Aquí se hace efectiva la dicotomía
deseo/rechazo. Por último, tenemos la identidad primitiva
o, si se quiere, salvaje que se le atribuye al sujeto negro.
Tal vez tenga que ver con su origen africano y la relación
naturaleza/cultura. Pero lo concreto es que ninguno de estos
supuestos logra convencernos.
Además, están los estereotipos que intentan
encasillar al sujeto negro. En el contexto peruano, las imágenes
mayormente negativas se remontan al pasado colonial: las mujeres
negras eran las amas de leche, las esclavas realizaban labores
domésticas y ocasionalmente se convertían en
las amantes de sus dueños; en cambio, los hombres negros
eran considerados esencialmente flojos para el trabajo y hábiles
para la lujuria. Por ello se creía que debían
ser tratados con mano dura.
En el siglo XIX, las imágenes no varían mucho,
a pesar de la abolición de la esclavitud. Por el contrario,
ésta produjo una desconfianza generalizada hacia ellos.
Las mujeres negras y mulatas desempeñaban diversos
roles, pero frecuentemente se empleaban como nodrizas, niñeras
o sirvientas de la casa familiar. También podían
ser catalogadas como negras belicosas, con una agresividad
verbal que podía meter en líos judiciales a
sus amos si no les otorgaban la libertad prometida en esos
momentos de sometimiento sexual. De otro lado, los hombres
negros proporcionaron principalmente dos imágenes contrapuestas:
una era idealizada como la del buen esclavo si era sumiso,
y la otra es más bien negativa: al ser libre el negro,
podía ser encasillado en estereotipos como mal trabajador,
delincuente, bandolero o de poco fiar si trabaja por su cuenta.
Sus oficios y empleos parecen reducirse a tamaleros, aguateros,
caleseros, domésticos o fruteros; por lo menos, así
son retratados en la época.
En el siglo XX, estas imágenes han pasado a formar
parte del imaginario local, convirtiéndose en una pesada
carga para la población afroperuana que no siempre
se puede librar de los estereotipos raciales y hasta a veces
sexuales. Por ejemplo, se espera que el negro cumpla ciertas
actividades en la sociedad actual, tales como amante, deportista,
músico, bailarín, sirviente, portero, chofer,
cargador de muertos y delincuente. Pero el sujeto negro ha
demostrado, con ciertas restricciones, que puede superar estos
intentos de encajonarlo en estos graciosos oficios y roles
marginales.
Estas reflexiones permiten considerar a continuación
el parámetro inclusión/exclusión del
elemento negro en la sociedad. Por lo menos, en los sectores
populares se tiende más a lo primero; en cambio, en
la clase dominante (blanca) funcionan patrones y valores de
la ideología racista. Entonces, la tolerancia no es
algo generalizado. En el Perú, José Carlos Luciano
(6) ha podido identificar cuatro mecanismos de exclusión-marginación.
Éstos son los siguientes: a) el sistema político,
que participa de la desigualdad y permite un ejercicio relativo
de los derechos ciudadanos y las libertades; b) el sistema
educativo, que no propicia valores de tolerancia, igualdad
y diversidad, sino que impone un modelo educativo homogeneizador,
alentando el blanqueamiento y la occidentalización;
c) el del mercado laboral y de las relaciones de trabajo,
que segregan y discriminan, negando las posibilidades de superación;
y d) el sistema judicial, que es básicamente excluyente,
desconociendo la diversidad cultural y el pluralismo étnico.
Éstos son los pilares a partir de los cuales se construye
las diferentes formas de exclusión en nuestro país.
De otro lado, está la respuesta del negro ante los
mecanismos de poder y la ideología racista. Es él,
después de todo, el receptor del prejuicio. Se sabe
que hay dos formas de respuesta: la aceptación y el
rechazo. En el primer caso, el sujeto negro no sólo
acepta estos prejuicios, sino que los asimila, los interioriza.
Un buen ejemplo se observa en el uso de la frase mejorar
la raza: es decir, se opta por el mestizaje, se busca
el blanqueamiento no sólo racial, sino
incluso social, adoptando maneras y actitudes del blanco.
En cambio, en el otro caso, el rechazo consciente del negro
a la discriminación puede entenderse como un acto subversivo
o una amenaza, la perturbación del orden de lo establecido.
Es más, el racismo y la discriminación adquieren
formas verbales, hay un lenguaje racista de uso cotidiano
que califica negativamente lo negro. Por ejemplo, el movimiento
Francisco Congo advierte que hay un conjunto de expresiones
del léxico local que debiera eliminarse, como: a) tenía
que ser negro; b) he tenido un día negro; c) existe
una mano negra; d) negro corriendo es ladrón; e) negro
no canta en puna; f) qué suerte tan negra; g) trabajé
como negro; h) eres la oveja negra de la familia; i) el negro
piensa hasta las 12 del día. Como se aprecia, la palabra
negro usada como adjetivo lleva connotaciones de infortunio,
miseria o bajeza; en cambio, cuando es usada como sustantivo
no sólo designa el color de su piel, sino que descalifica
al sujeto, se emplea de manera peyorativa. Vale la pena advertir
que el ítem e) es una variante más aceptable
que gallinazo no canta en puna. Ésta sí
es una expresión mucho más hiriente, que tiene
su antecedente histórico en el siglo XVII, cuando los
negros esclavos llevados a la Sierra para trabajar en las
minas sufrían de soroche (o mal de las alturas). Más
tarde, se siguió usando gallinazo como
nombre común de los negros, pues todavía hoy
es vigente.
En el ámbito local es común el uso de grone
(anagrama de negro) para referirse a los jugadores de Alianza
Lima, club deportivo conocido por la presencia de negros en
su equipo de fútbol. En otras ocasiones se prefiere
familia para aludir al grupo racial al que pertenece
el sujeto negro. Tampoco puede descuidarse el sentido que
cobran frases como zamba canuta, cuando alguien
quiere decir que ha sido insultado gravemente o se quedó
con los crespos hechos para referir que se estaba ataviado
o preparado, pero algo resultó mal. En ambos casos
se nota una cierta negatividad en las expresiones.
La literatura tampoco ha podido escapar a este tipo de lenguaje
discriminador y a veces claramente racista. Se han creado
algunos símbolos de color para llamarlos de alguna
forma. Éstos son, por ejemplo: la muerte negra, el
caballero negro, las artes negras, una lista negra, los bandoleros
negros, el humor negro, el correo negro, la leyenda negra,
el mercado negro y demás. Incluso se ha producido todo
un género de novela negra, no porque los novelistas
sean negros, sino llamados así en cuanto al género
derivado de la novela policial clásica.
Para terminar, el afroperuano puede que todavía no
haya podido contrarrestar con éxito las falsas imágenes
construidas en torno suyo por una ideología impuesta
desde los espacios de poder, con sus propios estereotipos
y prejuicios. Sin embargo, ha sabido influenciar culturalmente
a nuestra sociedad. Por eso es urgente empezar a referirse
a él sin esa carga negativa con que estamos erróneamente
acostumbrados, ya que es y seguirá siendo un elemento
fundamental en la formación de la identidad nacional.
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