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Encuentros
Por:
Edgardo Rivera M.(*)
Léonce Angrand y Choquequirao Después de la derrota de Manco Inca en Vilcabamba (1536), los incas resistieron por más de cuatro décadas a los españoles. El lugar donde se asentaron –mejor conocido como “la ciudad perdida”– ha sido objeto de muchas conjeturas. La ciudadela de Machu Picchu, a partir de su descubrimiento, fue señalada como ese lugar. No obstante, todo indica que fue Choquequirao el espacio que albergó a los últimos incas. El americanista francés Léonce Angrand visitó las ruinas de esta ciudad en 1847 e hizo un plano.
Léonce Marie Angrand (1808-1885) fue vicecónsul de Francia en el Perú entre 1834 y 1839, y después en Bolivia. No lo trajeron, pues, motivaciones familiares, como a Flora Tristán, ni puramente subjetivas, como al vizconde de Sartiges. En él son indisociables las facetas del diplomático y del americanista, a las que hay que añadir la del dibujante y acuarelista, y la del escritor. Dejó una invalorable colección de sus dibujos, planos y acuarelas sobre aspectos de los países hispanoamericanos donde cumplió funciones, así como una colección de libros y documentos que legó a la Biblioteca Nacional de París. Facetas todas de un espíritu generoso, de variados intereses intelectuales, de sensibilidad romántica, pero cultor, asimismo, de los valores del estudioso moderno. (1)
El interés de Angrand por la arqueología, cuya máxima expresión fue su libro sobre la cultura Tiahuanaco, despertó durante su permanencia en nuestra Patria entre 1834 y 1838. En Lima debió conocer y conversar con Sartiges. De ese mismo año datan algunos dibujos de colcas de Jauja. Cuando retornó al Perú en 1847, en tránsito a Bolivia, venía ya con un meditado proyecto de observaciones y levantamientos. La seriedad del propósito queda en evidencia por el gran cuidado y precisión, para la época, de sus plantas y elevaciones de edificios y ciudadelas prehispánicos, así como en su posterior planteamiento de una matriz cultural mesoamericana de la que habrían derivado Tiahuanaco y el Tahuantinsuyo.
Partió de Lima el 26 de julio de 1847 y tomó el antiguo camino que conducía a Huancavelica. Se detuvo en Vilcashuamán, donde la impresión de devastada grandeza que le produjeron las ruinas no fue muy diferente a la que experimentó en el siglo XVI Cieza de León y la que sintetizó José de la Riva-Agüero al decir: “opulencia extinta y tristeza leyendaria”. Exploró los restos de Concacha y dibujó con gran cuidado la famosa piedra de Sayhuite. La impresión que le causó este sitio inca, con su refinado aprovechamiento del agua y el encanto del paraje, se refleja en las palabras de su amigo Ernest Desjardins: “Estos pueblos gustaban de las aguas, y de la frescura y el murmullo de las cascadas, gusto que no suele encontrarse más que en hombres de un espíritu delicado y cultivado.”
Desjardins fue un historiador y americanista que no vino nunca al Perú y, hasta donde sabemos, tampoco a este continente. Se le debe un trabajo sobre la egiptología francesa, un informe sobre dos obras de bibliografía americana de Harrise y fundamentalmente Le Pérou avant la conquête espagnole, d’après les principaux originaux et quelques documents inédits sur les antiquités de ce pays (1858), donde figuran los inéditos datos y observaciones que le proporcionó Angrand, y entre ellos los referentes a Choquequirao.
El sitio había sido reconocido en romántico periplo por el joven viajero francés vizconde de Sartiges en 1834, quien lo describe en su “Voyage dans les Républiques de l’Ámérique su Sud”, relato publicado en 1851. Dibujó parte de las ruinas, realizó algunas excavaciones y trazó algunos dibujos planos que aparentemente se han perdido. Sintetizó su visión de esta manera: “El conjunto del monumento, cuya construcción y detalles eran muy esmerados, era de un orden arquitectónico de lo más extraño. Pertenecían, empero, a la época más moderna de la civilización peruana”. (2)
La visita de Angrand a Choquequirao se produjo entre fines de setiembre y el 14 de octubre de aquel año. Tuvo como punto de partida la hacienda de Huadquiña. Angrand da como significado del nombre, en una anotación firmada, el de “cuna preciosa” o “cuna de elección”. Fue acompañado ciertamente por guías y peones, que trabajarían arduamente para despejar la vegetación de parte del conjunto. Los levantamientos de nuestro autor constituyen documentos invalorables por el deterioro que las ruinas han sufrido desde entonces. Consisten en un croquis general, un apunte con una vista general, un plano del gran palacio, dos dibujos con elevaciones del mismo, y una planta y detalles del baluarte; todo ello ahora en el gran repositorio parisino.
