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AÑO DE LOS DERECHOS DE LA PERSONA CON DISCAPACIDAD Y DEL CENTENARIO DEL NACIMIENTO DE JORGE BASADRE GROHMANN

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Redactor
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El suplemento no comparte necesariamente la opinión de sus colaboradores
  LECTURAS

Por:
Jorge Coaguila (*)


Una infeliz convivencia

A 75 años de su publicación, Matalaché nos dice mucho aún acerca de las difíciles condiciones de un mestizo. La célebre novela de Enrique López Albújar es más que una historia de amor.


Matalaché (1928), novela de Enrique López Albújar, muestra la difícil convivencia entre diversas etnias en el Perú. Cuenta la historia de un esclavo mulato enamorado de una joven rubia, hija de su amo.
Sólo la primera edición llevó el significativo subtítulo de Novela retaguardista. El autor respondía así a una tendencia de entonces: la literatura vanguardista, interesada en invenciones recientes. Es más, López Albújar ambienta su narración en 1816, un lustro antes de la independencia del Perú.
El dueño de la fábrica de jabones La Tina, Juan Francisco de los Ríos y Zúñiga, recibe inesperadamente a su hija, María Luz, quien vivía en Lima con su tía materna desde la muerte de su madre, ocurrida diez años antes.
Durante su estancia, María Luz se enamora del capataz de su padre, el esclavo mulato José Manuel Sojo, conocido como Matalaché, debido al estribillo que se le cantaba: “Cógela, cógela, José Manué / mátala, mátala, mátala, che”.
Más allá de la historia de amor, el narrador describe en ciertos pasajes las condiciones infrahumanas de los esclavos. En el capítulo “Un paseo por la fábrica”, María Luz al recorrer la curtiduría de La Tina se sorprende de ver a los peones trabajar en un ambiente nauseabundo. “¿Y cómo puede esa pobre gente estar allí todo el día?”, le pregunta a Casilda, su nodriza,.
En el lugar donde se fabrica el jabón, los trabajadores debían soportar extremado calor y luego de visitar el galpón, la hija del amo asegura: “¡Desdichados! Es preciso aliviarles de algún modo su situación”.
Luz María es de una sensibilidad particular, por ser huérfana de madre, tener un padre indiferente a sus problemas y haber vivido con primas que envidiaban su belleza. En la sociedad esclavista, feudal y capitalista, pronto se dará cuenta de que no tiene libertad de amar.
Los señores de la región utilizan a Matalaché como semental, le entregan sus mejores esclavas por ser un mulato físicamente bello. Arrogante, viril y valeroso, su origen es un misterio. Al parecer fue hijo del hacendado que lo educó, pero al morir su protector, cayó en desgracia.
El mulato muestra virtudes al construir un frontal de cuero para el oratorio y elaborar un par de zapatillas, además al batirse en un duelo de guitarras. Cuando elige a quien desea amar se origina el conflicto. De alguna forma, se venga de lo que le hicieron a su madre, pues fue “engendrado en una hora de vandalismo sexual”. Era un mestizo que no encontraba cabida entre los blancos y tampoco entre los negros. Su situación era marginal, aunque en todo quería parecerse a los señores.
Matalaché apareció mucho después de la abolición de la esclavitud en el Perú, decretada por el presidente Ramón Castilla en 1854. No tuvo el impacto que produjo en Estados Unidos la publicación de La cabaña del tío Tom (Uncle Tom’s Cabin, 1852), de Harriet Beecher Stowe, que en sólo cinco años vendió quinientos mil ejemplares y aceleró el desencadenamiento de la Guerra Civil de ese país (1861-1865).
Una de las mayores preocupaciones de López Albújar es el destino del Perú. En el capítulo inicial, Baltazar Rejón de Meneses, amigo del dueño de La Tina, dice: “Figúrese usted a la colonia en manos de criollos y mulatos. Sería para morirse de risa”.
Por el contrario, Miguel Jerónimo Seminario y Jaime, partidario de la independencia del país, opina en una reunión de amigos que no se trata de cambiar de amo, sino de sistema, de buscar un gobierno que garantice la libertad y el trabajo de todos, criollos y mestizos, indios y libertos. De alguna forma, los criollos se consideraban esclavos de la Corona española. Matalaché busca también la independencia del país. En cierto momento afirma: “Cuando suene la hora, yo seré el primero que corra a verme la cara con los godos”.
En el volumen de textos periodísticos Calderonadas (1930), López Albújar destaca su mestizaje. Confiesa heredar “la neurosis, la cultura y el genio creador del blanco; la paciencia, la perseverancia y el poder inhibitorio del indio y la sensualidad, la ligereza y el espíritu imitativo del negro”.
La violencia es otra de las características de la obra de López Albújar. Si en Matalaché encontramos a un esclavo mutilarse la diestra luego de perder en un duelo musical, en “Ushanan-jampi”, de la colección Cuentos andinos (1920), un pueblo de la Sierra se toma la justicia por su mano con un ladrón.
Un tema poco observado es el anticlericalismo. El cura Sota es criticado sin misericordia por su “capacidad pantagruélica”. Para María Luz, los sacerdotes se pasan la vida comiendo y rezando.
La hija del amo es comparada con la Virgen María por una esclava debido a su extremada belleza. La joven rubia de ojos azules transforma positivamente La Tina con su presencia encantadora, algo que no consigue la religión. Es elocuente el título del sétimo capítulo: “El milagro de María Luz”. Para la nodriza, el amor de su ama por Matalaché es tentación del Maligno.
Hay algunos aspectos que maltratan la novela. Su maniqueísmo, por ejemplo. Al emplear diversos registros lingüísticos, el narrador muestra interés por ser realista, pero los protagonistas son extremadamente hermosos y llenos de cualidades. Otro punto en contra es que cae en el melodrama, a veces peca con frases como: “visiblemente emocionada”.
Además, ciertos diálogos son inverosímiles, como el de los amantes en su primera cita nocturna o el de Matalaché con su amo en la escena final. Asimismo, hay errores al llamar incorrectamente a sus personajes. En cierta oportunidad, el autor en vez de decir “Seminario y Jaime” expresa “Sarmiento y Jaime”.
La intromisión del narrador también maltrata el relato, por citar un caso: “Era un actor que representaba dignamente su tragedia”. Por otro lado, hay momentos de racismo “inconsciente”. Al referirse a Matalaché, el autor afirma: “En su híbrido cerebro había prevalecido la célula más civilizada”. Otro punto lamentable es el final, bastante apresurado.
La popularidad de esta novela se expresa, además en sus numerosas ediciones, en la versión teatral de 1983 dirigida por Hernando Cortés y en la miniserie televisiva de 1987 que realizó Milan Zevevich y Eduardo Guillot, con las actuaciones de Rafael Cabrera y Erika Stockolm. Su influencia fue enorme en las letras peruanas. De algún modo, su aporte fue decisivo para el auge del indigenismo.


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