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Moro y la vanguardia
Amor à moro, homenaje a César Moro es un
libro editado por Carlos Estela y José Ignacio Padilla.
¿Qué puede decirse de esta publicación,
auspiciada por el Centro Cultural de España? En principio,
que es una interesante compilación de opiniones que
sobre la obra o vida de Moro vertieran connotados poetas y
escritores.
Caben resaltarse, además de este volumen de homenaje,
la acertada conjunción de cartas personales y poemas
de Moro cronológicamente ordenados (Carlos Estela traduce
la mayoría de las piezas redactadas en francés),
el aplicado estudio de Reynaldo Jiménez titulado simplemente
Moro, y, asimismo, las Notas acerca de la relación
entre César Moro y André Breton, del mexicano
Rafael Vargas; además del artículo Saber y violencia
en los ensayos de César Moro, de Helena Usandizaga.
El balance del volumen que en esta oportunidad nos entregan
Carlos Estela y José Ignacio Padilla arroja, pues,
un saldo positivo, toda vez que evidencia un importante despliegue
de pesquisa y ordenamiento de antiguos documentos escasamente
difundidos de Moro o sobre el vate. Por añadidura,
en Amor à moro existe una preocupación por reunir
aproximaciones y enfoques actuales sobre la obra del autor
de La tortuga ecuestre.
David Ballardo y Walter Sanseviero ofrecen, por su parte,
la edición facsimilar de dos publicaciones vanguardistas:
el libelo Vicente Huidobro o el obispo embotellado (febrero
de 1936) y la revista El uso de la palabra (diciembre de 1939).
La importancia de esta edición, que trae en el estuche
dos aportes de Mario Vargas Llosa, tiene una doble dirección;
en principio, poner en manos del público aficionado
o especializado textos a los que era difícil de acceder,
y, luego, presentar un aspecto poco difundido entre
el gran público de dos de los más importantes
poetas peruanos: César Moro y E. A. Westphalen, nos
referimos a sus facetas como articulistas-libelistas.
Vicente Huidobro o el obispo embotellado nació como
una respuesta al pasquín Vital (junio de 1935) dirigido
por Vicente Huidobro, el mismo que se ocupó de atacar
violentamente a Moro. Lo importante aquí es examinar
una actitud polemista muy propia de la vanguardia que tenía
por objeto tanto la reafirmación de cenáculos
y manifiestos como la búsqueda de la notoriedad a través
del escándalo. En la acre disputa que nos convoca,
Vicente Huidobro en franco declive creativo por aquel
entonces consiguió mantener las miradas sobre
su persona; en tanto Westphalen como Moro lograron lo propio,
con la diferencia de que en ellos el proceso creativo se hallaba
en ascenso. También es motivo de atención la
incendiaria prosa de la que hacen uso y abuso
las dos partes, en un despliegue de ingenio y pluma curtida
en el discutido género de zaherir. Así, Huidobro
denosta con una rabia digna de mejor causa contra el
piojo homosexual César Quíspez Moro. En
tanto, el autor de Le château de grisou tilda al vate
sureño de analfabeto agresivo y pretencioso,
ratero, o basura hambrienta de gloria.
En El uso de la palabra destaca la espléndida prosa
poética con que principia Westphalen La poesía
y los críticos, contribución en donde está
patente también la casi sempiterna animadversión
de los creadores frente a los críticos.
En opinión de Westphalen, estos últimos sólo
definen, clasifican, premian, condescienden, exhortan,
mientras que la poesía está en otra parte.
No obstante, creemos que el artículo de Moro A propósito
de la pintura en el Perú es lo más destacable
de la revista; no tanto por el rechazo que provocaría
ulteriormente en algunos escritores ni por la forma de abordar
el asunto la prosa de Moro es casi panfletaria, aunque
brillante, sino por algunas ideas que se deslizan bajo
el estilo. Es significativo y mueve a la reflexión
cuando Moro afirma que en nuestro país quien se atreva
a mirar el mundo con ojos que no sean de un denodado pintor
indigenista o los del escritor folclórico, inmediatamente
es tratado de extranjerizante, afrancesado y enemigo acérrimo
del indio, de ese fabuloso mito de cartón que les produce
rentas, entendiendo, sin duda, por amigos del indio a las
vetustas turistas sajonas que, álbum de acuarela en
mano, se dedican a sorprender el alma del Ande,
para hablar como un indigenista perfecto, dándonos
hasta la náusea la consabida imagen del indio en una
postura prenatal con la quena entre las manos
como símbolo compensatorio demasiado claro de la virilidad
adormecida.
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