Siguiendo las descripciones de su mentor, Desjardins dice que “nada podría igualar la salvaje grandiosidad de estos solitarios lugares. [...] Nada más imponente que el refugio supremo de los hijos del Sol, último asilo de la libertad americana”. Dice también que se trataba de “el retiro más inaccesible y salvaje que haya existido jamás”. E inspirándose, en otra parte, en los planos y las descripciones del visitante, escribe:
“Cuando a fuerza de fatigas se ha llegado a estas ruinas, hay que descubrirlas bajo la espesa vegetación que las oculta. [...] Las primeras construcciones que uno encuentra al llegar son circunvalaciones de defensa, precedidas por un pequeño edificio que podía ser una prevención militar. Se ven enseguida otros que seguramente debían servir de cuarteles o más bien de prisión. El señor Angrand lo supone así, al menos, pues ha notado que las puertas debían estar cerradas por piedras enormes, que un solo hombre no habría podido levantar. [...] ¿No se ve uno tentado a preguntarse para qué servía esa prisión en lugares impenetrables, donde el amo y el esclavo, el juez y el condenado, son todos prisioneros del abismo y de los glaciares?”
Siempre según Angrand los edificios más importantes eran el palacio principal, con tres cuerpos de edificios rectangulares, dos de ellos con un segundo piso; una casa de fieras y sala para las celebraciones; una sala de baños; y en una hondonada cercana un pequeño palacio. No había escaleras. Llamaron su atención “unos nichos, entre los cuales hay piedras salientes, redondeadas, en forma de cilindros [...]”. La gran sala tenía 42 metros de largo por 12 de ancho, con ventanas de “forma egipcia”. Otra sala, junto al palacio, mostraba 13 nichos, 4 puertas y 3 ventanas, con anillos fijos de piedra, formados por piedras agujereadas en forma de bucles. Se habría tratado de esos puma curcu, especie de vigas para atar pumas o jaguares ofrecidos a los incas, e incluso reptiles y aves de presa, en tanto que para sus guardianes se reservaba la parte opuesta, todo ello según conjetura de Angrand. El edificio consagrado a los baños constaba de 4 piezas, la primera posiblemente con un lecho, la tercera con un horno para calentar agua, y la cuarta con una bañera, acaso de oro o de plata, y cuyo emplazamiento era por entonces, según nuestro estudioso, perfectamente visible.
Con respecto a la finalidad de la ciudadela, y siguiendo al vicecónsul, Desjardins escribe:
“Según las tradiciones recogidas en la región misma, Choquequirao no sólo habría sido un lugar de refugio de los últimos incas, sino, además, en la época de prosperidad del Cusco, la residencia de los herederos del trono. Es en este severo retiro donde habrían sido educados hasta su mayoría de edad. Adquirían en este sitio apartado, en el seno de esa naturaleza salvaje, los hábitos austeros de una vida ruda y difícil, y se preparaban así para los trabajos y fatigas de la guerra.” Se aventura la hipótesis de que allí habría trazado Túpac Amaru los planes de su gran rebelión contra el imperio español.
Ahora se trabaja en la puesta en valor de ese conjunto admirable, de elaborados edificios; y gracias al apoyo de Francia, la contribución de nuestros arqueólogos y el INC, se preservará, esperamos, para tiempos futuros. Es buena la ocasión, pues, para recordar a esos pioneros que fueron Sartiges y Angrand, sobre todo el segundo, por el empeño puesto en el descubrimiento y estudio de la misteriosa ciudadela inca. Y por su emocionado testimonio de la grandiosidad del paisaje, entre abismos y cumbres nevadas.
(*) Destacado novelista peruano que ha estudiado profundamente la literatura de viajes.
(1) Ver nuestro estudio introductorio y notas a Léonce Angrand. Imagen del Perú en el siglo XIX, Lima, CMB, 1973.
(2) “De Sartiges y Botmiliau. Dos viajeros franceses en el Perú republicano”, Lima, Cultura Antártica, 1947, pp. 100-104. Trad. de Emilia Romero.
(2) Desjardins, op. cit., pp. 137-145.