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Una infeliz convivencia
A 75 años de
su publicación, Matalaché nos dice mucho aún
acerca de las difíciles condiciones de un mestizo.
La célebre novela de Enrique López Albújar
es más que una historia de amor.
Matalaché (1928), novela de Enrique López
Albújar, muestra la difícil convivencia entre
diversas etnias en el Perú. Cuenta la historia de un
esclavo mulato enamorado de una joven rubia, hija de su amo.
Sólo la primera edición llevó el significativo
subtítulo de Novela retaguardista. El autor respondía
así a una tendencia de entonces: la literatura vanguardista,
interesada en invenciones recientes. Es más, López
Albújar ambienta su narración en 1816, un lustro
antes de la independencia del Perú.
El dueño de la fábrica de jabones La Tina, Juan
Francisco de los Ríos y Zúñiga, recibe
inesperadamente a su hija, María Luz, quien vivía
en Lima con su tía materna desde la muerte de su madre,
ocurrida diez años antes.
Durante su estancia, María Luz se enamora del capataz
de su padre, el esclavo mulato José Manuel Sojo, conocido
como Matalaché, debido al estribillo que se le cantaba:
Cógela, cógela, José Manué
/ mátala, mátala, mátala, che.
Más allá de la historia de amor, el narrador
describe en ciertos pasajes las condiciones infrahumanas de
los esclavos. En el capítulo Un paseo por la
fábrica, María Luz al recorrer la curtiduría
de La Tina se sorprende de ver a los peones trabajar en un
ambiente nauseabundo. ¿Y cómo puede esa
pobre gente estar allí todo el día?, le
pregunta a Casilda, su nodriza,.
En el lugar donde se fabrica el jabón, los trabajadores
debían soportar extremado calor y luego de visitar
el galpón, la hija del amo asegura: ¡Desdichados!
Es preciso aliviarles de algún modo su situación.
Luz María es de una sensibilidad particular, por ser
huérfana de madre, tener un padre indiferente a sus
problemas y haber vivido con primas que envidiaban su belleza.
En la sociedad esclavista, feudal y capitalista, pronto se
dará cuenta de que no tiene libertad de amar.
Los señores de la región utilizan a Matalaché
como semental, le entregan sus mejores esclavas por ser un
mulato físicamente bello. Arrogante, viril y valeroso,
su origen es un misterio. Al parecer fue hijo del hacendado
que lo educó, pero al morir su protector, cayó
en desgracia.
El mulato muestra virtudes al construir un frontal de cuero
para el oratorio y elaborar un par de zapatillas, además
al batirse en un duelo de guitarras. Cuando elige a quien
desea amar se origina el conflicto. De alguna forma, se venga
de lo que le hicieron a su madre, pues fue engendrado
en una hora de vandalismo sexual. Era un mestizo que
no encontraba cabida entre los blancos y tampoco entre los
negros. Su situación era marginal, aunque en todo quería
parecerse a los señores.
Matalaché apareció mucho después de la
abolición de la esclavitud en el Perú, decretada
por el presidente Ramón Castilla en 1854. No tuvo el
impacto que produjo en Estados Unidos la publicación
de La cabaña del tío Tom (Uncle Toms Cabin,
1852), de Harriet Beecher Stowe, que en sólo cinco
años vendió quinientos mil ejemplares y aceleró
el desencadenamiento de la Guerra Civil de ese país
(1861-1865).
Una de las mayores preocupaciones de López Albújar
es el destino del Perú. En el capítulo inicial,
Baltazar Rejón de Meneses, amigo del dueño de
La Tina, dice: Figúrese usted a la colonia en
manos de criollos y mulatos. Sería para morirse de
risa.
Por el contrario, Miguel Jerónimo Seminario y Jaime,
partidario de la independencia del país, opina en una
reunión de amigos que no se trata de cambiar de amo,
sino de sistema, de buscar un gobierno que garantice la libertad
y el trabajo de todos, criollos y mestizos, indios y libertos.
De alguna forma, los criollos se consideraban esclavos de
la Corona española. Matalaché busca también
la independencia del país. En cierto momento afirma:
Cuando suene la hora, yo seré el primero que
corra a verme la cara con los godos.
En el volumen de textos periodísticos Calderonadas
(1930), López Albújar destaca su mestizaje.
Confiesa heredar la neurosis, la cultura y el genio
creador del blanco; la paciencia, la perseverancia y el poder
inhibitorio del indio y la sensualidad, la ligereza y el espíritu
imitativo del negro.
La violencia es otra de las características de la obra
de López Albújar. Si en Matalaché encontramos
a un esclavo mutilarse la diestra luego de perder en un duelo
musical, en Ushanan-jampi, de la colección
Cuentos andinos (1920), un pueblo de la Sierra se toma la
justicia por su mano con un ladrón.
Un tema poco observado es el anticlericalismo. El cura Sota
es criticado sin misericordia por su capacidad pantagruélica.
Para María Luz, los sacerdotes se pasan la vida comiendo
y rezando.
La hija del amo es comparada con la Virgen María por
una esclava debido a su extremada belleza. La joven rubia
de ojos azules transforma positivamente La Tina con su presencia
encantadora, algo que no consigue la religión. Es elocuente
el título del sétimo capítulo: El
milagro de María Luz. Para la nodriza, el amor
de su ama por Matalaché es tentación del Maligno.
Hay algunos aspectos que maltratan la novela. Su maniqueísmo,
por ejemplo. Al emplear diversos registros lingüísticos,
el narrador muestra interés por ser realista, pero
los protagonistas son extremadamente hermosos y llenos de
cualidades. Otro punto en contra es que cae en el melodrama,
a veces peca con frases como: visiblemente emocionada.
Además, ciertos diálogos son inverosímiles,
como el de los amantes en su primera cita nocturna o el de
Matalaché con su amo en la escena final. Asimismo,
hay errores al llamar incorrectamente a sus personajes. En
cierta oportunidad, el autor en vez de decir Seminario
y Jaime expresa Sarmiento y Jaime.
La intromisión del narrador también maltrata
el relato, por citar un caso: Era un actor que representaba
dignamente su tragedia. Por otro lado, hay momentos
de racismo inconsciente. Al referirse a Matalaché,
el autor afirma: En su híbrido cerebro había
prevalecido la célula más civilizada.
Otro punto lamentable es el final, bastante apresurado.
La popularidad de esta novela se expresa, además en
sus numerosas ediciones, en la versión teatral de 1983
dirigida por Hernando Cortés y en la miniserie televisiva
de 1987 que realizó Milan Zevevich y Eduardo Guillot,
con las actuaciones de Rafael Cabrera y Erika Stockolm. Su
influencia fue enorme en las letras peruanas. De algún
modo, su aporte fue decisivo para el auge del indigenismo.
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