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  LECTURAS

Por:
Miguel Ángel Zapata (*)


Pacheco: La reescritura infinita

La rica obra poética del mexicano José Emilio Pacheco se reúne en Tarde o temprano. Como diría el ensayista francés Gaston Bachelard, el volumen está poblado de una imaginería radiante pero evasiva; no forma, sino que deforma las imágenes.


La poesía de José Emilio Pacheco (México, 1939) se caracteriza por la práctica de un ejercicio progresivo de reescritura, y, como en Borges, su obra es la refracción de la vastedad de sus lecturas. Su poesía es un transcurrir de trascendencias, un devenir de nuevas posibilidades en la página escrita. En Tarde o temprano (Poemas 1958-2000. México: Fondo de Cultura Económica, 2000), el poeta se explaya respecto a este proceso de reescritura: “Escribir es el cuento de nunca acabar y la tarea de Sísifo. Paul Valéry acertó: no hay obras acabadas, sólo obras abandonadas. Reescribir es negarse a capitular ante la avasalladora imperfección.” Este gesto es sustancial, ya que corrobora el trabajo arduo del poeta y la concisión de la imagen que se transfigura en el tiempo. Comprueba también que no hay imágenes permanentes en el poema; al contrario de la fotografía, la poesía cambia su estado, y su reciclaje verbal es infinito. La poesía de Pacheco es una variación constante, y su existencia depende de un corte y un recorte en la raíz de la lengua. Así, sus poemas se renuevan en cada lectura, cada sílaba es un redescubrimiento. El tono original de la poesía de Pacheco responde a sus lecturas de fuentes diversas y que no se remontan solamente a la tradición mexicana. En este sentido, continúa la mejor enseñanza del modernismo: se abre hacia la tradición universal para encontrar su propia voz. Iván A. Schulman señala justamente que desde el modernismo se trata de leer el mundo moderno desde la perspectiva individual del sujeto, produciendo textos innovadores, antihegemónicos, que se apropian del almacén cultural de Occidente y del Oriente (como lo hiciera Tablada), con el fin de afirmar su identidad en términos de una otredad. De la poesía mexicana, Pacheco retoma lo mejor del ritmo de la poesía de José Juan Tablada, es decir, sus viajes y, sobre todo, la visualización de la naturaleza en un ambiente de luz y sombra. Tanto Tablada como López Velarde abrieron las ventanas a la nueva poesía mexicana. Tablada es un poeta contemporáneo, como también lo es José María Eguren o Carlos Oquendo de Amat.
Muchos poetas se jactan de no corregir; el poema les sale así de un tirón, dicen. Puede ser, y si desoímos a Antonio Machado, el resultado sería tal vez un gran poema. Éste no es el caso de Pacheco, quien por más de cuarenta años viene construyendo una obra dispareja y, por lo tanto, interesante y polémica. Cuando digo “dispareja”, es porque en esencia el lenguaje es disparejo y variante. La hermosura radica en su variabilidad. En los poemas de José Emilio Pacheco se puede observar esa trayectoria desde sus primeros libros, donde ya se anunciaban temas que posteriormente iba a trabajar con denuedo. Al mismo tiempo, se vislumbra el olvido o desapego hacia otros temas que van perdiendo relevancia en su poesía. Sin embargo, su acercamiento hacia la metáfora de la naturaleza siempre ha estado girando en su poesía más lúcida. Una pista para una lectura profunda de sus poemas sería a través del emblema de los epígrafes. Esto corrobora las inquietudes del poeta, y sus trabajos devienen de ese estímulo y pasión. De esta manera, se pueden rastrear autores que coinciden con el arte poético de Pacheco, pero sin subordinarse ante ninguno. Una mirada profunda descubrirá lecturas de la Biblia, la Eneida, Garcilaso de la Vega, Heráclito, Italo Calvino, Vladimir Holan, Eugenio Montale, Borges, entre otros. Los temas de Pacheco varían. El poeta mexicano puede escribir un poema sobre el flagelo de Vietnam o Tlatelolco, como también sobre una mariposa, un árbol o una noche en Copacabana.
No cabe duda de que en la reciente edición de Tarde o temprano se condensa la trayectoria de su palabra poética, al aportar en su registro nuevas formas, y un repaso de sus temas fundamentales, como el paso del tiempo, la naturaleza, la casa, el bosque, la arena, la memoria y el universo. Los poemas que ofrecen una diferencia son aquellos que están en relación con la naturaleza y el universo. No se trata de una mera contemplación, sino que el poeta nos hace ver las ruinas del tiempo deleznable, en medio de una danza que mucho tiene que ver con la ecología y la conservación del mundo. Los poemas de Pacheco están dotados de una compleja transparencia. Su aporte consiste en la prolongación emotiva de su cosmética: la arena que es la brasa que se convierte en llama engendra la metáfora del devenir de la palabra en el tiempo y, “tarde o temprano”, el tiempo nos alcanzará, y la muerte nos ofrecerá su resurrección a través de la palabra poética. Por eso, en cada poema de Pacheco hay un vuelo del aire articulado, un pensamiento (no mera descripción) que transluce serenidad. Tarde o temprano cumple certeramente la propuesta de Bachelard: el libro está poblado de una imaginería radiante pero evasiva; no forma, sino que deforma las imágenes. Tarde o temprano contiene una espiritualidad que redime el poder de la naturaleza y el ser humano a través del viraje artístico hacia la sombra. Sus estaciones son las del chopo que sabe que morirá y no teme, las de la araña y su tela de seda que recuerdan al poema y su tejido indescifrable. Un libro que aporta en su fortaleza un rigor y una transparencia compleja que tiene mucho que ver con el cerebro y el espíritu.


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